#4 TiemposDesde mi clóset

Homoerotismo millenial | Columna de Paul Ibarra

Desde mi clóset

El principio del nuevo milenio marcó un hito en relación con el reconocimiento de los derechos de las personas LGBT. Habían pasado ya varias décadas desde los inicios del movimiento de liberación sexual; se había superado la etapa álgida de la era del sida, por lo que la brújula estaba lista para cambiar de rumbo. Si bien, no fue sino hasta 2007 que la OMS aseguró haber logrado el acceso universal a tratamiento antirretroviral a personas con VIH, lo cierto es que desde principios del siglo XXI los colectivos homosexuales comenzaron a ampliar la agenda.

El reconocimiento del matrimonio homosexual se ha convertido desde hace dieciocho años en una de las banderas más importantes para el movimiento de liberación. Algunos países incluso han legislado al respecto, en México, poco más de diez estados reconocen esta unión como una familia. De igual manera, la Suprema Corte de Justicia de la Nación se ha pronunciado en relación a la inconstitucionalidad de las normas que definan al matrimonio solo como a la unión de un hombre y una mujer.

Este hecho histórico está directamente relacionado con el ejercicio de la sexualidad y el erotismo. En la actualidad, hay una tendencia al emparejamiento entre jóvenes gays de entre 18 y 39 años de edad (Mangas, 2018). El ideal gay actual consiste en encontrar una pareja, casarse, adoptar hijos o perros, tener una casa, un automóvil y un empleo Godínez que le dé para viajar un par de veces al año a la playa de moda. Esta tendencia se ve contrastada con la creciente alza en el uso de redes sociales de ligue entre hombres que tienen sexo con otros hombres.

En este sentido, la aplicación Grindr tiene un promedio de dos millones de usuarios en 196 países. Sin embargo, al hacer un análisis de una muestra de usuarios, es posible localizar mensajes que hacen alusión a la necesidad de emparejarse. Cada vez son menos quienes desean encuentros eróticos con otros hombres sin compromisos afectivos. Lanz Lowen y Blake Spears, investigadores de la Universidad de San Francisco, tras realizar una encuesta a más de ochocientos hombres gays, encontraron que el 92% deseaba casarse algún día, y un 90% pensaba en la monogamia como la única opción viable (Mangas, 2018). Este fenómeno de monogamia serial es el resultado de la creciente en los mitos del amor romántico entre la comunidad de jóvenes gay millenial.

El sistema hegemónico logró colarse en el seno de la disidencia sexual. Impostó como necesidad imperante, el hecho de encontrar una pareja. De la misma forma que pasó con las familias nucleares durante el génesis del capitalismo, hoy en día el sistema dominante busca controlar el ejercicio erótico de los homosexuales.

El fenómeno de la monogamia marital está presente en las vicisitudes políticamente correctas del contexto social. En los altos estratos es sencillo encontrar pareja, incluso casarse. Sin afán generalizador, ya que existen casos de explotación sexual en países de primer mundo, donde adolescentes son víctimas de violencia sexual luego de “conocer gente” en aplicaciones de ligue. Sin embargo, para el joven homosexual de clase media y baja, que vive en provincia, aún existen riesgos mayores.

El ejercicio sexual entre la actual generación de hombres que tienen sexo con otros hombres se encuentra permeado por las tendencias de la cultura. “Los chavos ya no le tienen miedo al sida” (Sipse, 2016) lo que ha dado como resultado un cambio en la forma de conceptualizar el erotismo. La vida digital ha traído consigo acceso a un sin número de información que circula y permite al individuo mantenerlo a la vanguardia. El uso de condón es menos frecuente, ya que se privilegia la apariencia física como parámetro saludable. La generación millenial gay es clasista, gordofóbica y no se relaciona con hombres de más de treinta, al menos que consigan un sugar daddy quien resolverá la inestabilidad económica juvenil.

A manera de reflexión, el erotismo millenial entre hombres homosexuales se ha convertido en una suerte de trampa. Por un lado, favorece el emparejamiento y la consolidación de familias homoparentales que dan un aspecto deseable para el sistema hegemónico; por otro lado, introducen al sujeto homosexual en un vendaval de prácticas sociales que le permiten aspirar a un status quo fomentado por el capitalismo décadas atrás. Lejos se encuentran los antiguos mantras hippies que proclamaban la libertad sexual y el rechazo por incorporarse a un sistema normalizante. Pareciera que hoy en día los homosexuales hacen el amor, sólo en la posición de misionero, y una vez que tienen hijos dejan de pensar en erotizar su cuerpo.

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