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La inesperada despedida en un día del padre | Columna de Alma Barajas

Capitana #13

Sucede que hace un tiempo, para ser precisos a finales de la década del 2000, encontré una liga en mi barrio futbolero en el municipio de Cárdenas, aquí en San Luis Potosí. La liga de El Rasconcito. Hoy vengo a relatar un momento que dentro de esa liga marcó la historia de muchos que experimentamos el sentir de aquella ocasión, una pérdida, una bienvenida y un campeonato.

Pasaba que en dicha liga los mejores partidos se daban en las categorías infantiles. Ya saben, los papás emocionados a más no poder gritando sin importarles lo ridículos que se vieran o en ocasiones cruzando la línea del respeto. Es futbol, y dentro de cualquier deporte encontramos situaciones a veces no muy gratas, pero los momentos de felicidad y unidad nunca hicieron falta.

Aquel domingo de junio era día del padre, y a los directivos de la liga se les ocurrió hacer todas las finales de todas las categorías ese mismo fin de semana. No recuerdo el nombre del equipo, su uniforme era de un naranja holandés, eran los más desafortunados, perdían por goleadas. Llevaban muchos torneos luchando por llegar a una final.

Y para no hacerla tan larga, llegaron a la final después de un milagroso partido estilo México vs Alemania, ganando al campeón y equipo invicto de esa categoría quienes por cierto tenían al mejor delantero de 10 años de toda la zona media en ese entonces. Los naranjas por su parte contaban con el porterito más entregado de todo Cárdenas, hijo del entrenador, niño que siempre se exigía y dejaba que le exigieran, fan de su padre, el hombre que le había enseñado todo y que siempre le decía tras cada derrota apabullante: “vamos a ganar te lo prometo”.

Se desarrollaba la final de la categoría 10-11 años, Los naranjas contra el Atlético de Madrid (versión cardenense, claro), día del padre, las gradas a reventar. Aquel portero que llevaba muchas ligas esperando una final, por fin la estaba viviendo a lado de su padre y entrenador, Ricardo, alias “El Chicles”. Se veía el nervio a flor de piel en aquellos pequeños. Tiro, parada, gritos, barrida, casi gol, casi autogol, estaba desbordante de emoción aquel encuentro. Minutos antes del medio tiempo, anotan un gol en contra de los naranjas, todos se serenan y sigue el partido, pero sin darnos cuenta, “El Chicles” vomita, se toca la cabeza y se desmaya. Acaba de sufrir una parálisis espontánea que atacó directo a su sistema nervioso. Claro, esto lo supimos más tarde.

Detienen el partido, llega la ambulancia, todos enmudecen, el señor Ricardo está inconsciente, su hijo el porterito solo tiene los ojos muy abiertos y una palidez notoria en su piel morena, minutos antes enrojecida por el sol. —¿Quieres ir con él al hospital?—Le pregunta el árbitro. —No, me quedo— dice con desconcierto. La gente comienza a alterarse, a cuchichear, la ambulancia sale del terreno y se dirige al hospital, el encuentro sigue.

Los naranjas empatan, se van a penales, el porterito, de nombre Ricardo también, detiene un penal que le da el triunfo a su equipo. Son campeones, él sabe que su padre estará orgulloso y piensa llevarle el trofeo que ahora les pertenece con ¡todas las de la ley! —Ricardo López Medrano, mejor portero de la categoría 10-11 años— escuchan decir por el micrófono. Resulta que aparte del campeonato se estaba llevando el trofeo de mejor portero del año, no solo de esa temporada, sino del año. Y su padre no estaba.

Me acerqué a tomar una fotografía del porterito levantando su trofeo, no tenía esa sonrisa de siempre, algo estaba mermando su felicidad. —Espera tómame otra foto para mi papá—, me dice mientras se quita su camiseta verde de portero. “FELIZ DÍA DEL PADRE PAPI”, así con letras mayúsculas y una caligrafía digna de un niño de 10 años estaba la felicitación para su padre, su entrenador y ejemplo a seguir. Mientras sostenía ambos trofeos le tomé la fotografía.

Imprimí la foto momentos más tarde, y la llevé al hospital donde el porterito y su madre acababan de darle un último adiós al hombre que no pudo ver ganar a su equipo. La entregué porque así me fue solicitado, me acerqué al pequeño Ricardo que sin llorar, y con la mirada fija veía los trofeos que pertenecían a su padre más a que él. Me fui con el nudo en la garganta más grande que me ha tocado sentir. Porque ese día fue uno más para muchos, pero para aquella familia, incluso para todos los que estuvimos ahí, fue un día del padre que jamás olvidaremos.

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