Fiestas felinas. Crónica de Luis Moreno Flores

13:18 30-Diciembre-2016
Fiestas felinas. Crónica de Luis Moreno Flores

HISTORIAS PARA PERROS CALLEJEROS.

“(…) y a través de la noche te vas, ya no quieres seguir bailando otra vez, otra vez. Y este día ha estado mal, ahora quieres volver a tu hogar, fiestas, fiestas (…) y tu madre te llama, para que vuelvas a tu hogar, fiestas, fiestas.”, Rituales.

El primero de enero del dos mil diez decidí terminar la noche a las 2:00 am. Comenzaba a soñar y sonó mi teléfono; era Marcelo, mi mejor amigo de ese entonces, me invitaba a una reunión en el hogar de su abuelo a pocas calles.

-Vente wey, hay un chingo de chelas y pomo.

-No, ya estaba dormido.

– No seas joto y ven.

– ¿Con quién estás?

– Mi carnal, tíos, primos y algunos amigos.

– Bueno, llego en quince.

Dejé la cama, tomé la ropa que antes usé en mi propia fiesta familiar, rellené los bolsillos del abrigo con cigarros, las llaves y un poco de dinero. No es que sea una persona influenciable, pero acabé motivado por el desfile de asistentes que mencionó Marcelo, en realidad una en específico: Carolina, su prima.

Meses antes, durante una comida de Viernes Santo, en la misma casa, la conocí. Ella llegó enfundada en su uniforme del colegio. El deseo lascivo al verla con las piernas tan blancas recubiertas de largas calcetas azules y su cara adornada con breves galaxias de barros y pecas, me obligó a hundirme en el plato de habas para no pensar en acorralarla en la cocina para revisar debajo de su falda tableada.

Enfilé por los callejones semipavimentados, que al resto del mundo le producen temor pero que los nativos navegábamos con pasmosa tranquilidad; siempre pienso en ese espacio, ubicado a la orilla de la calle principal de mi pequeña ciudad, como una jungla que trata de devorar el capricho del progreso humano. Cuando hubo una plaga de ardillas imaginé que en algún momento tendríamos simios balanceándose por los limoneros, pirules y árboles de manzana.

Tardé muy poco en aterrizar en la fiesta, desde lejos vi cómo se habían apoderado de la calle que corría frente a la casa. Uno de los primos de Marcelo tocaba regetón con sus artilugios de diyei. Mi amigo se apresuró a recibirme con una cerveza Pacífico.

Entramos para sentarnos a conversar en la sala, donde Pablito y Felipe discutían sobre cuál era la mejor marca de antitranspirante. Sumamos nuestras opiniones, hasta que Pablito propuso salir de la casa a comprar cigarros y de paso fumar un toque de mota. Después de atizarnos, llegamos a una sucursal de esas cadenas de mini supermercados que despachan las 24 horas, en la que parecían no saber que era primero de enero. Tal vez la marihuana empezaba a ponerme reflexivo: entristecí al pensar que el encargado de la caja no superaba nuestros 20 años y estaba obligado a permanecer ahí. La empatía duró poco; aproveché su viaje al estante de cigarros para robar chocolates.

La mota siempre me genera apatía, así que procuro fumar cuando ya bebí antes, supongo que ese día no tomé lo suficiente, porque de inmediato perdí el interés en la charla; a Marcelo le pasó igual y al llegar se quedó dormido sobre un sillón con estampado de cebra (una extravagancia para la casa de un viejo piloto aviador).

Abandoné a mis amigos que cotorreaban sobre las películas de Lindsay Lohan. Recordé el objetivo inicial de asistir a la reunión y fui a buscar, por los tres pisos de la casa, a Carolina. Terminé harto, era obvio que no estaba en esa fiesta, pues no había suficientes invitados como para pasar desapercibida.

Encendí un cigarro cerca de una ventana y descubrí que al otro lado había una escalera de seguridad rumbo al techo; tambaleante por el frío y el alcohol, logré llegar a la azotea y vi a un chico pálido parecido al vocalista de una banda cuyo nombre no recuerdo: tenía gafas enormes, una pierna cruzada sobre la otra, usaba la mano izquierda para fumar con indiferencia en una pose elegante con la que reclamaba ser visto aunque estuviera solo.

Lo saludé, explicó que se llamaba David y era hermano de Marcelo, tenía 13 años, al escuchar su edad traté de reprenderlo por fumar, pero soltó un argumento irrefutable, -hace dos años que lo hago. –No supe si eso le restaba importancia a que fumara en ese momento, pero no volví a cuestionar.

Como ambos teníamos nuestros propios cigarros y él se previno con un paquete de cervezas, pudimos conversar sin la incomodidad de bajar a conseguir más suministros. Primero abordamos sus lazos familiares, irremediablemente mencioné a su prima y comentó, sin remordimientos, que sentía la misma atracción que yo hacia ella, luego sobre su hermano, a quien consideraba un “pretencioso pendejo”; rehuí la crítica y cambiamos de tema a la literatura. Teníamos algunos autores en común, justo cuando David comenzaba a disertar sobre Baudelaire, un espasmo lo hizo vomitar sobre mis zapatos. Se disculpó, lo tranquilicé, en verdad no tenía importancia; reparé de nuevo en que prácticamente era un niño, no mayor que mi propio hermano (El Nene), pero fumaba, bebía y hablaba de incesto con soltura.

Aunque el alcohol y su corta edad le dificultaban articular algunas ideas, pudo contarme una historia que nunca acabé por entender si era suya o la leyó en algún sitio. Comenzó con una pregunta:

-¿Te has dado cuenta cómo observan los gatos a los humanos?

-¿Qué?

-Sí, los gatos. ¿Alguna vez has estado frente a un espejo, sientes una mirada sobre ti; te vuelves y hay un gato? Tienes gatos, ¿no?

-Es verdad, un par de veces he sorprendido a Bandido y Malcriada espiando mis movimientos.

Luego de esa introducción, David procedió a hablar sobre un viejo pueblo guerrero cuyas habilidades para el combate y la ciencia los convencieron de no necesitar a los dioses. Para castigarlos por su arrogancia, las deidades decidieron quitarles aquello que les daba el valor de desafiarlos: su condición humana. El pueblo y toda su descendencia fueron condenados a convertirse en un animal obligado a seguir a los seres humanos a donde estos fueran, sin dejar de ser conscientes de lo que antes fueron. Así surgieron los gatos.

Para recordarles lo perdido, a los dioses se les ocurrió que la última noche del año (acorde a la cultura donde los felinos se encontraran) volverían a ser hombres y mujeres.

-Los gatos, todos, saben que ellos también debieron ser humanos y por eso los ven con tanto recelo. –Explicó el preadolescente, que cada vez parecía más sobrio a pesar de las bebidas. –Han aprendido a sobrellevar la situación, tanto que no se entristecen de ser personas una vez al año, sino que aprovechan para ir de fiesta y pasarla bien. Estoy seguro que si vuelves por tus gatos no los encontrarás.

El relato, aunque simpático, me causó algo de tristeza, imaginé a mis mascotas en versión humana y esa visión resultó tranquilizadora.

-David, voy a bajar al baño, pero regreso para hablar más de esos gatos.

-Va, acá te espero. Vi a Carolina hace rato en el segundo piso, por si quieres aprovechar para saludarla.

Bajar la escalera de hierro resultó un reto mayor que subirla, posiblemente el alcohol y la droga se unieron para hacer estragos en mí.

Como pude, llegué al baño. Mientras orinaba miré mi rostro en el espejo del lavamanos, sentí que al salir el líquido, mi grado de intoxicación descendía y las facciones de mi rostro volvían a tomar su lugar.

Después de asear mis zapatos en la regadera, lavarme las manos, mojarme la cara y medio peinarme, deje el baño, justo en el momento en que Carolina parloteaba con su prima Mariana.

Las saludé y Carolina preguntó dónde había estado, Marcelo le advirtió de mi presencia y fue a buscarme.

-Siempre platicamos muy a gusto, ¿por qué te escondes?

-Para nada, estaba en el techo con tu primo David, es cagado e inteligente.

-Creo que estás confundido, no tengo ningún primo David. A lo mejor era Manuel. ¿Cómo es?

Justo cuando iba a comenzar la descripción de David, un gatito albino restregó su lomo contra la pierna de Carolina, esta se inclinó para levantarlo y lo acuñó entre sus brazos y el vientre. El minino me dirigió una mirada furtiva.

-Ahora sí, ¿qué decías?

-Nada, lo confundí con tu primo Pepe. ¿Cómo se llama el gato?

-Es de mi abuelo, le dice El Carajo, yo prefiero Cascabel.

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