#4 TiemposDesde mi clóset

Estigmas y VIH, 30 años de lucha constante | Columna de Paúl Ibarra  

Desde mi clóset


La epidemia del VIH está envuelta de un dejo de homofobia, discriminación y prejuicios. Y es que desde los primeros hallazgos a principios de los ochenta, este virus se fue dotando de un sin fin de etiquetas. “Solo le da los gays” “Es una enfermedad contagiosa” “Es una sentencia de muerte”. Frases como esta, son comunes aun después de varias décadas de luchar por la desestigmatización de la transmisión.

El VIH no se contagia, se transmite. Este hecho es fundamental para entender las vías en las que se puede adquirir. No es como la gripe, como el sarampión o las paperas. Es un virus mañoso, pero no muy diestro a la hora de ser transmitido. Se requiere el contacto con fluidos sexuales, sangre o leche materna y una puerta de entrada, que puede ser una herida expuesta o las cavidades como el ano o la vagina. Y solo de esa forma. Ni el sudor, ni la saliva, ni las lágrimas, son potencialmente transmisores del virus que provoca el sida. Por tanto, es factible besar, abrazar, amar a una persona con VIH sin riesgo alguno.

Hoy en día, una persona que tiene VIH puede tener una vida como cualquier otro ser humano, si está en tratamiento. La evidencia científica demuestra que estar en tratamiento y ser indetectable, es decir que la cantidad de virus sea tan ínfima en la sangre que no pueda ser detectada, evita la transmisión. Ósea que ser indetectable es igual a ser intransmisible. Lo anterior elimina el estigma asociado a las prácticas sexuales sin condón, ya que, si una persona positiva al VIH está en tratamiento y es indetectable, no transmite el virus a su o sus parejas sexuales.

Además, tener VIH no es lo mismo que tener sida. El sida es una consecuencia del virus. Una etapa que se puede prevenir, y se se llega a estar en esta, se puede regresar a un estadio de bienestar si se cuenta con una Terapia Antirretroviral.

Hoy en día, es sabido que una de cada tres personas no conoce su estatus frente al VIH. Una de las principales razones por las que una persona no acude a realizarse la prueba es justo el estigma. La población tiene miedo de asistir a los centros especializados por la segregación que este hecho ocasiona. El señalamiento social, la asociación con la homosexualidad, y los prejuicios inhiben las prácticas preventivas.

Por lo anterior, resulta fundamental que, quienes se encuentren en espacios de toma de decisiones, se capaciten en sensibilización en materia de derechos humanos, igualdad sustantiva y la perspectiva de género. Ya que, la ignorancia no puede ser un pretexto para denostar con dichos serofóbicos a un sector de la sociedad que enfrenta día a día una carga de estigmas asociadas a su condición de salud.

Las disculpas son una herramienta legítima para resarcir una falta, sin embargo, no es suficiente. Se requieren acciones constantes de autocrítica, de introspección y de humildad.

El VIH y el sida no discriminan tanto como lo hace la ignorancia, la displicencia de las autoridades en esta materia, pero sobre todo la falta de sensibilidad frente a la salud sexual.

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