#4 TiemposContrapunto

La emergencia del México profundo | Columna de León García Lam

Contrapunto

Así llamó Bonfil Batalla, el gran antropólogo mexicano, a una parte de nuestra realidad nacional, cuya profundidad consiste en subyacer a todos los intentos colonizadores de someterla, capitalizarla y volverla occidental. El México profundo es ese que sigue comiendo tortillas, que considera la fiesta como el espléndido pretexto para derrochar recursos, que se cuela por las instituciones coloniales para contaminarlas y convertirlas en calaveras, caciques, plumas o danzantes.

El México superficial es el de las instituciones, el de los bancos, el que pregona la eficacia y las corbatas; es el México de la presidencia, el México de las apariencias. Muchas veces nos preguntamos ¿Qué le pasa a México? ¿Qué necesita para funcionar como un país desarrollado? Pues es difícil observar que sus atorones, baches, la falta de aceite en el engranaje nacional, la sordidez de sus decisiones gubernamentales siempre equivocadas, en el borde del Estado fallido, se deben a un boicot infligido por nosotros mismos, que si bien nos detiene, también nos salva de la colonización completa. La máquina no funciona porque sus engranes quieren rodar hacia otra parte.

Las instituciones de ambos méxicos son bien distintas: el México profundo goza de instituciones flexibles, adaptables y cambiantes como mercaditos sobre ruedas. En cambio, el México superficial es tieso, inflexible, saturado de formatos ISO y sellos de dependencias gubernamentales. Uno de ellos siempre se adapta, el otro se mantiene igualito sexenio tras sexenio, a lo más cambia de nombres. Así hemos estado como Nación por mucho tiempo, desde hace muchos mundos: hace cuatro soles, que se vienen destruyendo los tiempos, por diluvios, pestes, guerras, incendios y temblores… para la mentalidad indígena, la destrucción del mundo sirve para construir otro mejor.

Todavía estaba en nuestros gritos el festejo de la Independencia cuando llegó el temblor, otra vez en 19 de septiembre. Y sí, se derrumbaron algunos edificios y murieron centenas de personas; los daños se calculan en miles de millones de pesos. Pero lo que más se dañó fue la rígida arquitectura del México superficial. Las trepidaciones quebraron sus muros, se resintieron sus estructuras y se cuarteó el débil temple de sus funcionarios y representantes. Los diputados se escondieron, los partidos sacaron el cobre y humillados aceptaron donar parte de los recursos electorales del 2018. Peña, Robles, Chong y Graco fueron fantasmas abucheados. La responsabilidad gubernamental quedó opacada por la iniciativa ciudadana.

Ahora viene la reconstrucción. El México profundo quedó dolido, pero casi intacto; esas muertes no le duelen más que los 43, que los miles de la guerra contra el narco, que los feminicidios, que los secuestros, que los enfermos que nunca recibieron la ayuda que les correspondía. Es el momento importante: aquí se aprieta un botón que es determinante para el futuro.

Después de la ayuda solidaria, de la inmediatez, de la gasolina encendida y de hurgar entre los escombros, debiera venir una tenacidad que lamentablemente no se puede presumir en redes sociales: pequeñas pero constantes dosis de apoyo para levantar lo que haga falta y de restaurar la vida de los miles de damnificados, pero también impedir que el México de las apariencias se rehaga y se vuelva a reconstruir sobre nosotros. Es el momento de aprovechar la destrucción sísmica y permitir que de los centros de la Tierra emerja el México que nos merecemos.

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