#4 TiemposDesde mi clóset

Identidades sexuales en occidente | Columna de Paúl Ibarra Collazo

Desde mi clóset

La construcción de la identidad en occidente está permeada por el flujo de una serie de símbolos que proporcionan rasgos característicos a cada individuo. Respecto a la construcción de la identidad, Pujadas apunta que las identidades construyen “un proceso constante de elaboración categorizadora práctica que, en definitiva, definen tanto la posición del individuo en/frente a la sociedad como contribuyen a la configuración de la propia identidad” (Pujadas, 1993). Es decir, una identidad no florece de forma fortuita dentro de un espacio/tiempo, sino es el resultado de una serie de interacciones que el individuo va experimentando en su contexto histórico/social. Ni siquiera las identidades contraculturales o disidentes surgen de forma espontánea, incluso, son las que más permeadas de significado se encuentran, ya que ha sido necesario configurar procesos analíticos que permitieran a la persona adscribir una identidad subversiva.

La identidad sexual es un proceso complejo e inacabado, se constituye en relación con el entorno inmediato por comparación en la primera infancia y se afianza con las interacciones entre pares en la vida escolar. Además, el rol social de sexo facilita reconocer que es ser ‘un verdadero hombre’ o “una verdadera mujer’. Las instituciones sociales fungen como reproductoras promoventes de las tendencias del momento histórico, así como del contexto geográfico de referencia. Un hombre que vivió en los cincuenta en la Ciudad de México es bastante disímil de uno nacido después del año dos mil en la zona serrana de Chihuahua, como tampoco lo es el varón citadino nacido en esta época que aquel proveniente de la época del Renacimiento. La promoción de estereotipos de género se adecua a las necesidades del contexto. Con la llegada de la globalización se creó una idea universalizadora del sujeto, desestimando los contextos socioculturales, lo que ha provocado una crisis de sentido entre las distintas identidades sexuales existentes.

Boaventura de Sousa Santos hace referencia a la nacionalización de la identidad cultural que define como un proceso a través de que se territorializan y temporalizan las diversas colectividades al interior del “espacio-tiempo nación” (Santos, 1998). En este sentido, las identidades sexuales, de la misma forma que las identidades culturales, al nacionalizarse, fortalecen “los criterios de inclusión/exclusión que subyacen a la socialización de la economía y a la politización del Estado, confiriéndoles mayor vigencia histórica y mayor estabilidad” (Santos, 1998, pág. 8). La nacionalización de las identidades sexuales se da per se, el sexo de asignación es controlado por el Estado ya que existe una institución registral que documenta el nacimiento de miembros pertenecientes a determinado elemento de la especie humana.

El criterio de segmentación basado en la anatomía sexual, excluye a las personas no cisgénero del contrato social. Wittig (1998) hace referencia al acuerdo que constituyó las regulaciones estatales que permean las identidades sexuales como un contrato social heterosexual. Al respecto, de Sousa Santos establece que el contrato social “se basa, como todo contrato, en unos criterios de inclusión a los que, por lógica, se corresponden unos criterios de exclusión” (Santos, 1998, pág. 2). Uno de los criterios excluyentes de este contrato es la construcción de la categoría de ciudadanía. Solo aquellas personas nacidas en el territorio nacional que tengan el carácter de ciudadanos son parte del contrato social. (Santos, 1998). Por supuesto, las identidades sexuales no correspondientes a la norma de género, es decir, quienes no con machos/hombres/masculinos/heterosexuales, no forman parte de la vida político-social del estado.

Así pues, las identidades sexuales en occidente obedecen a un mandato de género subyacente a las necesidades de la ciudadanía heterosexual. Los referentes mediáticos de hombres y mujeres son representaciones simbólicas de humanos aptos para la reproducción la especie, con buenos genes. Por tanto, una característica que merodea la construcción de la identidad sexual es la exclusión de patrones que denoten debilidad, sumisión (lo femenino), empero, sobre todo, se acentúa la factibilidad para lograr la fecundación, es decir, la cópula que dé certidumbre a la preservación de la especie.

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