#4 TiemposColumna de Adrián IbellesDeportesRusia 2018

Gracias por participar | Columna de Adrián Ibelles

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El lunes sentimos un maremoto de emociones antes de que se entonará el Ángelus. Ansiedad, esperanza, desilusión, decepción, enojo, resignación. México firmaba su despedida ante la favorita en las casas de apuestas y las quinielas godínez, una Brasil aparentemente compuesta para el éxito rotundo. Ya se verá.

Cosas que le faltaron a México: generar oportunidades, defender las bandas, capitalizar los contragolpes, y alejar la bola del arco de Ochoa. También un poco de paciencia, pero para los aficionados. Era necesario ver a México jugar contra un rival en forma, sólido y en condiciones, antes de imaginarnos cosas. La presión del favorito la tenía México. 

No podríamos calificar de mediocre esta participación, por el contrario, se antoja celebrar que el combinado mexicano supo enfrentar con nivel y actitud sus dos primeras pruebas, y acaso se vino abajo por la certeza de que aún se podía perder.

Y es que en el negativismo nos encontramos en comodidad absoluta. En la cancha frente a Suecia y Brasil se podían ver jugadores nerviosos, tensos, con escasos recursos a su disposición. Como si él agüita del Bugs Bunny en Space Jam se les hubiera terminado antes del tercer partido. Aún cuando en este equipo juega el portentoso Guillermo Ochoa (a quién le llovieron elogios de otros cancerberos mundialistas internacionales), la golpiza era inminente. Por el VAR, el descuido en el autogol o la fiereza sueca; por la velocidad de Willian, el teatro de Neymar, por el peso de la historia; pero sobre todo por la falta de discurso futbolístico de una selección a la que ya veíamos campeona, y que de pronto ya estaba fuera. Así de dura nuestra dualidad.  

Pasamos del optimismo ridículo a la tragedia absoluta en un tris.

Hablo del pesimismo exacerbado, de la mentalidad chiquita. Del miedo a concretar lo que nos imaginamos, a dudar de lo que somos capaces, porque entonces qué soñamos después. Puede que la selección haya pecado de pesimista, de temerosa, el auto sabotaje derivado del mareo de hacer dos cosas bien y de pronto nada. Cinco goles en dos segundos tiempos y ni las medidas desesperadas de meter a 5 delanteros o los gritos de amor de la tribuna pudieron despertar a 11 jugadores que sabían lo que tenían qué hacer, pero no supieron cómo llevarlo a cabo.

Veo con buenos ojos la derrota. Si bien, se despide otra gran generación de jugadores, queda un aprendizaje en la actitud, en los planteamientos tácticos y en la necesidad de genialidad que hay para el próximo torneo. Para la siguiente cita con el destino. La necesidad de soñar de nuevo, para en una de esas dar la sorpresa.

México es mejor cuando no tiene algo que perder. Cuando no es favorito ni tiene cosas a su favor. Cuando nadie espera nada de ellos. Por ahora es todo. Sigamos apoyando al que saque a Neymar y dejemos las esperanzas para otro día.

Por ahora, gracias por participar.

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