#4 TiemposColumna de Xalbador García

Instrucciones para arribar a México | Columna de Xalbador García

Vientre de cabra

Este texto apareció originalmente en vientredecabra.wordpress.com

En el aeropuerto de Los Ángeles se descubre que México no es un territorio geográfico perfectamente definido. Más bien se trata de una especie de virus o de un sentimiento o de un actuar que se expresa en el absurdo.

Un tipo que a mí me pareció que posiblemente era un vendedor de piratería de cualquier tianguis del país se me queda mirando con mucha insistencia en la fila de la aerolínea nacional. Usaba un chaleco negro combinado con cuadros grises, camisa morada y gorra de los Dodgers. Estaba formado tras de mí. Luego de guardar mi cartera quise compartir mi inconformidad por el tiempo que tardaba la atención de las encargadas del registro de equipaje de Aeroméxico. De hueva este asunto. Que no, que no sabe español, el vato. Pinche pocho mamón. ¿Qué dijiste? ¿Pues no que no sabías español?

Tras media hora en la fila estoy a punto de perder el vuelo. Llego con la señorita de Aeroméxico, presento papeles, corro a la sala de abordaje. En el sonido local escucho mi nombre. Es la misma señorita que me atendió antes y que me hizo perder casi 45 minutos. Frente a ella, me regaña, que ya se va el avión, que tenía que estar a tiempo, que la impuntualidad mexicana. ¿Ya puedo abordar? Que no, que aún no terminan de limpiar el avión. Al momento de abordar me dirijo al baño. Alguien olvidó bajarle y hay papel sanitario regado por el piso.  

Ya en el aeropuerto del DF me detiene el de la aduana. Que por qué tanto libro. ¿Cuántos traes? No sé, varios. Se acerca un policía federal. ¿A qué te dedicas? Soy escritor. Ah, ¿y por qué tantos libros?, repite lo que había dicho el otro. Semáforo rojo. Mis maletas a la plancha de revisión. El policía se va. Llega una señorita con guantes. ¿Cuál abro? Todas. ¿Por qué tantos libros? Trafico libros, ya ve que ahora el negocio de la lectura es más perrón que el de las drogas, pero no lo dije. Repetí lo mismo y agregué: ¿llovió verdad? Sí, mucho… y me suelta el resumen del desmadre que vivió la Ciudad de México el día de mi llegada. Era la medianoche.  

No encuentro tacos. Tengo mucha hambre. Voy por un refresco y unas nuggets. Buenas noches. Buenas noches, unas nuggets y un refresco. ¿Grande está bien el refresco? Sí. ¿Coca, está bien? No, no está bien, cabrón. Quiero de otro sabor. Soy el cliente de este puñetero lugar y ahora resulta que ni siquiera puedo elegir mi pinche bebida, sino que tú me dices cuál tomar. Se calla. Le pago.

Mientras espero, en la televisión del negocio aparece un comercial de lo que ofrecerá al otro día el programa de chismes y telenovelas, con todo sobre el romance de no sé quién con no sé quién tampoco y el nuevo proyecto de Juan Osorio, seguido de un spot del PRI. Me entregan mi orden. Este cabroncito seguro que le escupió a la comida. Salgo del local, pero aún logro escuchar del televisor: “ganamos todos, ganó México”. En el primer bote de basura tiro todo. Un taco es el mejor amigo del hombre.

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