#4 TiemposSan Luis en su historia

Hechos que provocaron las insurrecciones en América | Columna de Ricardo García López

San Luis en su historia

Y que fueron el antecedente inmediato de la Guerra de Independencia.

 

Los Tumultos.

Hace cientos de años se suscitaron hechos que provocaron la molestia e intranquilidad constante de los pobladores de la Nueva España y consiguientemente de los potosinos como integrantes del virreinato.  

La gota que derramó el vaso fue la aplicación estricta de las reformas borbónicas porque para hacerlas efectivas, hacia fines del siglo XVIII fueron llegando a América funcionarios peninsulares más rígidos y menos corruptibles que aplicaban las normas con absoluta puntualidad a favor de España, motivando cada vez más, enérgicas protestas de parte de los criollos. Éstos, conscientes de que para una empresa de emancipación de la Península, necesitaban, forzosamente, del concurso de indios, mestizos y negros, se apresuraron a propagar las ideas independentistas por todo el Continente Americano, dando como resultado, sucesivos alzamientos, aparentemente, sin conexión unos con otros pero que alarmaron en gran medida a las regiones y preocuparon seriamente a todos los devotos de la Corona.

Estos acontecimientos provocaron el descontento de criollos, mestizos y población en general, pero lo que causaba mayor molestia a la población eran las arbitrariedades del gobierno en contra de los derechos más elementales no solo de los mexicanos sino de todos los americanos, entre otros ya lo señalamos en nuestro artículo anterior: cobro exorbitante de impuestos; funcionarios déspotas tiranos e ineficientes, sobre todo los Intendentes y Corregidores, desde luego se dieron excepciones, y estos hombres excepcionales hicieron renacer algunas esperanzas en el pueblo, y, estas esperanzas detuvieron el estallido inmediato de la rebelión; por otro lado, los servicios públicos eran inadecuados; el analfabetismo, que favorecía los abusos gubernamentales, se daba casi en el cien por ciento de  los pobladores de América.

Esta situación provocó constantes actos de insurrección por parte de la población en diversos puntos de América que fueron reprimidos con tremenda crueldad. Aquí nos interesa recordar uno de esos actos sucedidos en San Luis Potosí de la Nueva España.

La intranquilidad y molestia se manifestaba de muy diversas maneras en todas las poblaciones de América Española. En la Nueva España y concretamente en San Luis Potosí la población empezó a manifestar abiertamente su inconformidad y descontento desde el 10 de mayo de 1767. Los primeros fueron los habitantes del barrio de San Sebastián que se sublevaron por la extracción de un reo de la cárcel local, quizá para remitirlo a la de la capital del virreinato. La osadía de los insubordinados llegó a tal extremo que apedrearon las casas del Alcalde Mayor don Andrés Urbina Gaviria y Eguiluz. Siguiendo el ejemplo de los de San Sebastián, los mineros de Cerro de San Pedro se amotinaron en la ciudad el 27 de mayo pretextando diversos motivos, entre otros los siguientes: que se les quitaba un real por cada marco de plata que ganaban con el ofrecimiento de que éste se invertiría en el adorno y decoro de su templo; sin embargo el templo estaba casi en ruinas y falto de los más elementales objetos sagrados para el culto, por lo que exigían se les informara en poder de quien o quienes se encontraba el dinero que hasta esa fecha se había recaudado. Además se quejaban de que no se les permitía usar libremente de la madera, palma, leña ni agua para el beneficio de los metales; se les cobraba renta por el aprovechamiento de las tierras que ellos juzgaban propiedad de la minería, por esta razón exigían que se les mostraran las cédulas reales y demás papeles en que se hacían constar sus facultades y privilegios como mineros activos que eran.

Los reclamantes eran mineros que explotaban minas ajenas debido a que los dueños legítimos las tenían ociosas; para hacerse de los elementos de trabajo más indispensables se veían en la necesidad de empeñar el sombrero, el paño de pescuezo y hasta las enaguas de sus mujeres a fin de comprar cuando menos velas de sebo. Si del trabajo resultaban ganancias, los dueños de las minas se presentaban inmediatamente a reclamar las utilidades que les correspondían, pero si resultaban pérdidas, fingían estar en la más completa ignorancia de que sus fundos estaban siendo trabajados subrepticiamente. Otra queja más era que el ensayador oficial no era persona de confianza para los mineros debido a que, según ellos, marcaba los metales con una ley inferior a la que en realidad tenían; solicitaban también que se abasteciese a la población de semillas, carnes y demás víveres pues con mucha frecuencia escaseaban, no pedían regalados esos satisfactores, sino la queja era que en las tiendas no había para adquirirlas a ningún precio.

A aquellos insubordinados se sumaron los habitantes de San Nicolás del Armadillo (actualmente Municipio de Armadillo de los Infante, S.L.P), los de la Soledad de los Ranchos (Actualmente Municipio de Soledad de Graciano Sánchez y poco antes Soledad Diez Gutiérrez, S.L.P) y de otras comunidades. Como pasaba el tiempo y no eran satisfechas sus justas demandas, el 6 de junio del mismo año volvieron a invadir la ciudad; en esta ocasión presentaron por escrito las mismas peticiones y verbalmente formularon, en tono imperativo las siguientes: que desapareciese el estanco del tabaco y si esto no era posible, que se les vendiera el tabaco a un solo y único precio; que no se les cobrase tributo ni alcabala de leña, carbón, liga (liga es la cantidad de cobre que se mezcla con el oro o la plata de las monedas o alhajas) y greta (greta es una especie de grasa que se usaba en la minería para acelerar la fundición de los metales); que no se les exigiese hacer manifestación del ganado que sacrificaban; que el Alcalde Mayor nombrase su teniente en Cerro de San Pedro y que ellos pudieran quitarlo cuando quisieran; que se les diera facultad de portar armas y libertad a los presos.

Amedrentado el Alcalde Mayor echó fuera a los presos. Este triunfo fue celebrado por los revoltosos con gran regocijo y estrépito; a tal grado llegó el desorden que apedrearon la cárcel, el Real estanco del Tabaco y la casa del Procurador de la ciudad. Posteriormente saquearon algunas casas particulares. Al ver el Alcalde que los desmanes iban en aumento decidió dirigirse a los inconformes ofreciéndoles satisfacer sus demandas en lo más que fuera posible. Este ofrecimiento tranquilizó a los exaltados mineros.

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