#4 TiemposDesde mi clóset

Homoafectividad: El amor entre hombres | Columna de Paul Ibarra

Desde mi clóset

Desde los primeros indicios de la historia de la humanidad se ha registrado la existencia de vinculaciones afectivas entre hombres. En la antigua Esparta, donde primaba la cultura castrense, como parte de la estrategia de formación, se incluía la existencia de lazos amorosos entre los soldados. “¿Quién tendrá más arrojo y ferocidad sino aquel que ha visto a su amado caer por las armas enemigas?” (Carpallo, 2017). Tal cuestionamiento permite entender la lógica militar del invencible ejército espartano, ellos sabían de la importancia del amor entre las personas. La formación en combate a través del uso de la fuerza y los sentidos, con una disciplina severa, acompañado del ser amado, parecía una experiencia extaciable. La motivación de observar diario al amante, saberlo vulnerable y dependiente de que cada error podría costarle la vida, permitieron al ejército espartano triunfar en el campo de batalla.

Si bien, la homosexualidad como concepto surge hasta la edad moderna, lo cierto es que la práctica homoafectiva es tan antigua como la historia misma. A diferencia del homoerotismo, la homoafectividad ha estado escondida aún más en las cloacas de los relatos, mitos, leyendas o verdades históricas. Es importante diferenciar entre homosexualidad, homoerotismo y homoafectividad ya que cada una actúa en niveles distintos de la identidad de las personas.

Por principio de cuentas, la homosexualidad es una orientación sexual, involucra tanto los afectos como el aspecto erótico, pero, además lleva consigo una carga identitaria simbólica de pertenencia. Ser homosexual implica asumirse como otredad en el sistema sexo-género normativo que reconoce sólo a la heterosexualidad como válida para el ejercicio sexual. El homoerotismo, hace referencia a la praxis de placer y deseo sexual; es la respuesta orgánica ante estímulos que activan la excitación y pueden concluir en orgasmos. Por otro lado, la homoafectividad involucra el ejercicio de afectos intensos entre machos/hombres de la especie. En ambos casos, existe una ruptura normativa, ya que la regla heterosexual estipula con claridad los mecanismos erótico-afectivos que caracterizan a determinado miembro de la dicotomía sexual.

En este sentido, el pasaje bíblico de Jonathan y David es un ejemplo claro de homoafectividad. Al leer el primer libro de Samuel, queda claro el vínculo intenso existente entre estos dos hombres. En atención a Eusebio Rubio, el amor ocurre cuando se encuentra ante la “necesidad imperiosa de contar con la presencia de alguien” (Rubio, 1994). En estricto sentido, esta relación filial no es equiparable al erotismo, el campo de acción es distinto. También Jesús fomentó la homoafectividad, a través de su apóstol Juan, el salvador de los fieles cristianos dijo que uno de sus mandamientos consistía en el amor entre unos y otros. Jesucristo incluso fue más allá al mencionar que “nadie tiene amor más grande que este: que alguien dé su vida por sus amigos” (Valera, 2009). Existen distintas formas de vinculación, la homoafectividad es una de ellas.

Con afán normalizador, el patriarcado ha institucionalizado los vínculos afectivos de las personas. De esta manera construye el concepto fraternidad, el cual, con base en el significado del Diccionario de la Real Lengua Española, se refiere al afecto o amistad entre hermanos. Es decir, habla de homoafectividad, sin embargo, la heterosexualidad, como policía vigilante de la preservación del status quo ha diluido las expresiones afectivas entre los machos/hombres humanos. Una característica de la masculinidad implica la inexpresividad afectiva, por tanto, no es bien visto que los hombres expresen sus afectos ni de manera pública ni privada.

La vinculación afectiva se ha institucionalizado a través de la figura del matrimonio. Una de los más grandes sueños de un hombre homosexual en la actualidad, según una encuesta norteamericana, es encontrar al amor de su vida y casarse. La institucionalización de la afectividad a través del emparejamiento es un mecanismo capitalista para el control de la propiedad, además de ser una herramienta de control social, moral y político.

El emparejamiento entonces, visto como un fenómeno social provocado por la idealización platónica del amor, invisibiliza la homoafectividad ya que no implica la reproductividad biológica. Hasta antes de la llegada del nuevo milenio, este hecho parecía poco importarle al hombre homosexual, sin embargo, el movimiento de normalización de la homosexualidad, del que hablaba Marina Castañeda, ha cobrado sentido. La praxis homoafectiva se separa cada vez más del homoerotismo real, para determinar conductas sociales políticamente correctas.

El posicionamiento político de los cuerpos homosexuales se ha diluido en la medida en que el sistema coopta las relaciones afectivas de estas personas. Es en este momento que la gayasidad asoma sus fauces. Lo gay es correcto ya que responde a la agenda política hegemónica. El ejercicio de la sexualidad de las personas con prácticas homoafectivas nunca antes ha estado tan lejos de una postura política disidente. El fenómeno de la vinculación humana, en origen anárquico y espontáneo, hoy tiene reglas claras que mantienen a los cuerpos y sus relaciones alineados.  

También recomendamos: Homoerotismo millenial | Columna de Paul Ibarra

Nota Anterior

Sufrir no es suficiente | Columna de Juan Jesús Priego

Siguiente Nota

FCA no es ciudadano ni anticorrupción: PRD