Desde mi clóset

La homosexualidad: una alternativa en esa maraña llamada sexualidad | Columna de Jeús Paul Ibarra

Desde mi clóset

Hablar de una definición de la homosexualidad implica volcarnos en un vendaval que va desde quienes la catalogaron como una psicopatología clínica que hay que tratar; los que la consideran un pecado mortal, una garrafal desviación; hasta quienes la vislumbran como una más de las diversas manifestaciones del ser humano para ejercer su sexualidad como mejor le convenga.

La sexualidad vista como una construcción social “se configura mediante la unión de dos ejes esenciales”: la propia sociedad y la subjetividad personal (Weeks, 1998). La sociedad funge como la productora de la carga simbólica a través de la cual el individuo aprehende a ejercer su sexualidad. Ese ejercicio sexual trae consigo la significación del ser hombre o mujer dentro de la sociedad. El género, ese ser construido, hace referencia al “conjunto de ideas, representaciones, prácticas y prescripciones sociales que una cultura desarrolla desde la diferencia anatómica entre los sexos, para simbolizar y construir socialmente lo que es ‘propio’ de los hombres (lo masculino) y lo que es ‘propio’ de las mujeres (lo femenino)” (Lamas, 2000). Con base en lo mencionado por Lamas, hablar de género “involucra aspectos ideológicos y culturales que determinan al sujeto mediante sus prácticas sociales.” (Díaz, 2004). La sexualidad implica no sólo el aspecto social, también incluye al individuo en la apropiación de su corporalidad.

De ahí que, no son la vagina y el pene los únicos elementos que determinan lo que implica ser femenina o masculino. El cuerpo visto como el medio de comunicación primigenio del individuo, permite al ser humano simbolizar la forma en la que ejercerá su vida sexual y su rol de género. “El género produce un imaginario social con una eficacia simbólica contundente” (Lamas, 2000) al reconocer el carácter cultural de este, no existe una ley natural del género, por lo tanto “no hay una naturaleza femenina o una masculina” (Díaz, 2004). Según esta concepción las mujeres y hombres no nacen heterosexuales u homosexuales, es a través de la transmisión cultural como se configura una identidad de género.

La familia es el primer contacto del individuo con la cultura, es por medio de esta que se aprehende a ser femenina y masculino. El género se construye poco a poco a medida que el individuo se desenvuelve en la dinámica cultural. El psicoanálisis refiere en sus distintas teorías, iniciadas con la psicosexual de Freud, sobre la importancia de los primeros años de vida del individuo para el desarrollo de una personalidad “sana”. Estas propuestas teóricas luego ampliadas por Erickson y Miller hacen una distinción genérica a través de la cual los comportamientos tanto femeninos como masculinos se diferencian de forma tajante.

El género, “Al dar lugar a concepciones sociales y culturales sobre la masculinidad y feminidad, es usado para justificar la discriminación por sexo (sexismo) y por prácticas sexuales (homofobia).” (Lamas, 2000). Este tipo de teorías no vislumbran la posibilidad de incluir a la homosexualidad como parte del estándar humano, lo masculino y lo femenino son la única opción. Es aquí donde las relaciones de poder entran al juego. Al vivir en un mundo enteramente falocentrista, las actitudes sociales distintas a los arquetipos preestablecidos rechazan cualquier intento de reconfiguración simbólica.

Las prácticas sexuales en el ser humano, son, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), “patrones de actividad sexual” regidos por la orientación sexual. La cual, organiza el “erotismo y/o el vínculo emocional de un individuo en relación al género de la pareja involucrada” (OMS, 2000). Si se parte de esta prescripción, la homosexualidad es una orientación sexual intrínseca al ser humano, lo mismo que la heterosexualidad o la bisexualidad. Por lo que al hablar de conductas homoeróticas remontaría, como se mencionó en párrafos anteriores, a las distintas etapas de la historia, donde, esta práctica ha estado presente como una conducta recurrente entre los habitantes de la sociedad. De hecho, de la misma forma que “ni la masculinidad, ni la femineidad, ni el amor, ni el erotismo son naturales”, (Díaz, 2004) la homosexualidad al igual que estos, es una construcción social, histórica y cultural.

@paulibarra06

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