La noche que El Jefe dejó de serlo. Columna de El Mojado

15:01 25-Octubre-2016
La noche que El Jefe dejó de serlo. Columna de El Mojado

RUDEZA NECESARIA

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Carácter fuerte, desparpajo, irreverencia, entrega, actitud, mando.

Todas esas características pueden ser tanto cualidades como defectos, dependiendo del lugar de la ruleta desde el que son vistos.

Para desgracia de Tomás Boy, esas, las características que lo llevaron a Cruz Azul, solo pueden ser vistas desde el valle de la ola porque nunca alcanzó la cresta y se tuvo que ir.

Polémico como pocos, Tomás significaba el gran golpe de timón de los últimos 20 años en Cruz Azul. Su carácter fuerte, desparpajo, irreverencia, entrega, actitud, y don de mando eran en principio la carta principal de El Jefe.

Esas características rompían con el arquetipo que se ha construido para los entrenadores celestes. A diferencia de la serenidad de Enrique Meza, Luis Fernando Tena, Sergio Bueno o Rubén Omar Romano, se esperaba que las declaraciones incendiarias de Boy pudieran inyectar de un nuevo tipo de motivación a un club devastado por su historia reciente.

Pero además del cambio de rumbo, hacia un entrenador de otro tipo, la directiva de Cruz Azul puso en ejecución un truco con Tomás en el banquillo. La presión por los fracasos, constantes y dolorosos, había empezado a hacer mella en la imagen de Guillermo Álvarez Cuevas, el presidente del equipo y de Robin Álvarez, su hijo.

La llegada de Tomás Boy permitiría que, por las excentricidades del entrenador, las presiones, las culpas y las críticas se enfocarían en Boy, dejando libres una vez más a los Álvarez de toda culpa.

Boy había tenido buenas etapas en el futbol mexicano, sobre todo con Atlas y Morelia, pero nunca había conseguido el título de liga. Durante algún tiempo estuvo incluso vetado para dirigir y nunca había tenido la oportunidad de entrenar a un equipo grande. Para Tomás, Cruz Azul pudo haber significado la última oportunidad de consagrarse.

Algunos, como yo, pensamos que el cambio de paradigma en la dirección técnica celeste era lo que hacía falta para inyectarle personalidad al equipo. Sin embargo, también me encontré con muchos otros cruzazulinos que dijeron odiar a Tomás, incluso desde antes de su fracaso con la Máquina.

“Llegué a un equipo perdedor, fracasé en hacerlo ganador”, dijo Tomás Boy en entrevista después de su renuncia. En realidad, el fracaso es peor para Cruz Azul, quien también apostó a un entrenador perdedor para poder ganar juntos, en un experimento que poco tendrá de recordable para los cementeros.

Tomás Boy Espinoza había dejado de ser El Jefe mucho antes de renunciar tras la derrota de último minuto contra Puebla el pasado sábado. Tal vez fue en ese partido que perdieron como equipo chico contra Querétaro en Cuartos de Final de Copa MX, o su imposibilidad para clasificarse a la liguilla en tres torneos distintos. Tal vez fue ese partido de Copa en el que se burló de su afición por golear a un equipo del Ascenso o tal vez dejó de ser El Jefe esa tarde de agosto en la que el América le dio la vuelta a un marcador que perdían 3-0.

El equipo se le fue de las manos, los jugadores reclamaban siempre que salían de cambio e incluso alguno, Víctor Vázquez, no quiere volver a la Ciudad de México, según él a causa de la inseguridad.

Cruz Azul vive el peor momento de su historia. Nunca antes había pasado más de dos campeonatos consecutivos sin clasificar a la liguilla. Hoy, La Máquina está muy cerca de ser eliminada de la fase final por quinto torneo en fila.

Ningún otro equipo ha faltado a todas las liguillas en los últimos cinco campeonatos. La crisis además se ve en las tribunas del Estadio Azul, a las que ya no ingresan ni 10 mil personas. La entrada del partido contra Puebla, el último de Boy, fue el peor de todos los partidos de este Apertura 2016.

La crisis cementera hace dudar a su afición sobre la tan cacareada grandeza de su equipo. De mi equipo. Lo peor es que no sabemos cuándo pueda terminar.

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