Estas letras que ves

La moderna poesía | Columna de Dainerys Machado

Estas letras que ves

Este texto apareció originalmente en letrasqueves.wordpress.com

 

Todavía no sé cómo termina este enredo de la ciudad. En menos de tres días la he caminado cinco veces arriba y cinco veces abajo. El olor del salitre ya me repugna. Perdí la cuenta de los balcones que pusieron mi cabeza en peligro y me aburrí de pisotear pinturas de Amelia, de Mariano, de Lam, en un largo paseo de mugre infinita. Pero todavía no sé, ni logro siquiera imaginar cómo termina este enredo de la ciudad, en el que persigo durante horas a la muchacha de largos cabellos que busca al chico de rostro moreno y barba siempre recién cortada.

Ella me confesó que no quiere ser escritora. (¿O me dijo en realidad que tiene miedo de fracasar en el intento?) Le expliqué mil veces que no le queda otro remedio, porque es el sueño de su madre, y de la madre de su madre y de la madre de la madre que vino antes de la madre de esa: tener una escritora en la familia. Le pedí que dejara de desandar la ciudad tras ese muchacho, porque él debe estar ahora mismo ocupándose de su barba, con tal de que luzca siempre recién cortada.

No tuve el valor de confesarle a la muchacha que necesito que deje de desandar la ciudad porque se me rompieron los zapatos, porque estoy cansada de mirar hacia arriba evitando los derrumbes, porque hace años aprendí que los muchachos de barba recién cortada que hablan con naturalidad de aceleración de partículas o de Shakespeare o de matrimonio, ya emigraron a países fríos.

Siéntate delante de la computadora y escribe, le digo. Deja de desandar la ciudad y escribe, le digo. Mira a Cristiano Ronaldo, le digo. Él no lleva barba. Sueña mejor con él que está lejos y no va a querer obligarte a que le cocines, ni le laves, ni le friegues. Sueña con Cristiano Ronaldo, le digo, porque puedes masturbarte a costa de él todas las noches sin tener que plancharle las camisas al otro día. Si quieres, ponle una barba recién cortada en tus sueños, pero escribe niña que ya estás al borde de cumplir 30 años.

Sé muy bien que la muchacha de largos cabellos no quiere escucharme. Logro detenerla delante de la vidriera medio vacía de La Moderna Poesía. Le quito el sudor de la frente. Limpio la humedad de mis manos en el pantalón de mezclilla. Agarro su cabello suelto y enmarañado. Le tejo una trenza, con paciencia y cuidado, mientras leo los títulos de los libros desteñidos de tanto baño de sol. Ella aguanta en silencio los punzantes tirones de los nudos que se enredan en mis dedos. Aprovecho el final de la trenza para susurrarle al oído: ya sabes que la soledad es un estado de gracia. Hace años decidiste estar sola para cumplir con el sueño de tu madre, y de la madre de tu madre y de la madre de la madre que vino antes de la madre de ella. ¿Por qué buscar ahora al muchacho de barba recién cortada? “Tendrías que verlo desnudo”, me dice con un descaro que molesta.

Cinco segundos después miro de nuevo al cristal de La Moderna Poesía. Entre los libros de papel reseco, el reflejo de mi rostro sudoroso, luce lleno de dudas. Sé que es inevitable lo que está por suceder. Recorreré sola ciudad abajo y ciudad arriba por sexta vez, empapada de salitre y de sudor, con mis zapatos rotos y mi larga trenza recién tejida pegada a la espalda. Porque cualquier pretexto es bueno para no sentarme a escribir hoy.

 

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