#4 TiemposAndante

La ciudad que nos inventa | Columna de Irma Carrillo Chávez

Andante

 

¡Saludos y bienvenidos a esta columna amables lectores de La Orquesta! Y yo les pregunto: ¿alguno de ustedes ha tenido esa amarga sensación de saudade urbana? Sí, aquella que nos da cuando recorremos calles del centro antiguo; que sentimos cuando vemos la pequeña tienda de abarrotes donde íbamos a comprar un peso de caramelos; aquélla que nos da cuando volvemos la vista hacia arriba y vemos como pedazo a pedazo caen los fragmentos de edificios de otras épocas, más elaborados, sí, pero que nos dicen mucho de la vida de nuestros predecesores, no como ahora, digo yo, que todo es puro «cajón 1 y 2».

Pues bien, Héctor de Mauleón, admirado y prolífico periodista y escritor trae a nuestro librero este texto maravilloso titulado La ciudad que nos inventa. Crónicas de seis siglos» editado por Cal y Arena. De Mauleón, quien entre sus múltiples ocupaciones tiene un programa de relatos y crónicas llamado El Foco, el cual se transmite por el canal 40, ha dedicado parte de su prolífica vida a recuperar los restos devastados de una ciudad centenaria, capital de nuestro país ubicado en el ombligo de la luna para nuestros antepasados.

El libro está estructurado de manera que el autor nos da un recorrido por lugares, y «sucedidos» a partir del siglo XVI hasta llegar barriéndose al año 2014. En los breves capítulos (dos o tres hojas, máximo) que conforman la obra —por lo demás, es un libro de casi 400 páginas— vamos conociendo los usos y costumbres, creencias y decires de cada época, como aquella en donde Don Héctor nos narra la historia de la cerveza; platica que Don Porfirio Díaz, en sus afanes de «afrancesamiento», decidió erradicar la bebida nacional llamada pulque por ser una bebida «vil y pestilente» solo consumida por las clases bajas. Y le dio entrada a la cerveza. Sin embargo, la primera cerveza que se produjo y bebió en México ubica sus orígenes hacia 1549 en la Hacienda de los Portales, perteneciente a don Alonso de Herrera, quien obtuvo el permiso del virrey Luis de Velasco. Total, al hombre no le funcionó la fábrica, porque a los naturales les seguía gustando su bebida nacional y las cosechas de trigo y cebada no se dieron muy bien. Tuvieron que pasar cuatro siglos para que la cerveza se apropiara de los paladares refinados del porfiriato ayudados, por supuesto, con el beneficio del ferrocarril, medio de transporte por excelencia para la importación de bebidas y otros artículos. Menciona de Mauleón que en 1875 el empresario Santiago Graf lanzó las cervezas Toluca y México y siete años más tarde se introduce la Toluca Lager y la Victoria, de todos conocida.

¡Qué maravillosa ciudad es la de México! Cada rincón narrado, cada escalera, cada portal o callejón; cada residuo de un templo, de una caja de agua o un árbol de la noche triste, calcinado por el peso de los años; cada mercado, esquina, bar o café en donde se hicieron y deshicieron los caminos que dieron rumbo a la monstruosa ciudad que se inventa y nos inventa.

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