#4 TiemposColumna de Dalia García

Hemorragia | Columna de Dalia García

Divertimentos

Esta semana nuestra colaboradora Dalia García comparte otro de sus relatos. Uno que será especialmente evocador en estos días de verano donde hay ciertas presencias incómodas.

***
A las siete y pico de la mañana me despertó el zumbido de un mosquito. Quería meterse entre mi sábana para consumir de mi sangre. Intenté abrir los ojos para ubicarlo y sorprenderlo con un palmazo, pero no pude separar los párpados. Esperé unos segundos para intentarlo una vez más, pero sólo lo logré con uno, dolorido y somnoliento.

Seguía zumbando el bandido, mi molestia crecía considerablemente. Enojada, abrí los ojos sin titubeos y manoteé para asustarlo y descubrirlo en la huida, pero nada.

Me levanté de la cama resignada a no dormir más por culpa del pequeño monstruo chillón. Aprovechando que era temprano, decidí no postergar más el trámite burocrático al que estaba obligada, así que me vestí; me lavé la cara y los dientes; me hice dos trenzas; tomé un vaso de agua; eché una manzana a la bolsa y salí.

Hacía mucho que no me paraba en una institución de Gobierno, me impresionó la agilidad con que avanzó el trámite. Al salir de ahí, disfruté el hermoso panorama matutino del Centro Histórico. Compré un café y una galleta de avena; caminé un poco y regresé a casa.

Encendí la radio en la cocina y comencé a preparar un pollo en aluminio con nopales y papas.

Al terminar de comer, me acechó el mal del puerco y regresé a la cama.

Sentía una satisfacción especial por la cómoda posición que adopté para descansar. Pero antes de perderme por completo, mi oído identificó nuevamente el zumbido.

Ahí estaba otra vez el desgraciado. ¿Me esperó toda la mañana en la cama? Eso parecía. Sin embargo las posibilidades de darle muerte eran mayores: era pleno día y yo estaba más despierta que dormida. Cubrí todo mi cuerpo con la sábana y me mantuve atenta; lo único que podía picar era mi cara.

No se apareció el muy collón, pero no dejaba de zumbar. Fui al baño y me siguió.

Me senté en el escritorio para intentar trabajar y continuaba el agudo chillido. Enojada regresé al espejo del baño; me miré con mucha atención sin conseguir verlo en los alrededores de mi cara. Me acerqué todavía más al espejo y me quedé inmóvil, incluso dejé de respirar, esperando hallar su asqueroso cuerpecillo cerca de mí.

Unos segundos después, por un reflejo involuntario puse mis manos sobre mi cabeza: las palmas sobre mi cabello tirando hacia los costados para revisar el partido recto en medio de mis trenzas; despejé el caminito y ahí estaba, posado sobre mi cráneo. Era enorme, gordo y peludo; con lunares blancos en sus patas que parecían vasos tipo yardas a través de las que bebía mi sangre. Se había quedado en mi cabeza toda la mañana, sosteniéndose gracias a mis cabellos que se amontonaron encima de él; o quizá él se escondió entre ellos para sostenerse mientras yo me movía.

Lo observé por unos minutos. Estaba absorta en esa monstruosa anatomía. Sus movimientos eran como los de un bebé mamando la leche de su progenitora: su aguja perfectamente clavada y moviéndose para conseguir succionar más cantidad de líquido; varias veces la sacó, descansaba y volvía a encajarla. Así lo hizo durante el tiempo que lo observe, cosa de algunos minutos.

No reparé en el rojo de su vientre hasta que advertí que, conforme pasaban los segundos, el color se esparcía por su cuerpo y se volvía más corpulento. Vi como poco a poco se llenaba de mi sangre, de mis ideas, y quizá también de algunas neuronas. Entonces, llena de rabia, descargué mi mano sobre mi cabeza y se apagó el zumbido. Por fin, maldito.

Al despegar la palma de mi cráneo, empezó a correr la sangre por mi cara y sienes.

Entonces, como por instinto de supervivencia, abrí las llaves del lavabo y comencé a enjuagarme.

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