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El Himalaya | Columna de Dainerys Machado

“Una vida” por: Dalia Virgilí Pino

Estas letras que ves

 

Este texto apareció originalmente en letrasqueves.wordpress.com

Yoana me pide que la acompañe a su cuarto. Cierra la puerta tras nosotras y me suelta de un tirón: “Si te quieres quedar aquí en Miami, si quieres pedir asilo político, te ayudo con todo mi amiga, que donde comen cuatro personas comen también cinco”. Como si presintiera la trascendencia del momento, del otro lado de la puerta, su perro Pewe comienza a aullar. Yoana se levanta de la cama. Lo deja entrar. Yo he comenzado a sudar debajo del gran ventilador. El calor de ciertas decisiones no puede ser despejado ni por el eternamente inventado invierno de la Florida.

Pewe sube de un salto a la inmensa cama. De otro brinco me alcanza el cachete con la lengua y los diminutos dientes. “Pewe, stop”, grita Yoana desde el perfecto inglés de sus 16 años como cubanoamericana. Pewe no le hace caso. A mí, la verdad, no me importa lo que haga el perro. Lo que me preocupa es saber que no podré borrar, por varios días, la recurrencia de un pensamiento: Si no le hubiesen llenado de “escorias” la lancha a mi tío en el mismo puerto del Mariel, yo también tuviera un chihuahua que entendería inglés, y lo dejaría dormir en mi cama. Pero a ese lo hubiese llamado Pitbull.

“Cualquiera duerme en un sofá, mi amiga”, me dice Yoana. Levanto la cabeza. La miro a los ojos. Gracias, creo que le susurro, mientras Pewe mordisquea mis zapatos de la Feria del Malecón de La Habana. Me callo enseguida. Quiero evitar cursilerías, pero termino besándole la mano. Yoana habla todo el tiempo. Huye de los silencios incómodos. ¿Yo? Yo pienso en el techo de madera de mi casa, en las calles sucias del Vedado, en el eterno calor cubano, en las deudas fiscales y bancarias del capitalismo. Yoana no sabe por dónde anda mi cabeza. Por eso siente la obligación de aclarar: “Mi propuesta no tiene nada que ver con la relación que tuve con tu hermano. Esto es una cosa tuya y mía”. Sé que lleva años tratando de olvidar sin éxito el amor adolescente que dejó en Cuba, pero también sé que es sincera, que siempre lo ha sido conmigo, en las fiestas y en las broncas, en la paz y las guerras que nos hemos inventado para poder sostener los últimos 16 años de cartas arrebatadas y profundas.

Pewe se baja de la cama con otro salto ligero y se mete en el closet. Sigo con la vista su cuerpo diminuto. Yoana ahora calcula en voz alta cómo le es perfectamente posible mantenerme algunos meses, mientras busco trabajo. Pewe es del color de las tabletas de chocolate que Yoana me regalaba cuando éramos niñas, y que yo guardaba debajo de mi pupitre. Pewe es del color de aquel chocolate envuelto en nailon sin etiquetas, tesoro de la infancia que de tanto cuidar terminaba con sabor a rancio. Pewe corretea, travieso, entre las ropas y collares de Yoana. Me pregunto si a mi amiga aún le duele aquella larga crisis de los noventa que vivimos sin saber que aquello era la vida, o si es a mi hermano a lo único que recuerda de esa época. Pewe tiene cama propia y productos exclusivos para el cabello. Yoana sigue calculando en voz alta.

La interrumpo. “No te preocupes. No hace falta que me quede ni que pida asilo político. Me voy a estudiar a México”. No le había contado de mis planes. Ella se sorprende, claro. Me felicita. Las dos sabemos que lo importante no es que me quede en Miami, las dos sabemos que lo más importante es que rompa por fin el cordón umbilical que me ata a Cuba. “Todo estará bien”, dice mientras baja la cabeza. Yo sé que ha comenzado a pensar en la violencia, en el narcotráfico, en los secuestros…

Por suerte, Pewe sale como una bala del closet. Ladra desesperado y se lanza rumbo al patio. Yoana y yo no decimos nada más. Nos conocemos bien. No hay más nada que decir. Nos levantamos para seguir al chihuahua. “Pewe loco, ¿a dónde vas?”, grita Yoana. Pewe, como su dueña, también habla perfecto español. Yo los sigo a los dos. Despacio, porque siento sobre mis hombros el peso del techo de madera de toda mi casa. Antes de salir del cuarto, paso el dedo por la lámpara de noche. Lo pongo en mi boca. Siento el sabor. “Es una roca de sal del Himalaya”, me había jurado Yoana unas semanas antes, la misma noche de nuestro reencuentro. “Da buenas energías, y aclara la mente”. Yo le creí. Hasta que unos días después, entré a la tienda de artesanías de la India del Mall de Sunset Place y me di cuenta que si habían quitado del Himalaya todas esas rocas de sal que venden como lámparas, la montaña ya no existiría.

Un sentido basta para juntar todos los tiempos, pienso ahora, cuando siento intacto el sabor de la sal en mi boca, y recuerdo aquella tarde entre todas las de mi visita a Miami. Han pasado años. Parece poco. Ahora la pequeña perra que aúlla del otro lado de la puerta del cuarto de mi amiga se llama Lola. También es bilingüe y usa productos exclusivos para el cabello. A Lola solo la conozco por fotos. Por eso no me atrevo a asegurar que sea color chocolate viejo. Pero sé —por suerte— que el Himalaya permanece intacto. Intacto, como mi cordón umbilical con una Isla que nunca dejé, ni en otros barcos que pasaron después, libres de escoria.

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