Letras minúsculas

Exceso de análisis | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

Por: Juan Jesús Priego 



En cierta ocasión se encontraron dos amigos judíos en una callejuela de la ciudad de Kiev, y uno de ellos, el de más edad, empezó a lamentarse de todos los infortunios sufridos por su pobre raza a lo largo de los siglos.


-Primero la esclavitud de los egipcios –lloraba-, luego el yugo de los romanos, la dureza de los persas y el despotismo de los babilonios. Pero ahí no acaba la cosa, amigo mío. Porque llegó el siglo XX y, con él, vinieron también los campos de concentración nazis y los pogroms soviéticos. ¿No es injusto? ¡Tantos enemigos!  
-Es verdad lo que dices –respondió el más joven-, pero no te preocupes, Isaac, pues aunque no lo creas los judíos nos hemos vengado ya una y mil veces de todas las que nos han hecho.
-¿Ah, sí? ¿Y cómo?
-Dándole al mundo el psicoanálisis∗.


Cuando la conversación amenaza con tomar rumbos patéticos, un golpe de humor basta para devolverla al buen camino. El quejoso se esperaba un mínimo de seriedad ante tema tan grave, pero su amigo le salió con un chiste; con un chiste que, sin embargo, tiene mucho de verdad, pues el análisis parece ser hoy la enfermedad de moda; quiero decir, el exceso de análisis.


-¡Oh, todavía no, aún lo estoy pensando! -respondía hace poco una respetable señora de once años de casada a una amiga suya que le preguntaba si no le parecía que era ya tiempo de tener un hijo.
-Primero tengo que ver…

La señora rondaba ya los cuarenta y todavía andaba viendo; cuando se decida, en vez de un hijo, tendrá un nieto.

 

Hace poco, en Washington, tuve la ocasión de hospedarme durante una semana en la casa de una comunidad religiosa masculina. Cuando veía por los pasillos a esos señores hechos y derechos que la formaban, yo los saludaba con un respetuoso «Buenos días, padre» que ellos me contestaban con toda la amabilidad del mundo y en un inglés correctísimo. Sólo hasta cuando me despedía pude enterarme de que ninguno de aquellos veteranos era sacerdote todavía, sino que se trataba de seminaristas que estaban viendo si quedarse en el seminario o no, es decir, que estaban analizando.


-¡Cómo! ¿Tan viejos? -le pregunté al sacerdote que me había llevado allá, el padre Robert Nolan, a quien nunca más he vuelto a ver y al que me gustaría saludar nuevamente estrechándole la mano.


-Sí –me respondió-. Como los jóvenes lo piensan demasiado, los que nos llegan son estos venerables… que no dejan de pensarlo. Casi todos ellos dicen estar a prueba.
¡Cómo para morirse!


Nuestros padres, a los 20 o 25 años de edad, ya habían decidido lo que iban a hacer con sus vidas; con demasiada frecuencia, hoy una persona de 30 aún se encuentra en estado de análisis. No se trata, por supuesto, de volver a tiempos idos, pero sí de caer en la cuenta de que esta situación puede provocar –y de hecho provoca- un peligroso desfasamiento entre la edad biológica y la edad psicológica del individuo. Antes, un muchacho de 22 años estaba ya casado y cargaba sobre sus hombros la enorme responsabilidad de sacar adelante a una familia; hoy, uno de su edad, al carecer de otras obligaciones que no sean las de sacar buenas notas en la escuela, bien puede darse el lujo de pasarse jornadas enteras navegando en Internet o chateando con sus amistades. Y aquí, justamente, es donde entra el desequilibrio, pues si bien sus relaciones con el otro sexo –o con el mismo, pues, ¡ay!, ya no se sabe- son como las de un hombre, sus responsabilidad ante ellas son como las de un niño; sus exigencias de libertad son las de un adulto, pero depende de sus padres hasta para comprarse una bolsa de papas fritas, como sucede con el niño. Por un lado es grande, pero por el otro pequeño: vive al mismo tiempo en dos edades.


Como digo, no es que esté abogando por matrimonios prematuros, ni por maternidades irreflexivas, ni por decisiones tomadas a tontas y a locas, y mucho menos cuando se trata de decisiones que comprometen todo el futuro. Digo solamente que si no pensar las cosas es una locura, pensarlas demasiado es una locura todavía mayor. El exceso de análisis produce parálisis. La vida se va. Una vez que una cosa ha sido pensada con seriedad, lo que sigue no es darle vueltas y vueltas y vueltas, sino decidir. «Concedeos, para elegir, el tiempo necesario, pero no un tiempo ilimitado», solía decir a los jóvenes el escritor francés André Maurois (1885-1967). ¡Excelente consejo!


La señora indecisa de hace un momento corre el riesgo –en caso de que finalmente se decida a tenerlo- de amargar la infancia del hijo con todos los sinsabores de la menopausia, y de aquellos seminaristas mejor ni hablar: es cierto que Dios llama cuando quiere, pero antes habría que preguntarles si no se entretuvieron demasiado haciéndose sordos a una Voz que ya resonaba en sus oídos desde antiguo. «¡El demonio del análisis! –exclamaba Leopoldo Lugones (1874-1938), el poeta argentino-. No es sino una forma del espíritu de perversidad».


Cuando veo viejas fotografías de jóvenes esposos o de jóvenes sacerdotes, me emociono de veras. Pienso: «Éstos eran héroes». Sabían que el arte de vivir consiste en entregar a tiempo lo mejor de la vida. Porque después se hace tarde y uno no entrega a Dios, al cónyuge o a los hijos más que un enorme cansancio.

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