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Futbol: la pasión recriminada | Columna de Edén Ulises Martínez

Funambulista

 

Cinco días son para trabajar, como dice la Biblia. El séptimo día es para el Señor, tu Dios. El sexto día es para el futbol” – Anthony Burgess.

 

México le ganó a Alemania. No es ni necesario decir que la Selección Mexicana Varonil de Futbol le ganó a su equivalente germana: así de profunda, arbitraria y caprichosa parece ser la ubicuidad del balompié en nuestro país, y fuera de él, para muchos mexicanos. Por eso cuando hablamos del Mundial, o de la Copa del mundo tampoco solemos especificar, no se nos ocurre siquiera. Bien podríamos estar hablando del Mundial de Bádminton, o de Waterpolo, pero no: en México cuando hablamos de la Copa del Mundo hablamos de Futbol, solo de Futbol, y lo escribo con “F” mayúscula porque hablo del concepto, de la institución, de la forma de vida, de la religión y del deporte. Una vez dimensionada la situación nacional podremos entender el tamaño del acontecimiento: México le ganó un partido, en un Mundial, al que es quizás el mejor equipo de futbol de la Tierra, unos panzers acostumbrados a atravesar trincheras como hojas que crujen en la tierra. Lo que significa que ahora nos creemos unos cazadores de gigantes.

La intensidad emotiva de este suceso romántico, mezclada con la también intensa y emotiva situación política del país, proyecta en el escenario mundialístico una serie de mensajes y preguntas: ¿qué es más importante el Mundial o las Campañas? ¿Es el fútbol una herramienta mediática para distraernos de nuestro deber cívico? ¿Es una cortina de humo, para que, en las llamas del entusiasmo, el Congreso pase una ley fatídica (cosa que sí sucedió)? ¿Es este deporte, tan generalizado, tan popular, un sesgo, un síntoma del subdesarrollo intelectual del mexicano promedio?

Estas preguntas siempre están flotando en el quehacer público de México, pero se vuelven más relevantes en los Mundiales y en las Elecciones, y ni qué decir en los Mundiales en tiempos de Elecciones (o las Elecciones en tiempos de Mundiales, ya dependerá de las prioridades de lector). Quizás los detractores del futbol (y de la cultura del futbol) se cuestionen si en un país hundido en la miseria, con récords de violencia extremos y desigualdades insultantes, sería válido y legítimo el ejercicio lúdico. Si esa fuera la interrogante sería fácil decir que sí, que lo es, que hasta Roma ardiendo veía los juegos, y que en la Barcelona heroica, rodeada por el fascismo, seguramente nunca se dejó de jugar futbol.

Pero en el caso mexicano el grito de rechazo tiene que ver más con la historia que con el derecho a divertirse. Tiene, creo yo, su origen en el dúo diabólico Futbol-Poder, en las raíces corruptas de las instituciones futbolísticas mexicanas que siempre y repetidamente han demostrado ser deleznables, abyectas e indignas. Ya Juan Villoro lo mencionó: lo mejor del futbol surge cuando los niños lo juegan en la calle o en la escuela: íntegro, por el puro placer de patear la pelota, lejos del alboroto de las contrataciones y las directivas, de los fraudes millonarios y el lavado de dinero internacional.

Otra posible causa de los prejuicios hacia el deporte de Messi y Cristiano Ronaldo la tienen las barras bravas, esas hordas enfurecidas que gritan el nombre de sus equipos y que, en primera instancia, parecen desafiar los millones de años de evolución del ser humano, el sentido de progreso y los valores de la civilización. Pero, ¿acaso aún creemos en el progreso, en los valores de la civilización? En un mundo con 700 millones de personas en estado de pobreza extrema, con conflictos descarados y brutales, en el que nos matamos unos a otros por nuestras creencias, ¿es el futbol tan terrible? A aquellos que cuestionan la validez de la afición futbolera los invito a hacerse la siguiente pregunta: ¿qué hace distinto el fanatismo por el Real Madrid a aquel que sienten los seguidores de los Rolling Stones? ¿No son sus conciertos, también, una marea semireligiosa que pone en duda los millones años de evolución del ser humano, el sentido de progreso y los valores de la civilización? La pasión por el futbol es tan real y ficticia como la de los grupos de fanáticos de las bandas y los nacionalismos: los países también son comunidades imaginarias.  

Solo les queda, pues, a los enemigos del ruido y de la barbarie pambolera decir que el reino de los goles y los penales tiene una relación directa con la estupidez. Que, al contrario del ajedrez, el go, y los demás juegos de los verdaderos intelectuales, el futbol es un deporte bestial, de salvajes patadas y simiescas brusquedades. A estos últimos tal vez se les olvida que Platón practicaba lucha olímpica, o más bien piensan, enjugados en sus chalets de sibaritas, que acuchillar y fulminar a balazos a otros seres humanos —Cervantes en Lepanto, César en las Galias, Hemingway en la Guerra Civil Española, Tolkien en la Primera Guerra— es, por supuesto, algo propio de gente más fina.  

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