#4 TiemposLetras minúsculas

La elección de Dios | Columna de Juan Jesús Priego

Letras minúsculas

 

Solía decir Epicteto (55-135 d.C.), el filósofo estoico, que solo existen dos tipos de cosas: las que dependen de nosotros y las que no dependen de nosotros, y de esta distinción elemental dedujo cosas sensatísimas. «Cuando se te ofrezca algún hecho enojoso –enseñaba- considera si es cosa que dependa de ti; porque si no depende, dirás que no te toca».

¿Dependía de ti que sobreviniera esta nevada y destruyera tus sembrados? ¿Dependió de ti que nacieras contrahecho o jorobado? Pues entonces no te acongojes si lo estás. Hay que aclarar cuanto antes, sin embargo, que el filósofo, cuando hablaba de lo que no depende de nosotros, hablaba casi siempre de desgracias.

Pero, siendo honestos, hay una infinidad de cosas que no pudimos elegir y que no son, por cierto, calamidades. No elegimos nuestros apellidos, este padre y esta madre, el país en que nacimos, la cuna en que nos mecieron, la forma de nuestra nariz, la escuela en que aprendimos las primeras letras, los seres que nos hemos encontrado en nuestras paseos cotidianos por los callejones de la vida. No elegimos a nuestros profesores, ni el día de nuestro cumpleaños; no elegimos nuestro carácter, ni las peculiaridades de nuestro temperamento; no elegimos los compañeros de clase, ni a los seres que hoy viajaron con nosotros, por la mañana, en el mismo tren.

–«Las mejores cosas de nuestra vida no las elegimos nosotros» –dice un personaje de Los peores años de nuestra vida, la película del director español Fernando Trueba.

»–¿Y las peores? –le pregunta alguien.

»–Acaso sí».

Los seres que han marcado nuestra vida, los encuentros que nos han obligado a tomar otro rumbo, los momentos inolvidables, las experiencias afortunadas: nada de esto lo hemos elegido nosotros, sino que se dieron, simplemente; o mejor aún, se nos dieron.

Si mis padres hubieran podido elegir todas y cada una de las características de sus hijos, yo no estaría aquí; habría, quizá, otro Juan Jesús, en caso de que ellos se hubieran empeñado en poner a su hijo precisamente este nombre, pero no el Juan Jesús que yo soy: ¡yo soy tan imperfecto! Pero lo contrario también es cierto: si a los hijos se nos hubiera podido preguntar cómo querríamos a nuestros padres, acaso hubiésemos elegido aquella cualidad o aquel otro carácter que nos habrían hecho tener, al final, otros padres muy diferentes de los que en realidad tenemos.

André Rousseaux (1896-1973), el famoso crítico literario francés, escribió a este respecto un párrafo bellísimo en la introducción de una de sus obras (Litterature du vingtième siècle) que me gustaría citar aquí por entero: «El hombre –dice– es la única criatura que elige lo que ama. He aquí una hermosa definición de la preeminencia humana. Pero al considerar su aplicación nos damos cuenta que es bastante reducida. El hombre sólo elige realmente lo que menos cuenta en su vida: el menú de su comida, el color de su corbata o el empleo de sus horas libres. La elección de su trabajo ya no es tan segura. Si el hombre hiciese sólo lo que le gusta, cambiaría por completo la condición humana. ¿Y qué decir si pasamos al terreno del amor, que afecta a lo más profundo de nuestros sentimientos? No se eligen los padres, ni el país natal. No se eligen los hijos, esos extraños surgidos de nuestra propia carne. E incluso, ¿se elige la mujer amada? El azar de un encuentro ha impuesto a nuestra vida a la que vanidosamente llamamos la elegida. Sería mejor decir que es un don del cielo. Porque si hubiese sido realmente objeto de nuestra elección, ello se debería menos, si bien se piensa, a un rasgo de amor que a un monstruoso egoísmo. La palabra elección no expresa una realidad en amor más que en los mercados de esclavas y en el trato de los amores lascivos. Pero el amor puro y verdadero es el acierto de un azar acompañado de un acto de fe. Este mutuo acuerdo que pretendemos haber elegido porque nos gusta creerlo, no es tanto un acuerdo deliberadamente buscado como un acuerdo al que hemos tenido que rendirnos».

Tiene razón Rousseaux: el amor, el amor verdadero es siempre el acierto de un azar acompañado de un acto de fe. «De haberme buscado, jamás me habrías encontrado», solía recordarle su esposa a Jean Guitton.  

No hay que tener miedo del azar. Para un creyente, éste es uno de los hilos que la Providencia mueve para llevar su vida a buen fin, a puerto seguro. A fin de cuentas, creer en la Providencia es creer –como dijo Gustave Thibon (1903-2001)– que el ejército de los azares combate por mí. «Un milagro de protección, de maternidad, de clemencia aureola cada uno de mis pasos» y los dirige justo allá donde me espera la vida verdadera, es decir, donde me aguardan el Otro y los otros. No, los encuentros no se planean ni se provocan: se esperan simplemente con la confianza puesta en Dios, que dijo que no es bueno que los hombres estén solos.

Existen, pues, dos tipos de cosas: las que dependen de nosotros y las que no dependen de nosotros. Pero las mejores cosas de nuestra vida no las elegimos nosotros.

–¿Y las peores?

–Acaso sí.

También recomendamos: Monólogo del libro | Columna de Juan Jesús Priego

Nota Anterior

Leamos con orgullo | Columna de Andrea Lárraga

Siguiente Nota

#Rusia2018 | Día 13 | Columna de Arturo Mena Nefrox