#4 TiemposFunambulista

Honestidad Brutal para principiantes | Columna de Edén Martínez

Funambulista


No te olvides que soy grande
porque tengo multitudes
que me esperan afuera.
Andrés Calamaro, “No son horas”


Andrés Calamaro camina aquí en la tierra. Hace algunos años caminaba por el barrio madrileño de La Latina, cuando iba a comprar en el Mercado de la Cebada los alimentos que cocinaría ese día y cuando escribía en un diario de derechas. Ahora, de regreso a este lado del Atlántico, camina en Benavídez, un barrio privado 40 kilómetros al norte de Buenos Aires, pero al parecer tiene planes de cambiarse y pronto estará gastando suela en el mítico Palermo. Está por ahí, bebiendo, cebando mate seguramente, gestualizando cualquier situación meritoria, rascándose de ansiedad cuando una melodía le viene a la mente y no tiene con qué apuntarla.

Hace veinte años grababa “Honestidad Brutal” (lanzado a la venta un año después), una obra maestra del rock en español mucho más valorada en España y Sudamérica que en México, en donde la figura del cantautor no es tan reconocida como la de Gustavo Cerati o Enrique Bunbury. En el 2009 el álbum retomó notoriedad cuando fue elegido por la revista Rolling Stone España como la tercer mejor grabación en la historia del rock del país de Cervantes, solo por debajo de “Enemigos de lo ajeno” de El último de la Fila y “Senderos de Traición” de Héroes del Silencio. Sin embargo, a esas alturas “Honestidad Brutal” ya no necesitaba ningún reconocimiento más que el que le otorgaron las calles y los estadios llenos, las multitudes que llevaban tatuada, en sus hombros, muslos o pechos, la rojinegra portada icónica del disco.

Ya en 1997 Andrés había logrado la primera de sus grabaciones ejemplares como solista con “Alta Suciedad”, álbum producido por Joey Blaney, y grabado con músicos de la más alta categoría, entre quienes se encontraban, Chuck Rainey, Marc Ribot, Eddie Martínez y Steve Jordan. Cuentan las historias de backstage que en los entretelones de la gira de “Alta Suciedad” Calamaro escribió la melodía y las letras de “Honestidad Brutal”, arremolinado en una compulsiva necesidad de componer: “Sentí que el rock necesitaba un golpe brutalmente franco”, dijo Andrelo para el programa argentino Quizás Porque, sacando el pecho y su actitud mesiánica de siempre.

 

“Honestidad Brutal” es, desde muchas perspectivas, un disco extraño, un experimento lunático que funcionó, una grabación de vanguardia rocanrolera que consiguió unir las tradiciones argentinas e ibéricas. Recorriendo sus 37 canciones, que ya son por sí mismas una afrenta a la cultura actual de los singles, podemos encontrar la unión involuntaria de la estructura vocal de Joaquín Sabina (“No son horas”) con la imaginación lírica de Charly García (“No tan Buenos Aires”), descompuestos y compuestos nuevamente sin respeto y sin piedad por melodías que van desde el Funky (“El tren que pasa”), el rock de garaje (“Paloma”), el tango (“Jugar con Fuego”), el pop (“Cuando te Conocí”), jugueteos despreocupados con la ranchera (“Hacer el tonto”) y un sin número de composiciones que no sabría catalogar.

A la hora de poner las cartas sobre la mesa, cuando discuto con mis amigos melómanos sobre obras maestras que pasaron de largo en el imaginario musical de mi generación en México, omito la cantaleta común de nombrar discos anglosajones y siempre pongo de ejemplo a “Honestidad Brutal”, al cual considero mucho más cercano a nuestra idiosincrasia y actualidad sangrientas. Es un álbum crudo, a veces no se puede masticar, corres el riesgo de indigestión si no estás lo suficientemente curtido, o si esperabas escuchar algo parecido a “Flaca” o “Crímenes Perfectos”. Si fuese un libro sería tal vez como el “Sentimiento del Toreo”, de Carlos Marzal, una recopilación de escritos que de facto serán aborrecidos por un sector sensible del público, que en este caso son aquellos conformes con escuchar por siempre a Soda Stereo o Enanitos Verdes.

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