Mejor dormirNoticias en FA

La escena de las langostas | Columna de Carlos López Medrano

Este texto apareció originalmente en bigmaud.com

Hoy en día es muy fácil despotricar contra Woody Allen. La palabrería se repite por el vecindario. Que si todas sus películas tratan de lo mismo, que si es descuidado con las formas, que si sus guiones parecen encargos turísticos. Quizás haya una pizca de verdad en ello. Woody Allen ya no es lo que era. Pero que no se nos olvide. El tipo tuvo una época de gloria e hizo uno de los más grandes estudios cinematográficos en torno al ascenso y descenso del amor. La que posiblemente sea la comedia romántica definitiva: Annie Hall (1977). Una memorable seguidilla de viñetas que no tienen desperdicio y que conviene repasar cada determinado tiempo, en especial cuando se desee reflexionar sobre nuestra propia vida sentimental y se requiera de cierta calidez para superar baches emocionales.

La cinta deja muchos fragmentos para destacar. Una de mis partes favoritas es la famosa escena de las langostas (que en realidad se divide en dos partes). En ella, los protagonistas intentan cocinar unas langostas en casa, pero todo se vuelve un caos cuando los animales en cuestión, todavía vivos, se escapan y empiezan a deambular por el suelo. Lejos de enojarse o desanimarse, la pareja disfruta de la situación. Se divierten y juegan. Incluso se toman fotos para atesorar el momento. Lo que parecía ser un inconveniente se transforma en un episodio entrañable. La química que existe entre ellos hace que lo más simple se vuelva extraordinario.

En la primera parte de la secuencia Alvy Singer convive con Annie Hall, el prototipo de mujer que siempre se queda pegada en nuestra memoria. La que hace llevaderos los episodios más bajos. La que transforma las preocupaciones en un montón de sonrisas. Esa que vuelve especial los minutos pasados frente a la estufa.

Pero transcurren los meses y ocurre lo que suele suceder. La relación se desgasta. Llega el alejamiento y la ruptura definitiva. La dinámica de conocer a otras personas e intentar seguir adelante.

Lo que venga ya nunca será lo mismo. Aunque conozcas a muchas otras personas, siempre quedará el recuerdo de esa mujer irrepetible que lo significó todo. Una sombra que danzará en tu mente por el resto de los días. Sobre todo cuando más lo necesites. Woody Allen lo refleja muy bien en apenas un par de minutos.

Al cabo de una temporada, Alvy Singer vuelve a vivir una situación parecida con otra mujer. Los planes de una comida dominical son interrumpidos por un grupo de langostas que ha decidido escapar. Y donde antes había bromas, entendimiento y cariño, no queda más que frialdad y distancia. Ella no es Annie Hall. Se muestra desapegada, fastidiada ante el suceso. No entiende los chistes ni se enternece ante los defectos de su novio.

Queda la sensación de que somos compatibles con una cantidad muy reducida de personas. Un detalle que se puede detectar en la última mirada del protagonista.

Pinceladas propias de un talento como el de Woody Allen. Por eso le perdono todo y es una de las razones por las que veo sin queja alguna cualquiera de sus películas. Lo prefiero a casi cualquier otra cosa que esté en cartelera. Verlo a él es como estar en casa.

Nota Anterior

Un gigante egoísta | Columna de Adrián Ibelles

Siguiente Nota

Congreso, a un paso de penalizar el contagio de VIH... Otra vez