#4 TiemposDesde mi clóset

La homosexualidad en el discurso cientificista | Columna de Paúl Ibarra

Desde mi clóset

Tanto en la edad antigua como en la inquisición, la sodomía, que implicaba una práctica sexual anal, era condenada. Sin embargo, una vez abolida la Inquisición, ya no era posible juzgar a un individuo por un delictum et crimen contra naturum, que implicara las relaciones entre personas del mismo sexo y género, ni las relaciones de afecto. Por tanto, entrada la modernidad, y todo lo que ésta trajo consigo, resultaba inadmisible el hecho de seguir sosteniendo que la sodomía y los homoerotismos pudiesen desestabilizar en sí mismos al sistema.

Del mismo modo como ya no era posible mandar a la hoguera a alguien por su condición de zurdo, tampoco podía, el sistema dominante, controlar las sexualidades so pretexto de atentar contra la moral y el orden natural. Es por ello que era necesario sustentar a través de “el método” los porqués de una expresión del comportamiento sexual humano.

Llegada la lucha de la Ilustración, resultaba necesario documentar científicamente los orígenes de lo que hoy conocemos como sexualidad. La ciencia entonces, buscaba una explicación que describiera el comportamiento de estos individuos que cuestionaban el mandato heterosexual.

No es de a gratis que resultara complicado generar una dicotomía válida entre la heterosexualidad y homosexualidad ya que la historia venía documentando una serie de experiencias que cuestionaban la bipolaridad de las categorías, tal es el caso de la antigua Roma y sus prácticas homoeróticas. Es por ello que el patriarcado convierte el concepto homosexual, en una necesidad propia. La cual se entiende como una orientación sexual, pero esta preferencia se asimila dentro del contrato heterosexual, se justifica a través de su estructura.

El arraigo del pensamiento heterosexual es tal que resulta imposible imaginar y expresarnos casi por completo fuera de la dinámica del placer/saber hetero, basado en la dominación y sumisión de un cuerpo frente a otro, en la penetración reiterada, en la adoración al falo como elemento fundador de la humanidad. “El pensamiento dominante se niega a analizarse a sí mismo para comprender aquello que lo pone en cuestión” (Wittig). Pero de la misma forma en que se niega a analizarse a sí mismo, de esa misma manera genera los mecanismos necesarios para abatir cualquier viso de sublevación.

Ahora, en la modernidad, el discurso científico, producido por el pensamiento heterosexual, dicho sea de paso, busca instalar la atención en las prácticas sexuales antes de cuestionar los mecanismos de poder que vienen intrincados dentro de este enramado. Si la ciencia ha alcanzado el lugar hegemónico que ocupa como discurso y como práctica es precisamente gracias a su capacidad para inventar y producir artefactos vivos: es decir nuestros cuerpos y nuestras prácticas tal como los conocemos. El objetivo de éstas, es la producción de un cuerpo suficientemente dócil como para poner su capacidad total y abstracta de crear placer al servicio de la producción de capital. La noción de la homosexualidad determinada por instancias vinculadas al estado nación moderno consideró como patológico en hecho de establecer relaciones erótico afectivas con personas del mismos sexo y género. Es decir, el homoerotismo pasó de ser un pecado mortal a convertirse en una enfermedad mental que era posible curar. Es entonces que la construcción de conocimiento en el tema, radica en encontrar la terapia idónea que provoque en el afectado un estado de sanidad.

Prácticamente hasta mediados de del siglo pasado, con algunas excepciones, la mayor parte de las explicaciones sobre las causas de la homosexualidad no tenían una base científica. Partían del presupuesto fundamental de que la heterosexualidad, como destino divino, era lo único natural y bueno.

Como ya he aclarado, la homosexualidad opera de formas diversas en respuesta a las necesidades propias de la persona o comunidad. Es a través de estas necesidades, que las diversas culturas han representado las atracciones erótico-afectivas. Las muxes en Oaxaca, las joyas en el Alta California colonial o las hijra en la India, son ejemplos de la forma en que algunas culturas ha representado de manera simbólica, dentro de su sistema genérico, eso que occidente denomina homosexualidad.

En occidente, la homosexualidad puede tener diversas representaciones simbólicas e invariablemente son disidentes, es decir, transgreden el orden sexo-genérico. Un ejemplo de ello pueden ser los homosexuales jamaiquinos: la representación simbólica de la homosexualidad en Jamaica apunta a un hombre que tiene sexo con hombres (actividad transgresora al orden natural de las cosas en occidente, que indica que sólo un hombre y una mujer pueden tener relaciones sexuales con fines reproductivos), el cual se maquilla, usa indumentaria femenina (otro acto transgresor al aparato estatal ya que una persona con características biológicas del macho de la especie humana, debe investirse de las características propias de la masculinidad) y es penetrado (lo cual va en contra de la ley natural), quien no cumple con estas características no es considerado como homosexual.

Los homosexuales entonces, entran al contrato social sólo si escapan de su clase. En esencia, quienes tenemos prácticas homoeróticas, somos desertores, incluso los muxes o los hijra “porque el régimen político de la heterosexualidad está presente en todas las culturas. Así, romper con el contrato social heterosexual es una necesidad para quienes no lo asumimos”.

@paulibarra06

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