Grande, muy grande. Columna de El Mojado

10:52 12-octubre-2016
Grande, muy grande. Columna de El Mojado

RUDEZA NECESARIA.

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Me cuesta aceptarlo. También me duele. Pero te debo tanto, América.

Sin ti, esta pasión, la del futbol, no sería nada.

Yo era un niño que poco entendía del futbol cuando mi papá dejó claro como tenían que ser las cosas en su casa: ningún hijo suyo sería aficionado a las Águilas. Y obedecí.

Pero después llegaba a la casa de mis abuelos, donde no existía más equipo que el América. Ahí empecé a interesarme más en el futbol, en voz de José Ramón Fernández, que sonaba a todo volumen a la hora de la comida. Aprendí a odiarte, América, en casa de americanistas.

Molestar a mi querido tío Gero, otro cercano americanista, se convirtió en una afición para mí. No importaba el rival, no importaban las formas, lo único que yo quería era ver al América caer, siempre. Solo las victorias de Cruz Azul me hacían más feliz que las derrotas azulcremas.

Te odiaba entonces. Aprendí de tu historia lo que unos callaban y otros gritaban. Odié tu pasado, odié tus triunfos robados, de la mano de algún árbitro equivocado, odié tu poderío económico y cómo convertiste en basura a muchos de los mejores jugadores que vi en mi infancia. También odié cómo celebrabas que yo, y muchos otros, te odiáramos. Pero no había entendido que mi odio solo te hacía crecer más y más.

Apenas era un niño, pero ya sabía que no podía estar cerca de nada que oliera a ti. Canté con toda mi voz los goles que te hicieron Palencia, Hermosillo, Adomaitis y muchos otros.

En 1999, disfruté haberte ganado 4-0. Cruz Azul fue magistral ese partido. Ese mismo año lloré de la emoción de haberte eliminado en semifinales, con un hombre menos, con Mauro Camoranesi expulsado y un golazo de Diego Latorre.

A la semana siguiente, Cruz Azul empezó su terrible maldición y aunque tú tardarías unos años en recuperarte de tu sequía, supiste levantarte de tus cenizas, más como un fénix que como un águila.

En 2002 ganaste el primero de tus campeonatos que yo pude ver. Entonces mi odio solo me permitió repetir que había sido un regalo de Televisa y del Necaxa, el que era tu hermano menor. No me había dado cuenta que, aunque esporádicamente, tú volverías con más fuerza.

Por eso, disfruté que Toluca te metiera seis goles en su estadio y que te marcara, en ese mismo partido, el mejor gol en la historia del futbol mexicano, en una jugada providencial que concluyó Pepe Cardozo.

Me enfermó ver con tu nauseabundo amarillo a jugadores tan grandes como Cuauhtémoc Blanco, “El Piojo” López, Luis Hernández, Iván Zamorano, Duilio Davino, Pavel Pardo, Germán Villa. Adolfo Ríos o Guillermo Ochoa.

Viví siete años de terror por tu culpa, América. Siete años, 16 partidos, en los que Cruz Azul nunca pudo ganarte y eso solo hacía crecer más mi odio.

Yo era un niño de 14 años cuando empezó esa racha maldita y un adulto de 21 cuando terminó. En 2010, con un derechazo imparable del Chaco Giménez, te ganamos por fin, después de tanto tiempo y yo festejé de nuevo el poderte vencer.

Después de eso dejé de odiarte, o eso pensé yo. No me eras indiferente, América, pero ya no me importaba tanto lo que pasará contigo. Te habías convertido en un equipo mediocre, del montón. Le habías faltado al respeto a tus leyendas: Zague, Reinoso y Blanco.

Así, sin odio de por medio, el destino nos regaló la que siempre soñé como la final ideal para que Cruz Azul dejara su historia perdedora de muchos años, la de no conseguir un campeonato desde 1997.

Aún me duele recordarlo. He evitado ver las imágenes desde aquel día, pero lo escribiré como fue: Cruz Azul ganaba a segundos del final. América necesitaba dos goles para empatar y llevar el partido a tiempos extra. Cayeron ambos goles, primero uno de Aquivaldo Mosquera y después el de Moisés Muñoz.

América ganó esa final en penales y yo me sumí en la tristeza, pero sobre todo, no pude contener más lo que sentía y te odié, te odié más, como pedías y te odié como nunca. Fue la mejor final en la historia y yo, hasta la fecha lucho por borrarla de mi memoria, por tu culpa.

Me rabian tus colores, América. Me rabia tu nombre y todo lo que suena a ti. Me rabia tu camiseta y tu historia legendaria. Pero sobre todo, lo que más me rabia es tu orgullo. ¿Cómo haces, América, para que tu afición se mantenga siempre tan pedante, tan arrogante, sin importar lo mal que puedas estar?

No puedo creer, América, que me tengas aquí, escribiendo con toda la amargura que sale de mis dedos, solo porque llegas a cien años.

No lo entiendo, América. Te odio, pero no puedo pensar en el futbol sin ti.

Esa es la muestra más grande de tu grandeza: tu eterna soberbia y tu capacidad de nunca pasar desapercibido.

¿Por qué, América? ¿Por qué no puedes ser solo uno más, como muchos otros que andan por ahí?

¿Por qué, América? ¿Por qué tienes que ser tan grande?

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