#4 TiemposColumna de Daniel Tristán

La cruda navidarks | Columna de Daniel Tristán

LaguNotas Mentales



Solo queda la resaca como un martillo incrustado en la cabeza. Los años me han enseñado que lo más infame de la navidad es precisamente el día siguiente, o probablemente los dos o tres días posteriores.

Representa este periodo de tiempo un terreno vulnerable en el que todo el mundo retoma la rutina diaria pero con la guardia totalmente baja. Aún permanecen vestigios de la estela que dejó el cometa del perdón a quienes nos dañaron, la esperanza de tiempos mejores y de dar y recibir desinteresadamente.

Hace ya bastante tiempo que por salud mental decidí desprenderme del ritual familiar de las fechas navideñas. Y si en algún momento la patología familiar me hiciera alguna seductora jugarreta para hacerme volver al sistema tengo algunos ases bajo la manga para protegerme.

Mi principal herramienta de defensa es un costal con memorias que me recuerdan que más me vale huir. Algunos muy fuertes, otros totalmente inofensivos pero, no por eso, menos desagradables. Recuerdo los regalos de la abuela, que pareciera haberlos comprado con el único objetivo de arruinarnos la navidad, lo cual generalmente lograba sin ningún problema.

La lógica de mi abuela era la siguiente: Si tengo 15 nietos, pues compro 15 objetos random, en tiendas random, de tallas y/o usos random para envolverlos en paquetes random y que el regalo llegue a las manos que deba llegar. Una manera de actuar temeraria y maquiavélica que como resultado dejó a 15 niños recibiendo regalos infames como licuadoras descompuestas, paquetes de algodón para desmaquillar, o juguetes de niña para los niños y juguetes de niño para las niñas. Una pena, una verdadera bofetada al espíritu navideño.

Culto público, si bien es cierto que el sentido de la navidad no debe radicar en el consumismo también es verdad que eso es imposible de entender para un niño. Y ahora como adulto aún sigo pensando que mi malévola abuela pudo habernos evitado tanto trauma navideño absteniéndose de darnos regalos. Es decir, es preferible no recibir regalo a recibir un regalo pinchísimo y literalmente inútil. Es mejor recibir nada, así la expectativa es nula y, como consecuencia, la desilusión también lo es. Mecanismos de defensa los llaman los psicólogos.

Justo hoy, en plena resaca post navideña, salí a la calle. Cada rincón de la ciudad parece sacado de una película de apocalipsis zombie. Poca gente circulando y todos los luchadores sociales fuera de sus trincheras, entre ellos los héroes sin capa del bacheo voluntario.

Después de caer en tres baches en un trayecto de solamente unas cuadras lo único que puedo reflexionar es que lamentablemente ese tipo de desilusiones (las de los regalos sin uso ni utilidad alguna) nos van a perseguir hasta la edad adulta. Podremos correr, pero jamás escondernos. Resulta lamentable que nos sigan dando la pavimentación piñata y pinche que a la más leve lluvia se llenará de cráteres. Es triste tener un gobierno que nos da un bien pero nos lo da mal. Que lo hace hasta el cansancio como lo hizo mi abuela con sus regalos navideños.

Pareciera que la abuela y el gobierno fueran uno mismo y su objetivo fuera restregarme en la cara que tienen ganas de joder, y joder muy bien. Imagino a la abuela y al gobierno planeando su terrorífica movida: “Te voy a dar algo, pero te daré lo peor, lo que no te sirva, te voy a dar algo pinche para que sufras y derrames bilis y entre más supliques por recibir algo mejor más me empeñaré en darte lo peor”.

Abuela, gobierno. Paren por favor. En verdad resulta tóxico y dañino recibir para sufrir. Es mejor nada. Abuela y gobierno, dejen de dar para dañar. Abuela prefiero no recibir regalo. Gobierno, déjate de rollos. Te tengo la solución para terminar con el problema de los baches: YA NO PAVIMENTES CALLES (la tierra solita se aplana más fácil y es más transitable, lo juro).

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