#4 TiemposDesde mi clóset

La cultura patriarcal en occidente | Columna de Paúl Ibarra

Desde mi clóset

La cultura occidental está repleta de símbolos que han proporcionado certidumbre a la cosmovisión de este sector de la humanidad. El pensamiento dicotómico ha sido la herramienta utilizada con el fin de clasificar todo en categorías contrapuestas. Claro, oscuro. Negro, blanco. Pobre, rico. Esta forma de ver el mundo ha desarrollado el denominado sistema sexo-género a partir del cual se distingue a los miembros de la especie humana. Esta división, basada en las funciones biológicas, ha traído consigo la instauración de relaciones de poder que someten a la mitad de las personas hoy en día.

El libro bíblico del Génesis hace referencia a la creación divina de la humanidad. “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y a hembra los creó.” (Valera, 2009). Esta premisa revela la igualdad de condiciones en las que fue creado el humano. De acuerdo al mito divino, Yahveh diseñó a un macho y a una hembra de cada especie viva con el objetivo de multiplicarse y llenar la tierra. A la pareja humana, además, le encomendó la tarea de sojuzgar a todo ser viviente en el planeta. Esta instrucción ha sido tomada de manera tan literal, que, en la actualidad, la especie humana ha situado en un estado crítico al planeta y derivó en la extinción a varios especímenes animales y otros tantos los ha puesto en grave peligro.

El dogma divino de la creación humana en el sexto día, tiene una contradicción de origen situada unas líneas adelante en el Génesis. Ya que, luego de hacer alusión a la creación de ambos miembros de la especie, el capítulo II describe la forma en la que, tras un profundo letargo, Jehová extirpa una costilla de Adán para formar a Eva. Lo anterior se contrapone a lo narrado tanto por los apóstoles Mateo y Marcos quienes aseguraron que en el principio fueron creados macho y hembra. Algunas versiones de la Biblia traducen como hombre/varón y mujer, al hacer alusión a los miembros de la especie humana.

En un análisis crítico del contexto del escrito bíblico, sería absurdo que Dios creara a todas las demás especies, con la misma capacidad reproductiva que la humana, a todas las hembras de todas las especies en igualdad de circunstancias que los machos, y a la hembra humana de una costilla.

Con base en lo anterior, algunos mitos hablan de una hembra/mujer antes de Eva. Si bien en la Biblia no existe una historia clara sobre este ser, se dice que se le conocía como Lilith. Esta hembra/mujer fue desterrada del paraíso antes que Adán y Eva. El motivo del destierro de acuerdo con algunas midrashim (interpretaciones de antiguas escrituras escrituras) se debió al actuar insumiso de esta mujer, quien de manera insurrecta desafiaba la autoridad del hombre humano, por ende, la del Dios Padre. En el Alfabeto de Ben Sira existe una narración que “al ser forzada por Adán a obedecerle, pronunció el nombre de Dios en vano y decidió abandonar el Edén con dirección al Mar Rojo” (Cervera, 2018). Es decir, luego de que Lilith discurrió sobre la posibilidad de convivir con los primeros hombres, decidió abandonarlos tras corroborar la intención de estos de instalarse como los manda más.

El relato bíblico de la creación de la pareja humana es un símbolo evidente de la cultura patriarcal. Es complicado reconocer el momento en el que el patriarcado se erige como un sistema de dominación. Gerda Lerner, historiadora austriaca, afirma que el patriarcado es una construcción histórica “elaborada por hombres y mujeres en un proceso que tardó casi 2,500 años en completarse” (Lerner, 1990). En el estado arcaico, la familia patriarcal desempeñaba un papel básico, era el núcleo. Este hecho permitía al gobernante mantener el control de su reinado. Es durante este periodo que los patriarcas bíblicos están en su máximo apogeo. Al seguir el relato bíblico, es posible localizar hombres por doquier. Noé, quien salvó del gran diluvio a su familia. Abraham el primer gran patriarca. Moisés quien salvó al pueblo judío de los egipcios. Jesús el salvador de toda la humanidad. El común denominador de estos relatos es el poder que ejercían los hombres dentro de la dinámica social.

La cultura, vista como un constante devenir de signos y símbolos, requiere de mecanismos como el mito para afianzarse al grupo humano en turno. Para el caso de la cultura patriarcal, los relatos bíblicos se convirtieron en un insumo excepcional para construir representaciones simbólicas que mantuvieran el status quo. Luego de que comieran del fruto prohibido, Jehová instituyó la división sexual del trabajo. A Eva la sentenció con aumentar los dolores de parto y la dominación del hombre por sobre de sí. En cambio a Adán lo obligaría a trabajar la tierra, maldita por su causa, con fuerza todos los días de su vida (Valera, 2009).

Al traslapar el mito de Adán y Eva con el descubrimiento de la agricultura durante el neolítico, es posible dilucidar que la salida del Jardín de Edén, podría significar de manera simbólica el tránsito de la sociedad de cazadores nómadas, para dar paso a grupos de agricultores y ganaderos (Cohnen, 2018). Los trashumantes edénicos comenzaron a labrar la tierra con sudor y fuerza una vez consumado el pecado original, por tanto, este significativo acontecimiento mítico permite comprender la forma en la que la sexualidad humana se encamina hacia el privilegio de la reproductividad que da lugar a la división sexual con base en las diferencias biológicas. Desestima e incluso condena los otros elementos de las sexualidades humanas y no repara en gastos para castigarlos, Sodoma y Gomorra son un ejemplo de ello.

La cultura patriarcal con esta base judeo-cristiana fomenta patrones de conducta de dan paso a distinguir, dentro del pensamiento dicotómico, a dos categorías yuxtapuestas pero supeditadas una por sobre de la otra. Alda Facio, reconoce que el patriarcado diferencia dos ámbitos simbólicos práxicos y productivos independientes entre sí, el público y el privado. El primero, está reservado para los hombres, quienes ejercen el poder político, económico, social, cultural, religioso. El otro, si bien de la misma manera sigue dominado por ellos, es donde tienen cabida las mujeres, con roles de esposas y madres (Facio, 1999). Al volver a revisar el texto bíblico, las mujeres estaban ausentes de la historia como protagonistas. De acuerdo con Lerner, “el dominio masculino de las definiciones ha sido deliberado y generalizado, y la existencia de unas mujeres muy instruidas y creativas apenas ha dejado huella después de cuatro mil años” (Lerner, 1990). De esta manera, la cultura patriarcal al hacer circular un sistema de símbolos que promueven la hegemonía masculina, sitúa a las mujeres en un estadio de desventaja.

El sistema sexo-género en tanto patriarcal, dota de características estructurales a los machos y hembras de la especie humana. Los machos/hombres entonces, poseen características masculinas, de poder y control. Las hembras/mujeres, adquieren atributos como la belleza, la sumisión, la abnegación y la maternidad, rasgos denominados femeninos. Es así que la cultura patriarcal en occidente, asemeja lo femenino con inferioridad, lo que posiciona a las corporalidades que se adscriben en esta categoría como parte del grupo oprimido que es factible que controlar.

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