#4 TiemposBalcón Vacío

José Jayme inequívoco | Columna de Alex Valencia

Balcón vacío

En 1945, luego de una estancia tormentosa en la huasteca potosina, José Jayme regresó a su estudio y no volvió a salir al mundo exterior hasta su muerte, cuatro años más tarde. Es en este periodo de aislamiento cuando su producción, tanto plástica como literaria, se perfecciona en forma y técnica, se vuelve abundante, al grado de que a la fecha se siguen dando a conocer piezas de ese tiempo, como los “Dibujos equivocados”, un cuaderno en el cual se reúnen piezas de valor artístico impresionante.

Esta pieza constituye el centro de la exposición del mismo nombre inaugurada hace poco en el Centro Cultural Caja Real de la UASLP; la reproducción digital de los 65 dibujos que la componen (así como algunos otros óleos y dibujos a tinta), fechados en 1947, justo a la mitad de su encierro voluntario, dan fe de una maestría artística que en verdad lo pone a la altura de los más reconocidos artistas mexicanos. La muestra se abre como parte de los festejos por el centenario del natalicio del artista (Villa de Guadalupe, S.L.P. 05 de abril de 1918), y el anuncio de “festejos” en plural parece muy adecuado para (re)descubrir a un creador cuyo lugar dentro de la plástica y literatura mexicana merece ser revalorado.

En los dibujos se puede apreciar, tal como señala el tríptico de presentación, influencia de Goya, Julio Ruelas, Roberto Montenegro y José Clemente Orozco, aunque obviamente no son todas, más allá de lo pictórico se pueden encontrar rasgos de filosofía, mitología y cristianismo, este último en particular a partir de elementos como la culpa, arrepentimiento y castigo que se puede apreciar en sus figuras atormentadas y en el trazo de las mismas, el propio pensamiento del autor y el dolor de la creación, podemos intuir hacia dónde se dirigía su pensamiento en sus últimos años de vida.

La muestra abre con dos representaciones de la mitología griega, el rapto de Europa y Leda y el cisne, en los cuales se pierde la idea de seducción por parte de Zeus a ambas para presentarlas como actos violentos: Europa, semidesnuda y clamando aterrada, monta a la espalda del enfurecido toro; en tanto Leda yace cabeza abajo mientras una mujer sostiene su pierna izquierda y una figura intenta cubrir con un manto la inminente violación de la doncella.

La mujer se muestra en los dibujos como sujeto del castigo, pero también del placer. Las representaciones masculinas son víctimas de sufrimiento o figuras victimarias, como el diablo de cuatro brazos que ofrece con cada uno de ellos recompensas a una figura encapuchada mientras a sus pies se postra una mujer en cuatro con las nalgas al desnudo. En contraparte vemos en otra imagen a dos mujeres en alegre escarceo amoroso que no es interrumpido ni por la figura envuelta en llamas arrojándose desde una ventana al fondo.

La exposición se agrupa en tres unidades temáticas: Contenidos de carácter fúnebre, sexualidad y argumentos diabólicos. En estas últimas se cuentan las piezas más hermosas y logradas, pero también el sentido religioso cristiano inocultable como parte de las motivaciones del artista, como en la versión que hace de las Ánimas del purgatorio que podemos encontrar en las iglesias católicas o la alegoría de Jesús y Juan apóstol rurales dirigiéndose a evangelizar. Todo el entorno es como ese donde se desplazan ambos, un campo desolado, el cual José Jayme conoció en sus andanzas por el México posrevolucionario.

Ahí encontramos una Piedad en medio de un espacio yerto sosteniendo a su hijo muerto mientras al fondo dos hombres esperan con desconsuelo su destino frente al paredón; un reclamo tan fuerte y entristecido como el palpable en el fusilamiento de dos mujeres que caen sobre otros cuerpos ya abatidos. En las secciones denominadas “muerte” y “guerra” vemos el repudio y horror del autor, en momentos incluso con una ironía casi inocente, como en “Los pacifistas”, en el cual siete personajes siniestros y fuertemente armados sonríen directo a nuestra cara, la figura central porta en el pecho una placa que dice “paz”.  

La fuerza de las imágenes no podría ser posible sin un trabajo tan depurado. El cuaderno fue dibujado directamente en tinta sobre papel, lo cual no da pie a errores y estos no se encuentran, cada línea está trazada con precisión y equilibrio en el manejo de la forma y la luz; la perspectiva mantiene la atención en el área principal y da volumen y ritmo en el resto del espacio, tanto si es un fondo vacío o se satura de elementos. El efecto es tal que invita a ir y venir varias veces sobre los propios pasos para ver el diálogo que mantienen las obras y entender el universo construido por José Jayme, tan basto y del cual falta tanto por aprender.

Desafortunadamente hay un punto malo en la exposición. Por supuesto no corresponde al artista, sino al montaje siempre desafortunado en Caja Real. En esta ocasión la museografía es adecuada y como señalé, permite seguir e incrementar el interés; sin embargo la iluminación es pésima, obstruye la visión en cada momento y uno debe hacer malabares para encontrar el ángulo desde el cual poder apreciar los detalles sin que dé “charolazo” el cristal o uno mismo haga sombra, mientras en otros casos deja los cuadros prácticamente en la penumbra. Al fondo del patio hay una mampara con dos feos colguijes que la hacen ver como si alguien hubiese dejado algo aventado. Son audífonos. En ellos se puede escuchar un par de audios interesantes.

Si hacemos caso omiso a esos errores, la exposición es una gran oportunidad para acercarse al periodo final de Jayme, como dice Ofelia Zacarías Díaz Infante en su tesis “José Jayme vida y pintura 1918-1949”: “Fue en ese aislamiento cuando creó un mundo imaginario, tangible en su obra, un mundo conformado por los recuerdos de los vaivenes de la infancia, los personajes fantásticos o reales que conoció durante su vida, todas sus experiencias se conjugaron y fueron impulso de su obra.”

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