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Gabriel García Márquez o tres visitas a Macondo | Columna de Xalbador García

Vientre de cabra

 

Este texto apareció originalmente en vientredecabra.wordpress.com

I

El día que iba a morir, García Márquez se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar un buque imaginario. Estaba en calma. Le vino a bien recordar el otoño de su patriarca olvidado en algún lugar del Caribe. Supo que no llegaría la carta tan deseada desde hace años, aquella donde se aseguraba que, por más cóleras y desagravios, los únicos amores que valen son los que se vuelven eternos. También acarició el rumor del cabello de su primer amor, una niña casi adolescente, que se le fue haciendo mañana. Aquel cabello de mujer que, lo supo, seguiría creciendo hasta después de la tumba.

Le llegaron a su mente algunas palabras de su maestro japonés: “No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la muchacha dormida ni intentar nada parecido”. Y con ellas también frases de Kafka, Hemingway y Faulkner. Se asombró como cuando las leyó por primera vez. Recordó los mejores bares en los que había estado, pero sobre todo las peores cantinas, de Colombia, México o Cuba, donde la podredumbre del hombre podía palparse. Las putas nos salvan de la noche. Omitió escribir la frase. Estaba feliz y quería palpar el instante.

Sonó el teléfono o más bien imaginó que sonaba. Una mujer, al otro lado, pidió ayuda. Estaba en un manicomio, le dijo entre sollozos. El escritor le mandó un beso. También le pidió perdón. El mago te amó siempre, fue la respuesta de Márquez. La voz le trajo a la memoria a Remedios, La Bella. Se sintió aliviado de saber que ningún hombre jamás la tocó.

De pronto el mundo se llenó de un viento como el que de niño sentía en Aracataca. Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando García Márquez cerró los ojos y sintió una caricia en el pecho y sonrío como todos los hombres que saben que han hecho bien.

II

La edición que poseo de Cien años de soledad es la primera de un club de lectores fundado en los setentas y que, por lo que sé, distribuía las obras por paquetería en América y Europa. Es un raro libro numerado y cuya portada, más que de pasta dura es de madera, lleva una pintura original. La imagen recuerda a Úrsula Buendía olvidada en un rincón cuando sus nietas jugaban con ella como si se tratara de una muñeca. Nunca he visto uno igual.

No compré el libro. Lo pedí prestado a mi amigo El Gordo. Me rehúse a devolverlo porque él tenía mi Divina comedia y amenazó con quedársela. Si me lo regresaba su colección de clásicos quedaría incompleta, decía. Y el muy cabrón se carcajeaba en mi cara subrayando su jugada magistral. Valía más tener la obra de Dante tan sólo por su ego de coleccionista.

Estábamos en preparatoria cuando hicimos el “intercambio” que, a la larga y se lo dije por aquellos días, me iba a beneficiar. Ahora que el autor ha fallecido puedo asegurar que poseo una pieza única. Por supuesto El Gordo no sabe ni sabrá lo que ha perdido. Yo esperaré el momento para recordárselo cuando ya haya cambiado esta joya literaria por un BMW, por lo menos. Pinche Gordito, te amo…

 

III

Del amor y otros demonios fue el primero que elegiste del pequeño librero de mi habitación que, en esos años, hicimos nuestra. Esas páginas te estaban esperando al igual que yo. ¿Éramos muy jóvenes, recuerdas? De ese mismo estante tomaste otros libros que pedías que te leyera cuando nos recostábamos desnudos. Las palabras de García Márquez nunca fueron tan hermosas. Luego algo de poesía y al final te acomodabas en mi pecho. Yo te veía dormir, calmada, en silencio, con esa rara forma que tienen los sueños para hacerse presente.

Aquellos libros nos abrían mundos que pretendíamos recorrer como antes yo había visitado tu espalda o la religiosa curva de tus caderas, tus piernas delgadas y el vientre que se dejaba besar mientras se extendía por el aire. ¿Cuántas veces discutimos sobre lo que sucedía en Macondo? ¿Cuántas veces busqué en tu sexo todo aquello que no se encuentra en la literatura? Te amé como sigo amando las mismas páginas, las mismas palabras.

Pasábamos días repitiendo el ritual cuando no importaban los premios o las becas, los reconocimientos o los nombres, ni siquiera el futuro, ni siquiera la literatura. Ese fue nuestro momento. Cuando leíamos lo que nos gustaba y lo único imprescindible entre nosotros era hallar el epílogo para encontrarnos después del deseo, siempre desnudos, sobre la cama o tirados en el piso o sobre aquella playa de Oaxaca. Las palabras eran siempre delicadas. Luego todo acabó. Ya no te tuve. Como tú hace muchos años, desde hoy García Márquez será recuerdo. Sólo espero que se haya equivocado y que las estirpes condenadas a cien años de soledad sí tengamos segundas oportunidades.

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