#4 TiemposMosaico de plumas

La configuración del personaje femenino | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

Hablar de feminismo es meterse en camisa de once varas, es entrar en un terreno desconocido y dinamitado. Una palabra en falso y las granadas explotarán hacia tu persona. Ser mujer y contradecir a las mujeres es un suicidio público. Las mujeres nos enfrentamos a la crítica por parte de nuestras iguales y muchas ocasiones dichas críticas se vuelven dogmas a seguir. No hay tolerancia en su pensamiento. Alguna vez me tacharon de machista opresora por decidir casarme. No entendí porque hacían dicha afirmación, si era una decisión tomada de la manera más libre y racional. Ese día puse en duda el feminismo actual. Dudé sobre si valía la pena hablar sobre la libertad sexual de las mujeres con mis alumnas, si al final esas libertades serían puestas en duda por las mismas. Decidí dejar de compartir información sobre mujeres extraviadas, pues total mis compañeras decían que se había ido con el novio. Tiré a la basura mis investigaciones sobre el personaje femenino en los narcocorridos porque a las mujeres que escuchan esas canciones les gusta que las cosifiquen y las traten mal. Pensé que quizá, sí, la lucha por las libertades de las mujeres era un invento del mismo patriarcado para entretenernos en peleas en redes sociales sobre el uso de la X y el color del tinte en nuestros vellos púbicos. De esta manera alejarnos de problemas tangibles.

Problemas como el hecho de que una mujer no pueda disfrutar de su sexualidad sin ser tachada de puta. El problema de compartir fotos íntimas con nuestra pareja, (él que nos dice amar y respetar) y terminar siendo vendida en un perfil falso como venganza después de terminar una relación. Intentar proceder de manera legal, pero que la policía te culpabilice por enviarle las fotos. El problema de ser mujer, salir a la calle a trabajar y ser seleccionada como fruta del mercado por un varón que quiere sacar su instinto de supervivencia. Terminar en un baldío asesinada un par de horas después. Tener que ser culpables de ser violadas por beber alcohol. No tener libertad de vestir con la ropa que nos plazca porque es una bienvenida al falo de cualquier caballero. Ser moneda de cambio por un par de terrenos y una vaca. Ser una fábrica de bebés para demostrar la hombría de nuestro marido, avalado por catolicismo y su frase “los hijos que Dios quiere”.  Soportar maltrato y poca seguridad social sólo por ser empleada doméstica. Ver el acoso sexual como parte de las habilidades y aptitudes laborales. Esperar un vagón especial por miedo de ser tocada como muestra gratis en el supermercado. Escribir cartas eróticas como requerimiento indispensable para aprobar una asignatura. Criar a nuestros hermanos en lugar de ir a la escuela, porque igual nos vamos a casar, así que, de nada sirve estudiar.

Este escrito no propone soluciones, y lo más probable es que no cambie la situación de miles de trabajadoras domésticas ni mucho menos de miles de niñas que serán vendidas en el sur de nuestro país, pero es un recordatorio de que existen una desigualdad hacia la mujer, por la cual se debe seguir luchando. Sin importar lo normalizado que se encuentre.

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