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La petición de disculpa a la Corona Española: Un análisis transversal

Con la colaboración del Dr. León García Lam y el Mtro. Carlos Tapia Alvarado.

Por Edén Ulises Martínez

 La semana pasada, el 25 de marzo, al encabezar la conmemoración de los 500 años de la Batalla de Centla, el presidente Andrés Manuel López Obrador anunció que había extendido una carta la Corona Española y al Vaticano, en la que les solicitaba pedir disculpas por los atropellos ocurridos en la Conquista:

“Eso es lo que le estamos pidiendo al rey de España, al papa Francisco, que en 2021, cuando se va a conmemorar 500 años de la toma de Tenochtitlán y 200 años de la Independencia, podamos hacer un acuerdo general a partir del perdón y buscando la reconciliación histórica”

La respuesta del gobierno español, además de ser rápida fue contundente: se rechazó “con firmeza” la petición del ejecutivo mexicano, con el argumento de que los eventos de hace 500 años “no pueden juzgarse a la luz de consideraciones contemporáneas”. Ahora las opiniones son bastantes, y aunque hay muchas voces que invitan un diálogo más llevadero, el acontecimiento hizo surgir lo peor del nacionalismo en ambos países. Con todo, el asunto no queda claro. ¿Es una estrategia de política exterior del gobierno de la república? ¿O es una ocurrencia? ¿Es parte del entramado simbólico de la reinterpretación de la historia que desde el principio ha sido explícita en los objetivos de la Cuarta Transformación? ¿Hasta qué punto es legítimo levantar discusiones tan antiguas?

 

¿Puede la historia juzgarse a la luz de las consideraciones contemporáneas?

No es una pregunta fácil de responder, porque no existe solo una respuesta válida. Una de las primeras cosas que les enseñan a los estudiantes de historia es a evitar los anacronismos, los juicios de valor que aplicamos al pasado desde los conceptos del presente. Desde este punto de vista es incoherente pedir perdón por “las violaciones a los derechos humanos” en la conquista, porque no existía la noción de “derechos humanos” en 1519, hacerlo sería tan insensato como reclamar la pedofilia en la antigua Grecia.

La contradicción es que al mismo tiempo se nos enseña que la historiografía, es decir la escritura de la historia, es un fenómeno dialéctico entre el pasado y el presente. El historiador interpreta al pasado desde su posición en la actualidad, y arrastra en dicha interpretación al espíritu de su época. Por un lado se nos pide observar objetivamente al pasado, y por otro se admite que es imposible la completa neutralidad del análisis. Sobre esto, el Mtro. Carlos Tapia Alvarado, historiador del arte y especialista en semiótica, dice lo siguiente:

“Dice O’Gorman que no se puede juzgar a los muertos porque ya no están para defenderse… eso lo dice O’Gorman. Yo tengo la firme convicción de que “juzgar” es un término que define a un sujeto que cree tener la potestad de decir y afirmar juicios de valor (y con esto quiero decir emitir moralmente un juicio: nosotros los buenos, ustedes los malos; nosotros los vencedores/ustedes los vencidos, etc), que por lo regular son diletantes o meros aficionados a “escribir” sobre historia. Pero hay otro tipo de juzgar: el juzgar crítico, el que se supone hace la academia, si por tal entendemos que detrás de todo afirmar del historiador profesional está una teoría de la historia, una investigación y la presentación de conclusiones. Pero el historiador académico no se mete en camisa de 11 varas, y entonces publica en lugares donde nada más su gremio lo lee, y sanseacabó: sus investigaciones tienen cero impacto en la sociedad”

El doctor en antropología por la UNAM, León García Lam, tiene una opinión muy parecida:
“Cada generación (también lo dijo O’Gorman) tiene la obligación de reinterpretar su historia y, por lo tanto, resulta inevitable que cada una la juzgue desde sus propios referentes y valores. Así que el proceso histórico de la colonia lo hemos reinterpretado una y otra vez a la luz de nuevas perspectivas”.

“Es evidente, que a pesar de las muertes violentas y de la imposición hispana y cristiana, no todo fue inhumano y cruel, hubo invención, desarrollo cultural y todas esas riquezas que surgen del contacto entre los pueblos.”

“Otro problema viene cuando reconocemos que los hijos no heredan las deudas de sus padres. En el caso de los abusos de la colonia novohispana en contra de los indígenas, ni las víctimas ni los victimarios existen ya; ni sus descendientes tienen por qué avergonzarse de sus padres, ni los actuales mexicanos debemos ofendernos por los actuales españoles. De lo contrario, los romanos deberían pedirle perdón a toda Europa, y los actuales habitantes de la Ciudad de México tendrían que pedirle perdón al resto de México y, todos tendríamos que pedirnos perdón a todos, y eso nos lleva a la pregunta de fondo…¿Hay necesidad de generar todo este conflicto?”

 

¿Es aceptable o no, desde un punto de vista político, la petición del gobierno mexicano?

Si la solicitud del presidente fue anacrónica y vetusta desde el punto de vista histórico, podría todavía decirse que es parte de una estrategia de política exterior con España, que es el segundo socio comercial mexicano en importancia. Para el analista Salvador García Soto, es parte de una estrategia para consolidar el modelo del nuevo gobierno en su relación con otros países y también es un mensaje a los consorcios trasnacionales, que tuvieron un controvertido respaldo en gobiernos anteriores. Por su parte, Hernán Gómez en su videocolumna para El Universal, piensa que “el presidente podría estar buscando –con el pretexto de una conmemoración histórica– delimitar dos campos de disputa a partir de una discusión sobre identidad nacional, el clasismo, el racismo”.

Para el Doctor León, sin embargo, “sería mejor reivindicar los verdaderos problemas y los agravios actuales que tienen y exigen las poblaciones indígenas como resultado de esa añeja colonia que sigue imponiéndose con trenes mayas, asesinatos sociales y consultas amañadas”.

Si me preguntan a mí, creo que aún no es momento para determinar si “estuvo bien o mal” la petición del gobierno federal, y tampoco para decir si es legítima o no, este es un asunto político en el que aún quedan muchas piezas sueltas (la carta no la hizo pública la Presidencia de la República, sino el corresponsal encargado de El País en México, diario que publicó la exclusiva).  La historia académica es de los historiadores, pero la historia no, la historia, así, como sustantivo, no le pertenece a nadie. Me alegra que se discuta sobre el asunto, porque hasta ahora nos ha enseñado, por lo menos, que el tema sigue atizando el fuego tanto en México como en España, en donde las reacciones fueron un espejo de las peores conductas chauvinistas mexicanas. Por ahora cerraría el tema con las enérgicas palabras de Carlos Tapia: “Ante la estupidez de pedir disculpas, habrá que vernos impelidos a tratar de decir, de explicar, por todos los frentes posibles, de qué se trata el proceso que hoy se discute, y entonces sí, veremos a quién corresponde qué canicas”.

 

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