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¿Con extra queso está bien? | Columna de Xalbador García

Vientre de cabra

Este texto apareció originalmente en vientredecabra.wordpress.com

Es un martirio comprar en locales donde te atienden auténticos zombis. Jóvenes que se aprenden un monólogo enfocado a vender más pretendiendo ser cálidos o ayudarte en tus decisiones. En el cine: ¿de mantequilla están bien?, en las hamburguesas: ¿le gustaría agregar doble porción de queso y carne?, en el café: por 40 pesos más se lleva este lindo llavero de plásticos gratis. Si quiero empacharme con unas palomitas hechas de plástico, si tengo ganas de que se me tapen las arterias tragando comida rápida en excesos o si quiero malgastar mi dinero en artículos chinos con el logo de Starbucks, puedo decidirlo yo solo sin la ayuda de adolescentes que son esclavizados en esos comercios. ¿Quién prohibió los fusilamientos en masa?

Si algo me molesta es que alguien coarte mi capacidad de decidir en aras de incrementar el consumo en franquicias casi siempre gringas o mexicanas que adoptan las políticas comerciales gringas. ¿Por qué no me dejan en paz? Ya me trasladé hasta ahí, ya soy imbécil porque compraré un producto cuyo costo real es algo así como del 2 por ciento de lo que voy a pagar, ya estoy decidido a adquirir esa porquería que aseguran es comestible, entonces no pongan empleados con preguntas que me hacen pensar en convertirme en asesino en serie.

Tanto me irrita que alguno de estos trabajadores me bombardee con cuestionamientos aprendidos en el curso de inducción para laborar en la tienda, que a todo contesto negativamente aunque la opción que me ofrece sea la que en verdad deseo. Así he comido café pequeño sin azúcar y frío, papas a la francesa sin sal, hamburguesas sin queso ni carne, refresco dietético caliente, crepas sin relleno. Pero por lo menos salvé mi capacidad de decisión.

Alguna vez hice el experimento contrario. A todo dije que sí. El resultado: pagué 300 pesos por un hot-dog con ingrediente secreto, salsa de la casa, aros de cebolla, papas y refresco extra extra jumbo. Por cierto, podías llenar el vaso las veces que quisieras sin importar el tamaño que hubieses pedido.

En mi intento por apabullar los monólogos de los zombis les hacía preguntas insospechadas que, según mi lógica, los pondrían a temblar. Todo ello hasta que me topé con una vendedora de Mcdonalds:

—Buenas tardes, lo atiende Luisa. ¿Puedo tomar su orden?

—Sí, quiero una hamburguesa, pero que no sea de carne de rata.

—El paquete cinco es de pollo.

—…este sí, ese.

—Por 20 pesos más puede agregar papas jumbo.

Apenas el jueves pasado fui al cine con dos discípulos a quienes ayudo con sus problemas de autoestima. Antes de entrar a la película nos detuvimos en el área de comida para elegir uno de esos paquetes de palomitas y refresco con el objetivo de economizar y para que nos evitáramos preguntas mamonas por parte de la vendedora. Sería rápido, la película estaba por empezar. Me negué a pedir el combo que mis acompañantes querían y se llamaba algo así como “amantes en secreto”. Pensé que no era correcto que tres hombres solos se decidieran por aquella compra, así que me decidí por el que se llamaba “combo tú y yo”. Pero ese no tiene nachos, me dijo uno de ellos. Por favor démelo con nachos, señorita. No se puede, pero se los vendo aparte. De acuerdo. ¿Con extra-queso está bien?

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