#4 TiemposSan Luis en su historia

La expulsión de los jesuitas en SLP | Columna de Ricardo García López

San Luis en su historia

 

En la entrega anterior de esta columna hablamos del surgimiento de conflictos con los españoles asentados en México cerca del siglo XVII y en hoy abordaremos punto había llegado la situación cuando un suceso vino a echar más leña a la ya crepitante hoguera. Me refiero a la expulsión de los jesuitas de Nueva España y por consiguiente de San Luis Potosí.

Para llevar a efecto esta expulsión, el Rey mandó un decreto al Virrey de la Nueva España, Carlos de Croix; éste lo reprodujo tantas veces cuantas casas de jesuitas había en sus dominios y lo envió en paquetes que no debían ser abiertos sino hasta el 24 de junio del 1640 por la noche. Esta orden iba en una circular por separado y amenazaba con la pena de muerte a quien osara abrir anticipadamente el extraño paquete.

El decreto ordenaba dirigirse a media noche y a mano armada a cada una de las casas de los jesuitas, apoderarse de sus personas y remitirlos bien custodiados al Puerto de Veracruz de donde debían ser embarcados para Italia.

Todas estas providencias se tomaron debido a que los padres de la Compañía eran amados y respetados en todos los lugares en que tenían sus colegios. El propio Marqués de Croix lo expresa de la siguiente manera: “Como todos los habitantes, desde el más elevado hasta el más ínfimo, desde el más rico hasta el más pobre, son todos dignos alumnos y celosos partidarios de la dicha Compañía, comprenderéis fácilmente que guardé bien de fiarme de ninguno de ellos para la ejecución de las órdenes del Rey[1]”       

Después de que los jesuitas hubieran sido retirados de sus colegios debía hacerse público un bando en el que se daban supuestamente, las razones de la expulsión y se exigía la colaboración de todo el pueblo para dar cumplimiento a las órdenes reales. Este documento termina de la manera siguiente: “…y me veré precisado a usar del último rigor y ejecución militar contra los que en público o en secreto hicieren con este motivo conversaciones, juntas, asambleas, corrillos o discursos de palabra o por escrito; pues de una vez para lo venidero deben saber los súbditos del gran monarca que ocupa el trono de España, que nacieron para callar y obedecer y no para discutir ni opinar en los altos asuntos del gobierno…[2]

Al conocer el Alcalde Urbina el contenido de estos documentos se le fue, como solemos decir, la sangre a los talones y tal fue su desconcierto y confusión que no tuvo valor para cumplir aquella orden sino hasta el día 26, dando, involuntariamente, tiempo para que los conspiradores tomaran cartas en el asunto. De hecho así fue pues enterados los sediciosos y toda la gente del pueblo de aquella malhadada disposición, se sumaron a los del Cerro de San Pedro, libres y esclavos, españoles, indios, mestizos, mulatos, negros y todas las castas que habitaban la región; los pusilánimes se tornaron valientes y los indiferentes, fervorosos participantes.

No era posible que arrancaran del pueblo a aquellos hombres que desde hacía más de cien años se habían consagrado a la enseñanza de la juventud tanto en las ciencias divinas como humanas. La desilusión derribó de un tajo el pedestal de veneración en que se había colocado la figura del rey, a quien ni siquiera por efigie conocían. De pronto no hubo para él más que desprecio que muy pronto habría de convertirse en odio recalcitrante.

Capitaneada la plebe por el español Juan de Ávila, se lanzó a la calle como un río que se desborda; dieron alcance a los carruajes en que se había colocado a los religiosos prisioneros, cortaron los tirantes a las mulas y trataron de llevárselos al Cerro de San Pedro para mejor defenderlos de sus raptores. Los padres jesuitas con mil razones lograron que los del Cerro desistieran de su intento y les permitieran permanecer en su colegio. Entretanto las mujeres lloraban desconsoladamente, los hombres gritaban  solicitando nuevo gobierno, queriendo al instante nombrar un nuevo rey y a grandes voces decían: “que el Alcalde Mayor no tenía facultad de extrañar a los padres de la Compañía porque eran eclesiásticos, sacerdotes y ministros de Dios; añadían que si no mudaba de intento, el Alcalde, le quitarían la vida y destruirían y acabarían la ciudad. Hicieron jirones la bandera real, apedrearon y escalaron la cárcel, dando libertad a los presos, entre ellos Juan Vicente Olvera, español, al que constituyeron su caudillo. Este quebró a martillazos la picota alzada en la plaza y entrando en la morada del Alcalde ordinario don Antonio de Quiroz, se apropió una capa de paño fino y un bastón con puño de plata, esto tal vez, para representar su mando[3]”      

Los padres de la Compañía durante el camino de regreso a su colegio trataban, en vano, de calmar los ánimos; al llegar al colegio, entraron acompañados del Alcalde Urbina y de numeroso contingente de soldados españoles; éstos, una vez dentro subieron a la azotea e hicieron una descarga cerrada sobre el pueblo matando a unos e hiriendo a otros. Como es de suponerse, esto enfureció doblemente a la multitud; trataron de escalar el edificio para matar al Alcalde. En ese momento apareció el padre comendador de la Merced, Fray José de Ruimayor, llevando al Santísimo en sus manos, lo que hizo que, un poco, se calmaran los ánimos. Aquí sucedió lo que dice Virgilio en un pasaje que narra en el primer libro de La Eneida:

“…Sucede a menudo que en los pueblos se enciende una rebelión, y la plebeya chusma ruge enardecida. Vuelan por el aire antorchas y piedras, y el furor convierte en armas todo aquello que se encuentra al alcance de la mano. Pues si entonces aparece un varón amable, grave y que ha infundido siempre en todos los habitantes un gran respeto, la plebe furiosa se contiene, y callan de súbito todos y se detienen para prestarle respetuosa atención y él, con sus razones, se enseñorea de los ánimos y amansa la fiereza de los pechos…[4]”.

Aunque la súbita calma no impidió que el padre Comendador recibiera un flechazo, que le atravesó el escapulario, y una pedrada en la boca.

 

[1] VELÁZQUEZ, Primo Feliciano, Historia de San Luis Potosí, Archivo Histórico del Estado, Academia de Historia Potosina, San Luis Potosí, 1982, T. 2 p. 509.
[2] Idem. p.511.,
[3] Idem. p. 514.
[4] VIRGILIO. La Eeida, en Obras Completas, Editorial Ferma, Colección Clásicos FERMA, Barcelona, 1966, p.252. Dirección literaria y prólogo de J. Pérez. Nota: la transcripción de este párrafo no es literal ya que sustituí, suprimí o  y incluí algunas palabras para hacer más comprensible el texto, además de que el texto latino permite estas libertades.     
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