Columna de Adrián Ibelles

Extrañando a Guillermo | Columna de Adrián Ibelles

Postales de viaje

Hace unas horas comencé a hojear un libro que nos regalaron en nuestra última visita a Tuxtla. El libro es una antología que reúne algunos textos que al compilador, Francisco Hinojosa, vetusto literato regularmente relacionado con la literatura infantil, le parece importante mostrar a los adolescentes que cursan la secundaria.  

En el camino a explorar los cuentos, poemas y ensayos incluidos, me topé con un nombre que me golpeó al leerlo, para luego evocarme otro igual de fuerte. Guillermo Samperio y Eusebio Ruvalcaba fallecieron respectivamente, en diciembre del año pasado y febrero del presente. Ambos fueron a San Luis invitados por el ayuntamiento, en aquellos días cuando David Ortiz Celestino nos ponía en bandeja de plata grandes talentos para aquellos que comenzábamos a interesarnos en escribir.

De los maestros que he llegado a tener, ambos tuvieron un impacto especial en lo que hago. Y leerlos nuevamente, ante la noción de su partida, me provocó un estremecimiento que se aminoró con la cadencia de sus textos.

A Samperio lo veo en los tatuajes de la gente, en los peces de un estanque y en los videos de Andrés Calamaro. Lo veo en los cuentos de mis amigos escritores, y en mis propios textos, que él bautizara (y maldijera) como cursis. Recuerdo su firma impregnada junto al título de ese cuento viejo que le llevé a revisión. Vivió 68 años, hubieran sido más.

Eusebio Ruvalcaba

A Ruvalcaba lo veo en los discos de acetato, en los reviews de álbums olvidados y en cada melómano que deconstruye los sonidos de un LP de su banda favorita. Lo leo en mis viejas reseñas de cine, y en un par de textos bien logrados, donde encuentro la simpleza y lo concreto, por lo que me felicitara en una aula del alguna vez llamado Faro del Desierto. Lo recuerdo en el último libro que me firmó y que perdí hace tiempo. Vivió 65 años y no fueron suficientes.

Termino de leer un cuento donde un hombre se convierte en un periódico y luego trato de imaginar dónde quedarían mis varios números de La Mosca.

Me quedo con sus fases, su imagen de rockstars y sus consejos para ingenuos que sueñan con escribir la mitad de bien que ellos. Ya que la juventud se escapa parsimoniosa, igual que la vida, me resta la impresión de que con la edad viene el rock, la imaginación y el certeza de que el mundo necesita valorar más a esos sabios que se sientan a escuchar historias cursis y les regalan esperanza.

@Adrian_Ibelles 

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