#4 TiemposColumna de Xalbador García

La importancia de usar guayabera | Columna de Xalbador García

Vientre de cabra

Este texto apareció originalmente en vientredecabra.wordpress.com

I

La guayabera es una prenda elegante, inmaculada, dispuesta al deleite. A diferencia del traje sastre que siempre conlleva un excesivo encadenamiento a piezas meramente decorativas, la guayabera es práctica. Tiene lo necesario para satisfacer las necesidades del portador. Sus bolsos hacen juego con las alforzas verticales y los bordados que algunas de ellas ostentan. Los tejidos de los que se fabrican son algodón, lino o seda. Son humillantes las de telas sintéticas.

Imposible no sentirse respetable, amado y digno de estar vivo cuando se viste alguna guayabera blanca o vino, parda o negra con vivos en blanco. Por su frescura, su nombre huele a trópico, a ciudades níveas con flores todo el año, a café, a besos antes de dormir, a mar, a humedad, a noches donde cada estrella es un cuerpo de mujer, a barrancas donde salta el Diablo y a cielos naranjas. No es casualidad que su nombre sea femenino.

 

II

Gabriel García Márquez recibió el Premio Nobel de guayabera. Se trataba de una hermosa pieza colombiana de manga larga y cuello mao. Rompió con lo estipulado por las autoridades de Estocolmo. “Con tal de no ponerme el frac soy capaz de aguantarme el frío”, dijo el escritor cuando le preguntaron sobre el clima y su atuendo.

Desde que le comunicaron del galardón lo único que sabía era cómo tendría que ir vestido. Era una cuestión moral. Durante una entrevista hecha apenas unas horas después aquella mítica llamada, García Márquez comentó: “Todavía no he tenido tiempo de sentir nada. Después vinieron tantas llamadas telefónicas que no he tenido tiempo de reflexionar bien. Espero estar allí en guayabera. El traje obligatorio es el frac, pero aceptan que los hindúes vayan con su traje nacional. Yo estoy dispuesto a demostrar que la guayabera es el traje nacional del Caribe y con el mismo derecho de ir así”.

En México, Echeverría utilizaba las guayaberas como traje oficial. Luego le han seguido otros presidentes, sobre todo cuando asisten a eventos en regiones calurosas del sur del país. En Mérida, durante la visita de Bush, Calderón nos demostró que una guayabera mal llevada es un arma del absurdo. Cuando no se ajusta a la talla del portador, la prenda lo hace ver como enano con aspiraciones de proxeneta. A últimas fechas, el Licenciado Peña también ha confirmado que nadie con cuerpo de niña anoréxica de 14 años se puede ver bien de guayabera.

De ahí la importancia de elegir el tamaño, la tela y el color de la guayabera que uno pretende llevar puesta para no parecer un imbécil. Hay que respetar la prenda. Ya lo escribió el cubano Juan Cristóbal Nápoles Fajardo:



¡Qué bonita guayabera!
¡Qué bonita le quedó!
El sastre que la cortó
es una buena tijera.
Buena fue la costurera
que los puntos le fue dando;
el que la fue entallando
¡qué buena mano tenía!
pero ¡es mejor todavía
el que la viene portando!

III

A lo nacidos en Cuernavaca nos llaman “guayabos”, no por las guayabas —que sí hay, y muchas—, sino por las guayaberas, que son de uso común entre los habitantes de la ciudad. Como todo lo tradicional y oriundo de Cuernavaca, las guayaberas no son de aquí. Tampoco tenemos una marca propia y sabemos que las mejores vienen de Yucatán.

Anteriormente era natural ir de guayabera a todas las bodas y bautizos y quince años y demás fiestas. Ahora, y de manera muy mamona, se tiene que especificar en la invitación la forma de vestir. Sin embargo, su uso sigue siendo rutinario.

Cada que regreso a la ciudad, mi mañana es la misma. Voy al quiosco del zócalo, me tomó un rico licuado y finalmente me siento a que me den bola. Todo ello, enfundado en una hermosa guayabera, tal y como lo realizaba mi abuelo paterno. El mismo hombre al que le gustaba lucir siempre elegante y al que le hacían dobladillo en la manga izquierda de sus guayaberas. Había perdido el brazo en una explosión en una cantina. Siempre llevaba cigarros y cerrillos en la bolsa superior izquierda de la prenda. El día de la desdicha, además de sus cuadernos de notas donde apuntaba los pagos a los albañiles, cargaba fajos de dinamita en un pequeño morral que dispuso debajo de la mesa. Hasta ahí fue a dar alguna de las colillas. Aquella guayabera conservó la vida, pero se tiñó de sangre.

También recomendamos: Cervantes, ¿proxeneta? | Columna de Xalbador García

 

Nota Anterior

Rebeldes de chocolate | Columna de Daniel Tristán

Siguiente Nota

Carta a Patricio | Columna de Juan Jesús Priego