#4 TiemposMosaico de plumas

Jabón de tocador | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

Los moteles como el sexo y la prostitución son tabúes en la sociedad mexicana. Decir que te dedicas a la prostitución es impensable, por más viejo que sea el oficio y también, por más necesario. Al igual que se necesita un plomero para arreglar las tuberías, se requiere una prostituta que ayude al matrimonio, pues el mexicano machista requiere satisfacer sus deseos carnales en lugar de discutir y ayudar con la crianza de sus hijos. Así, los moteles se convirtieron en sinónimo de prostitución. Aunque el origen de la palabra motorist hotel esté más relacionado con los hoteles de paso en las grandes carreteras, hoy en día o al menos en nuestro país, son símbolo de relaciones ilegales y no necesariamente se encuentran fuera de las ciudades. Un ejemplo de ello son las carreteras hacia México, Guadalajara y Zacatecas en la mancha urbana de San Luis Potosí.

Articular la palabra motel parece maldición pues quien lo escucha siempre quedará callado, todavía más exagerado si el receptor es religioso, estará a nada de sacar un Cristo de la bolsa y al estilo de El exorcista, intentará evitar que se cometa un pecado. Para ilustrar lo anterior sólo basta con indicar al taxista la dirección del motel de preferencia, pondrá una cara de sorpresa. El momento se tornará incómodo para el chofer y los copilotos. Ese momento se propaga por unos minutos más al solicitar una habitación. El usuario sentirá que está cometiendo un crimen, la mirada del joven que cobra lo expone. Ese terrible instante finaliza cuando la puerta se cierra después de una larga escalera.  

Los moteles no distinguen entre clases sociales, a él asisten los altos ejecutivos como los jóvenes de las colonias más pobres. Toda persona que descanse en las habitaciones tiene el mismo propósito disfrutar del placer sexual, el más humano. Las mujeres quieren llevar piel del amante entre sus uñas, mientras que los varones buscan encontrar la séptima letra del abecedario. El motel no tiene horario ni fecha establecida. Por la mañana recibirá a quiénes han faltado al trabajo por una ligera enfermedad que no les dará incapacidad, una enfermedad que los casados no tendrán que mencionar a sus parejas. A medio día será hogar por seis horas de los jóvenes, aquellos que sus padres les han pagado la habitación sin saberlo. Por la noche, será el after de las idas al cine, al café o las celebraciones; porque de niños nos enseñaron que no hay fiesta sin globos.

Las habitaciones decoradas del mismo modo hacen que el consumidor se sienta en casa cada vez que lo visite. Una cama grande con sábanas blancas para la ocasión, un par de espejos para que la visión no se limite a los 130° de nuestros ojos, un sillón curvilíneo con instructivo, cuatro toallas para absorber todo rastro del acto cometido momentos antes. Una secadora por si el tiempo apremia. Un paquete de higiene personal conformado por un cepillo parecido a los proporcionado por el sector salud, una crema más grasosa que el aceite oliva y por último el homólogo de la palabra motel… el jabón de tocador Rosa Venus. Cabe aclarar que sólo unos cuantos ofrecen el de tan rosada marcada, la mayoría de los alojamientos de seis horas son seguidores de la marca propia, pero todos con el mismo aroma a jabón chiquito.

El aroma jabón chiquito es parte del imaginario colectivo, es una manera de romper el tabú, porque en sociedad tan reprimida por el catolicismo, la única manera de expresar la realidad sexual es por medio de chistes. Chistes que todos comprenden porque todos somos usuarios de los hoteles de paso.

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