#4 TiemposSan Luis en su historia

La expulsión de los jesuitas en SLP (Parte II) | Columna de Ricardo García López

San Luis en su historia

 

La bandera de la defensa de los padres jesuitas la enarbolaron el mulato Marcelino Jiménez y José Patricio Alanís Jiménez al día siguiente de los tumultos, o sea el 27 junio se presentó acompañado de los gobernadores de los pueblos de la ciudad, ante el Capitán Francisco de Mora y le pidió que ordenara que salieran todos los gachupines de la ciudad, o en su defecto se les entregaran las cabezas de los cuatro que habían disparado al pueblo. Grande fue la dificultad para calmar a aquellos exaltados peticionarios pero guardaron, muy a su pesar, compostura y calma gracias a la presencia del padre Escobar, Provincial de los franciscanos, quien se los suplicaba encarecidamente.     

A instancia de los religiosos, ambos bandos se apaciguaron y hasta celebraron un convenio de paz; pero esto, como dice el pueblo, sólo fue de dientes para afuera, porque mientras el clero secular y regular celebraba misas y Te Deum en acción de gracias por la paz alcanzada, ambas partes se preparaban, subrepticiamente, para dar el golpe definitivo, unos urgiendo al Virrey que enviara refuerzos para someter a los rebeldes y otros recorriendo pueblos, villas, ranchos y haciendas y enterando a sus pobladores sobre el problema de los jesuitas, argumento que hacía que pronta y gustosamente se aprestaran a tomar las armas (trabucos, escopetas, espadas, cuchillos, arcos con sus flechas y hasta piedras y palos) e impedir se cumpliera tan desacertada orden real. Esta labor de convencimiento llegó hasta Fresnillo, Zacatecas y Saltillo, Coahuila.

Los insurrectos estaban tan convencidos de su triunfo que ya discutían entre ellos la necesidad de coronar a un rey surgido de entre ellos. Algunos opinaban que había que nombrar tres reyes, uno para gobierno de los españoles, otro de los negros y otro de los naturales [indios]. Estas discusiones hicieron que se despertara la ambición del poder en muchos, que se formaran pequeños grupos contrarios entre sí, y que se distrajeran de sus primigenios ideales; en estos delirios se encontraban cuando llegaron los refuerzos a los partidarios del rey, tomaron por sorpresa a los conjurados, hubo muertos y heridos y se redujo a prisión a los principales cabecillas.

El día 24 de julio llegó el Visitador José de Gálvez a San Luis Potosí dejando a su paso por las calles formaciones de un gran número de soldados de la imponente tropa que lo acompañaba; se dirigió inmediatamente al colegio de los jesuitas, encontró la iglesia abierta y llena de gente, ordenó que sacaran a la multitud y cerraran las puertas. Una vez que estuvo vacía la iglesia, se encaminó el visitador a la presencia del Rector y demás religiosos y les dirigió un discurso en que los culpaba de tener injerencia en lo sucedido y entre otras muchas cosas les dijo que ellos eran el único grano de discordia que quedaba en la Nueva España por lo que debían embarcar sin dilación. Los padres nada dijeron y obedecieron con presteza y tardaron sólo el tiempo que les tomó recoger su libro de rezos, capa y sombrero; subieron luego a los carruajes y se marcharon rumbo a Jalapa escoltados por dos oficiales y sesenta dragones [estos eran integrantes del ejército que así se llamaba]. Los congregados en la plaza de la Compañía, con un nudo en la garganta unos, y otros con los ojos anegados en lágrimas, vieron alejarse a los jesuitas de su colegio e iglesia que abandonaban para no retornar jamás.

Apenas se perdieron en el horizonte los carruajes, Gálvez inició el procedimiento contra los sediciosos que culminó con la ejecución de la sentencia: treinta y dos ahorcados; treinta y tres desterrados; cárcel perpetua para ciento nueve; cárcel por diez años a veintiuno; por ocho años a ciento dieciséis; por seis años a veintidós y un condenado a las galeras. En total fueron trescientos treinta y cuatro los condenados.

Los bienes de los ejecutados en la horca fueron confiscados, las cabezas separadas de sus cuerpos, unas y otros ensartados en picotas que permanecerían expuestos en el lugar donde habían estado sus casas hasta que se desintegraran por el paso de los años; las casas que habían habitado fueron derribadas y después los terrenos sembrados de sal; sus esposas e hijos desterrados, pero antes de marchar debían pasar por debajo de la horca donde pendía su esposo o padre respectivo. Sin pan ni abrigo iban a secar sus lágrimas en la miseria y el abandono.

En la ciudad quedaban tres mil soldados [dragones] de la Legión de San Carlos para evitar que se repitieran las rebeliones; además se tomaron otras medidas: se prohibió a todos los habitantes poseer cualquier tipo de armas; los indios e indias no debían usar traje de españoles; a los pueblos de la jurisdicción se les quitaron diversos privilegios. En fin, para los pobladores de San Luis Potosí la situación se tornó más difícil que antes de los tumultos[1].                 

No faltaron, desde luego, potosinos que, no sólo aprobaron, sino que también apoyaron las acciones de la autoridad, pero no porque hubiera en ellos el sincero convencimiento de que ese régimen fuera el más adecuado par alcanzar el bien común, sino porque  prevaleciendo esa situación satisfacían plenamente sus ambiciones personales. Esta actitud no es privativa de determinado individuo o clase, no, la experiencia histórica nos dice que el hombre es tierra fértil en la que pueden fructificar abundantemente todas las pasiones mezquinas si no se arrancan desde el primer brote, y si no se cultivan en su lugar virtudes de todo tipo. Hay individuos que vemos en la actualidad integrarse a un partido político, una religión, un club o cualquier otra institución similar, pero no para  servir sino para servirse de ella y satisfacer sus muy personales ambiciones y hasta sus bajos instintos y pasiones.

El pueblo en general aceptó aquellas humillantes condiciones porque no quedaba otro remedio, pero en el corazón desilusionado de cada potosino desapareció la veneración al rey, que fue cambiada por resentimiento y un vehemente deseo de liberarse del yugo español en la primera ocasión que se presentara.

A medida que se acercaba el tiempo de la libertad, se percibía en el ambiente inseguridad, temor, desconfianza. El pueblo cada día más pobre porque los impuestos seguían elevándose y se hacía más difícil la adquisición de satisfactores. Esta situación podemos conjeturarla en los protocolos de los escribanos de la época por el tipo de contratos que ante ellos se celebraban.

 

[1] Si se quiere conocer con mayor detalle este episodio, véase el tomo 2 de la Historia de San Luis Potosí de Primo Feliciano Velázquez, edición del Archivo Histórico del Estado y la Academia de Historia Potosina 1982 páginas de la 499 a la 559.

 

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