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La ciudad que no duerme | Columna de Jorge Ramírez Pardo

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-Sabor y olor a Europa… del este-.

 

París, Francia, junio de 2017.-

Van unas notas a salto de mata…

Angélica, promotora de cine experimental latinoamericano acá en París, opina que desde 1998 cuando Francia fue sede de mundial de futbol, los parisinos, y por extensión los galos, cobraron conciencia de su responsabilidad como anfitriones. Su trato habitual solía ser ríspido y de un burdo chovinismo. Sólo querían hablar francés y que las hordas turísticas no les maltrataran su ciudad. Conglomerados que, por cierto, dejan a Francia un caudal de divisas.

Hace más de 20 años que no venía a Europa. Es notable el esmero en la prestación de servicios. En las líneas ferroviarias RER o de largo alcance que se interceptan con la red del Metro de París, por ejemplo, algunos avisos básicos se dan en francés, inglés y español. Con menos frecuencia en chino e italiano o en otros idiomas.

También es notable la integración racial con ciudadanos nacidos o con ascendente africano o asiático. En esto, hay contrapunto, por un lado la elegancia negra o la elegancia oriental, pero, al tiempo, los morenos realizan las tareas más modestas. Empero, hay armonía en una ciudad el colmo de organizada y con remarcada ocasión por la abundancia de verde y la búsqueda de equilibrio ambiental.

Los latinoamericanos, visto desde nuestra propia identidad, parecen integrados al paisaje de manera más natural y ancestral.

París conserva el conocido y reconocido referente universal en cultura, arte y ciencias sociales.

El turismo abarrota los sitios más promovidos y de singular belleza clásica. Como el museo del Louvre, la catedral de Notre Dame, las Tullerías, el arco del Triunfo, Montmartre y su iglesia del Sagrado Corazón. En arte contemporáneo, la estrella es el Centro Georges Pompidou.

Sin embargo, el parisino común y los multinacionales avecindados con referentes informativos, tienen numerosos sitios menos concurridos y también significativos, por la cantidad de otros museos, lugares históricos y ofertas fílmicas, musicales, pictóricas y más que abundan y con calidad a la alta.

*

Estuve 5 días en el País Vasco, no resistía la posibilidad de contemplar ese emblema del arte contemporáneo que es el Museo Guggenheim de Bilbao. A él me referiré de manera puntual en otro momento; mientras se cruzó en mi ruta la hospitalidad y modernidad de los vascos, sin deponer su idioma y orgullo de pertenencia. En el arte, el escultor Eduardo Chillida no sólo colocó sus Peines del viento en un confín de la emblemática bahía de San Sebastián-Donostia, sino que influye de manera fundamental entre contemporáneos y seguidores. Tiene, como varios creadores vascos un sitio ganado en el Guggenheim.

@PEnredarteslp

 

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