#4 TiemposDesde mi clóset

Identidad de género, crecer en la dicotomía | Columna de Paúl Ibarra

Desde mi clóset

 

A Jessica Bear Blas

 

Al crecer, las personas se identifican como niño/hombre o niña/mujer. Este es el sentido psicológico de la identidad. Con base en los estudios realizados por John Money, médico sexólogo, además de los seis componentes biológicos revisados en el apartado anterior, existen otras dos variables que permiten a una persona identificarse en determinado sexo/género. Es así que existe un género asignado (Shibley Hyde & D. DeLamater, 2006), el cual hace referencia a ese anuncio del profesional de la medicina, que al nacer aduce sobre si el producto del parto es un niño o una niña. Este anuncio, con los avances de la ciencia se ha adelantado incluso previo al nacimiento, al hacer un ultrasonido y observar que el producto cuenta con determinada apariencia genital externa, se le asigna un sexo.

El momento de la asignación de un género es fundamental para el desarrollo de la identidad sexual de una persona. Es justo en este momento que inicia la transmisión de la carga cultural simbólica que dota de sentido a la especie humana como ser sexuado. Pierre Bourdieu le denomina a este hecho la asimilación de la dominación, es aquí que un cuerpo humano se define socialmente (Bourdieu, 1998, p. 20). En referencia al dogma divino de la creación, Jehová otorgó al humano la potestad de dominar a todo ser vivo sobre los mares y tierras. La sujeción de la humanidad por sobre las demás especies requería de la posibilidad de saberse distintos al resto de la vida en el planeta.

Con el afán de significarse en otro plano distinto al resto de los seres vivos, la humanidad creó categorías simbólicas que diferencian a la especie de entre las demás. El macho humano es entonces un hombre, y la hembra humana una mujer. Esta diferencia es crucial para entender el sistema sexo-género y la apropiación de una estructura de dominación patriarcal. Es una trampa de origen en la que las personas han caído por mucho tiempo. Distinguir entre macho-hembra y hombre-mujer es fundamental para la construcción cultural de la identidad de género. Por sÍ mismos, los machos y las hembras humanas no tienen diferencias significativas que les coloquen a unos por encima de las otras. Lo normal dentro de la naturaleza en la diversidad. Existe suficiente evidencia científica que demuestra que los roles interespecie son indistintos. Las leonas son las proveedoras de la manada. Los machos del hipocampo son quienes gestan los huevos luego de la fecundación. Incluso la reproducción es diferenciada, hay organismos asexuales que utilizan la bipartición, esporulación, gemación o partenogénesis para reproducirse. Tampoco el binarismo sexual es la única opción, algunas lombrices tienen funciones de ambos sexos en su cuerpo, hay ranas que cambian de sexo en respuesta a la cantidad de miembros de determinado sexo existente (Lolita, 2009). Por tanto, es evidente que el sexo/género tal y como lo conocemos en la actualidad, es una construcción social que facilita la dominación.

De manera habitual, la identidad de género se ha implantado en mayor medida durante la primera infancia. “Antes de cumplir los tres años de edad, los niños pueden diferenciar los juguetes que usan normalmente los niños y las niñas y empiezan a jugar con niños de su propio género en actividades identificadas con ese género” (Healthy Children, 2016). Según la American Academy of Pediatrics, alrededor de los dos años, niñas y niños tienen conciencia de las diferencias anatómicas entre las crías macho y hembra de la especie. Poco después del tercer año de vida, el general hay una identificación ya sea como hombre o mujer en desarrollo. La estabilidad de la identidad de género se alcanza a los cuatro años. “Más o menos durante esta etapa de la vida, los niños aprenden las conductas y los roles del género —lo que quiere decir, hacer “las cosas que hacen los niños” o “las cosas que hacen las niñas”” (Healthy Children, 2016). Esta “sensación privada, interna, de una persona” (Shibley Hyde & D. DeLamater, 2006, p. 77) respecto al saberse hombre o mujer es el segundo componente de la identidad sexual.

Con base en el sistema sexo género debe existir una correspondencia entre el sexo asignado al nacer y la identidad de género, es decir, un macho de la especie debe ser hombre, una hembra de la especie debe ser mujer. Carl Bijus, hombre transexual activista de Países Bajos, acuñó el término cisgénero para hacer referencia a esta correspondencia sexo-genérica. Por el contrario, las personas en las que no existe una correspondencia sexo-genérica, tal y como lo marca la norma heterosexual, se les conoce como transgénero (Ponce, 2016). La identidad de género es subjetiva y permanente, está permeada por los roles sociales, norma la estructuración corpórea de cada individuo, le mantiene de un solo lado del camino.

De igual manera que en el caso de la intersexualidad, existe un control biomédico-social hacia la identidad de género. Las personas trans, quienes desobedecen el contrato cultural, son patologizadas, criminalizadas e incluso aniquiladas por el sistema. Al seguir a Bourdieu, el proceso de legitimación de la dominación se inscribe en observar la “naturaleza biológica que es en sí misma una construcción social naturalizada” (Bourdieu, 1998). Para el sistema sexo-género, no existe diferencia entre el ser macho de la especie y hombre, tampoco lo hay para el ser hembra humana y mujer. La correlación esta naturalizada, por tanto, es incuestionable. Sin embargo, ha sido posible entender que por lo menos es necesario atender a ocho elementos distintos entre sí para conocer la naturaleza humana, que, macho/hombre y hembra/mujer queda corto, sólo es funcional para la reproducción, para nada más.

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