#4 TiemposDesde mi clóset

La heterosexualidad como forma de vida | Columna de Paul Ibarra Collazo

Desde mi clóset

 

La sociedad actual ha facilitado el camino para que la heterosexualidad sea una forma de vida hegemónica. El cuerpo normativo de todos los Estados-Nación presume que el total de la ciudadanía mantiene prácticas eróticas vinculadas a la reproductividad. Es por ello que es posible afirmar de la existencia de un orden jerárquico que coloca a las personas que tienen prácticas sexuales con su sexo/género opuesto reproductores casados en la cima de la pirámide erótica. En un peldaño más abajo se encuentran aquellos individuos monógamos no casados que están en pareja con alguien más, luego están heterosexuales solteros en proceso de emparejamiento (Rubin, 1995). Este sistema ha permitido construir un estilo de vida fundado en la necesidad vehemente de reproducirse.

Dicho lo anterior, la sexualidad humana es equiparada dentro del régimen heterosexual con la capacidad reproductiva de la especie. El erotismo y su praxis son por si mismos hechos condenados por la cultura occidental. El apóstol Pablo consideraba al sexo como una fuerza destructiva inherente al pecado. En apartados subsecuentes se realizará un análisis concienzudo sobre el erotismo, lo que es conveniente puntualizar ahora, es el hecho de que la cosmovisión judeo-cristiana solo aprueba el contacto sexual si este tiene por objeto la procreación “y siempre que los aspectos más placenteros no se disfruten demasiado” (Rubin, 1995). Coger no es sano de acuerdo a las Sagradas Escrituras.

La heterosexualidad obtiene de la diferenciación sexual un aparato cognitivo que reconoce la existencia de una especie sexuada que requiere de procedimientos biológicos que le permitan multiplicarse. Al puro estilo edénico, “la ideología de la diferencia sexual opera en nuestra cultura como una censura, en la medida en que oculta la oposición que existe en el plano social entre los hombres y las mujeres poniendo a la naturaleza como su causa” (Wittig, 1992). Para el régimen, el proceso de sexuación inicia y termina con el nacimiento del producto humano. Sin embargo, la omisión de reconocer la existencia de procesos culturales que establecen la asignación de determinado sexo, con base en las funciones biológicas y la implantación de atributos que dotan de sentido al cuerpo humano, ha fomentado la normalización de una sola identidad sexual validada por el sistema.

La biologización unívoca de la persona humana promueve una trampa de origen para el sistema sexo/género. Al reducir la sexualidad solo a la reproductividad, el primer elemento para identificar a un individuo será el sexo de asignación. Es entonces que se conjuga un trinomio perverso, a saber, sexualidad, reproductividad, genitalidad. La heterosexualidad como dispositivo de control patriarcal significa a una persona humana en relación con la anatomía sexual externa, si tiene pene es macho/hombre, si tiene vulva es hembra/mujer. Lo anterior relega a un segundo plano la identidad de género, los roles sociales de sexo y las orientaciones sexuales existentes en la diversidad humana,

En conclusión, la heterosexualidad se ha convertido en un sistema que reprime toda expresión diversa a la normativa. Esto provoca una crisis de sentido para individuos que asumen o descubren una orientación sexual no regulada. Ser homosexual es un acto de valentía dentro de un mundo bombardeado de significados bugas.

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