#4 TiemposColumna de Daniel Tristán

Hace falta un cataclismo | Columna de Daniel Tristán

LaguNotas Mentales


“El sistema tiene una característica que lo define: es rígido y tiende a permanecer”.
Enrique Caballero.


Se cumple un año del sismo que sacudió a nuestro país el pasado 19 de septiembre. Me parece un ejercicio pertinente hacer una evaluación de lo sucedido durante el año posterior al siniestro, pero antes de continuar quiero disculparme con aquellos que amablemente leen estas líneas. Probablemente sea yo el menos indicado para hablar sobre el tema por una razón en particular que a continuación expondré.

Puede que sea irresponsable que yo hable acerca del sismo, pues a mí me tocó vivirlo a distancia. Lo viví desde una ciudad segura que tiene actividad sísmica prácticamente nula. Me tocó “vivir” el siniestro desde mi departamento ubicado en planta baja, de un edificio donde lo más cercano a un movimiento telúrico son los brincos que los hijos de mis vecinos dan en su piso (mi techo). Observé el desastre a la distancia por medio de las pantallas de televisión y de dispositivos móviles apoyados por la inmediatez de las redes sociales.

Estaba fuera de la burbuja y no podría yo hablar de la misma manera que aquellos que tenían los pies plantados en los estados y municipios afectados por el temblor. Es más, en el sismo de 1985, yo ni había nacido, por lo que me queda claro que mi opinión pueda ser poco acertada. Aun así, considero pertinente emitir mi punto de vista acerca de lo sucedido hace un año.

La experiencia vivida por el país entero el 19 de septiembre pasado está llena de claroscuros, como todo en la vida. Me parece invaluable la unión mostrada por una parte de la sociedad mexicana, la solidaridad desinteresada reflejada en la ayuda desbordada que algunos habitantes mostraron para los afectados. Es de resaltar la velocidad de organización con la que desde todos los puntos del país surgió ayuda de todos tipos y maneras posibles.

El temblor nos hizo ver lo vulnerables que somos como país, como sociedad y sobre todo como raza. Hace falta muy poco para borrarnos del mapa, y hace un año nos quedó claro. Tengo que confesar que a raíz de la tragedia nacional vivida en ese fatídico septiembre algo dentro de mí encendió la esperanza de que la sacudida (en el sentido figurado y también en el literal), nos haría replantear nuestro modo de funcionar en el día a día. Surgió incluso un hashtag esperanzador (#NuevoOrdenMexicano) que me hizo pensar que en verdad nuestro chip de “el que no tranza no avanza” iba a cambiar y de aquel día en adelante reinaría la equidad, la hermandad y la solidaridad.

Está más que claro que me equivoqué, que la buena onda y la unión como sociedad quedó enterrada a los pocos meses de haber sufrido la tragedia. Solamente se ha cumplido un año y no hace falta más que echar un vistazo a las primeras planas de los periódicos para darnos cuenta de lo mucho que nos valió madre. Enfrentamientos en la UNAM, cacerías de brujas orquestadas por una sociedad hambrienta de justicia, linchamientos y un pueblo que busca cualquier pretexto para fragmentarse y dividirse en bandos que pelearán interminablemente entre ellos.

¿Qué no éramos uno mismo? ¿Y la hermandad? ¿Y el #TodosSomosMéxico? Pues nos duró poco, más poco de lo que pensé. Desgraciadamente los pocos flashazos de buena voluntad y armonía surgidos tras el sismo fueron opacados por nuestro egoísmo. Tras la tragedia, quedó evidenciada en redes sociales la vanidad de una buena parte de la sociedad mexicana, que utilizaba el hashtag #sismo para subir una selfie mostrando su mejor ángulo con la banderita tricolor y así ganar unos cuantos likes.

Habría que recordar que en casos de desastre natural el uso responsable de un hashtag puede ser la diferencia entre la vida o la muerte. No quiero ni imaginar la impotencia de la gente que recurría al hashtag #sismo esperando encontrar alguna noticia de sus familiares desaparecidos entre los escombros, y que lo que encontraba eran las mejores selfies de tu prima en el gym o del pseudogalán de Facebook enfundado en su falso patriotismo enmarcado con un bonito filtro mexicano.

Lejos de mostrar nuestra mejor cara, solapamos también las artimañas de una televisora que está siempre al acecho para llevarse la mayor tajada del rating. Permitimos el circo montado para el rescate de Frida Sofía y pisoteamos el dolor de los que realmente estaban asfixiándose bajo toneladas de concreto. Todo por un poco de entretenimiento, de “reallity TV” descarada y dantesca.

Y la buena voluntad de los que donaron víveres para los afectados, se vio opacada por la sombra del invencible mercado negro, al cual poco le importó las latas marcadas como donativo, y condujo gran parte de la mercancía a los tianguis ilegales para venderlas a mitad de precio. Una vez más la tragedia como trampolín para el impulso de los canallitas.

Lo dije y lo sostengo, tal vez sea yo el menos indicado para emitir una opinión acerca del sismo vivido hace un año. Aun así, considero que sería irresponsable no exponer mi repudio ante la manera en la que la ayuda de un pueblo se ve desvirtuada por la nula calidad humana de unos cuantos parásitos sedientos de sangre del prójimo para sacar ventaja.

Me queda claro que un sismo no es suficiente para cambiar la estructura del sistema configurado en nuestra sociedad. Ni la muerte de nuestros compatriotas, ni la tragedia vivida por los que se quedaron sin un techo nos harán cambiar.

No hace falta un sismo, hace falta un cataclismo que nos borre del mapa, que nos extinga. Hace falta un cataclismo que elimine cualquier rastro de nosotros y dé paso a una nueva raza que con un poco de suerte sea capaz de reconfigurar este sistema sucio y chueco. De lo contrario, ni uno ni mil sismos impedirá que tras algunos días de solidaridad nos la ingeniemos para regresar a nuestro insoportable círculo vicioso, al cuento de nunca acabar.

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