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La fiesta de los muertos en Ocotepec | Columna de Dalia García

Divertimentos

Cuando algún morelense se entera de que vivimos en Ocotepec, sale de su boca un comentario sobre el Día de Muertos y la advertencia de no faltar a la fiesta, lo que nos hizo esperar el día con gran expectativa.

El 1 de noviembre las campanas del Divino Salvador comenzaron a sonar a las 11:50 del medio día. Los cohetes también estallaron, uno tras otro por varios minutos. Así fue como el pueblo le abrió las puertas a sus difuntos.

Empezamos el recorrido a las 4:30 de la tarde y terminamos a las 10:00 de la noche.

El resultado de esta experiencia fue una mezcla de asombro, nostalgia y emoción no solo por lo que vimos, sino por lo que esta tradición refleja de un pueblo y su gente: la esperanza de hacer algo más por la vida después de la muerte, la profunda gratitud por la compañía y el respeto a sus creencias.

Las Ofrendas Nuevas son el rasgo distintivo del Día de Muertos en esta localidad: son los altares que se ponen en honor a los difuntos que partieron en el transcurso del último año. Así, las familias que perdieron a uno o más de sus miembros entre el 1 de noviembre del año pasado y el 31 de octubre del presente, tiran la casa por la ventana para acoger al ser querido y a sus invitados.

Padres, hijos, hermanos, tíos, sobrinos… se reúnen días antes para poner la generosa ofrenda: mole con guajolote, pan, fruta, dulces, pozole, tamales, atole, camote, calabaza, chayotes, arroz, tortillas, tlacoyos, cacahuates, cigarros, tejocotes, tequila, cerveza, café, refrescos, juguetes y todo lo que al difunto le gustaba, hasta unos toritos de pirotecnia. En el centro ponen su cuerpo, formado con una calavera y la ropa y los zapatos que usaba; atrás de él o ella, arreglos florales; en las esquinas de la cama en que descansa, ceras; encima, un cielo con ángeles y estrellas formados de diferentes materiales; alrededor de su cuerpo, frutas y pan que representan la tierra.

Cada ofrenda tiene un mural hecho con fotografías del difunto: “Hay que vivir contentos, para morir sonriendo”, leímos en el centro de algunos.

Un arco floral en la entrada de la casa, así como un camino de aserrín, flores y veladoras, es la alfombra roja para ellos: “Bienvenida, mamá”, “Bienvenido, papá”.

A las doce del día la familia recibe a su invitado de honor, comen y beben con él. Después, abren las puertas de la casa al pueblo y a los visitantes, quienes tampoco llegan con las manos vacías: obsequian una cera que se encenderá durante el primer año de muerte para iluminar el camino del difunto, para que tenga un buen viaje y pueda llegar a su destino (visitar las ofrendas es salir a “cerear”).

Es motivo de alegría recibir a los visitantes en casa, por eso la familia prepara un pequeño banquete en agradecimiento por acompañar a su ser querido: tacos acorazados, tamales, pozole, pan, café de olla, ponche (con piquete o sin piquete), refresco y música. Todos sirven en la fiesta; algunos desde la cocina, otros repartiendo la comida o recibiendo a las visitas.

Una de las ofrendas de este año fue la de Alejo Osorio, un hombre de 77 años que murió hace un mes. Fue boxeador en los años cincuenta. A la entrada de su casa, además del arco de flores, había un ring con una calavera vestida de boxeador. La personalidad de esta ofrenda era muy especial, a lo largo del balcón tenía unas lonas impresas con fotografías y carteles del deportista; también la palabra “ABUELITO” formada con flores,  pétalos de cempasúchil y veladoras. Su familia ofreció tacos de barbacoa y agua de jamaica; estuvieron ahí toda la noche hasta que dejó de llegar gente, igual que el resto de las familias.

El número de visitantes crecía conforme avanzaba la tarde. La avenida principal estaba más transitada por personas que por autos, y más viva en la noche que durante el día. El ambiente festivo se retrataba en cada puesto de pan, de flores, de dulces tradicionales, de veladoras, disfraces, fruta de temporada, tacos, tamales, elotes, botanas, cerveza, micheladas… En las primeras ofrendas no fue necesario hacer fila, pero en la última estuvimos formados más de media hora.

Solo el 1 de noviembre es posible visitar las Ofrendas Nuevas, ya que al siguiente día las levantan para llevarlas al panteón y adornar las tumbas. Ahí escuchan misa al medio día y después regresan a casa para seguir compartiendo en familia.

La muerte se convierte en otra estación de la vida, por eso valen la pena el esfuerzo, el tiempo y el amor puestos en esta bella tradición de Ocotepec; la posibilidad de despedir al ser querido y hacer ligero su viaje es lo que la mantiene viva:

 

“Tenemos la creencia de que cuando ellos faltan, nosotros les mandamos tortillitas, queso, huevo duro para que ellos se vayan abriendo camino, inclusive para darles de comer a los animalitos que se van quedando, que los ayuden. Le hablo de cuando ellos fallecen, cuando se van a sepultar les metemos todo eso en bolsitas chiquitas adentro de su caja”.

-Estela, en la ofrenda de su hermano.

 

 

 

 

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