#4 TiemposDesde mi clóset

De la organización colectiva a la lucha encarnizada por la libertad sexual | Columna de Paul Ibarra

Desde mi clóset

Tras el establecimiento de un nuevo orden global, respetuoso y promotor de los derechos humanos, la mayoría de las víctimas fueron reconocidas como tales. No para el caso de los homosexuales. Los ordenamientos jurídicos provenientes de la ideología nazi fueron abrogados, todos menos el artículo 175 que tipificaba la sodomía como delito. “La Vereinigung der Verfolgten des Naziregimes se negó a reconocer a los homosexuales procedentes de campos de concentración” (Estape, 2011).

La ignominia que provocaban los sujetos disidentes del régimen heterosexual facilitó la exclusión automática, más aún, la invisibilización de estos como sujetos de derechos. Los homosexuales eran considerados seres infrahumanos sin posibilidad de acceder a derechos fundamentales.

Durante los juicios de Núremberg no hubo comparecencias de homosexuales. No se les requirió a participar en el proceso de judicialización de sus exterminadores simplemente porque los verdugos estaban en ambos bandos.

Para los capitalistas la homosexualidad era una anomalía con posibilidades de curación, una conducta insana que debía castigarse, e incluso un lujurioso pecado que era necesario reprimir. Para los socialistas, se consideraba que, como contraía a la moral comunitaria, era relacionada con los regímenes opositores (Estape, 2011), concebida como un capricho burgués.

Años más tarde, en plena Guerra Fría, la tregua hacia los homosexuales parecía no aparecer por ningún lado. No sólo Alemania continuaba persiguiendo hombres con prácticas homoeróticas, en los Estados Unidos, se diseminó un mito que aseveraba que la “había estado al servicio de Hitler y ahora lo hacía por Stalin. La prensa se sumó a crear un estado de opinión radicalmente homófobo, se hablaba de los ‘peligrosos pervertidos’ o del ‘terror rosa’ (Estape, 2011). Por otro lado, el régimen franquista al estar fundada en la moral católica más recalcitrante, fue implacable en la forma en la que reprendía las conductas erótico-afectivas entre hombres.

El emblemático caso del fusilamiento del poeta Federico García Lorca, durante la guerra civil, a manos de autoridades franquistas, es un ejemplo de la despiadada forma en la que este régimen castigaba las prácticas no heterosexuales.

El socialismo tampoco dio licencia al hombre homosexual. Stalin persiguió, criminalizó y patologizó esta condición humana durante el periodo que duró en el poder. También el régimen revolucionario en Cuba se encargó de perseguir homosexuales.

En este sentido, la expulsión de Ginsberg de La Habana tras hacer pública su orientación sexual, permite comprender la forma en la que este país de supuesto tinte libertario, no hace más que promover la heterosexualidad como obligatoria. Coarta la libertad de expresión, con el objetivo de garantizar el acallamiento de los detractores, pero además para imponer por la fuerza un ejercicio sexual basado en normas heterosexualizadas por antonomasia.

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