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#Especial | Nadie protegió a Edgar Daniel

Desde la casa donde fue secuestrado, su familia cuenta quién era el primer reportero asesinado en San Luis Potosí

Por Blakely Morales

La casa donde ahora Edgar Daniel hace falta, es vieja. Las paredes están derruidas en su base por el salitre. Pertenecía a un pariente de la familia. Hay en el patio desorden de cosas arrumbadas u olvidadas, montones cubiertos de tela. En el zaguán hay un catre puesto ahí para que se siente la gente que viene al velorio. Huele a la desigualdad que duele.

El vidrio que rompieron los presuntos ministeriales que el jueves pasado levantaron a Edgar Daniel, ha sido cubierto provisionalmente por un pedazo de cartulina. La normalidad no volverá a la familia Esqueda Castro. Sus rostros conservan la interrogante; su expresión sigue suspendida en la incredulidad. No hay explicación para tal saña.

Edgar Daniel creció en la Santa Fe. Su adolescencia y los recientes años de su vida, los pasó en la Julián Carrillo. Ambas colonias representaron núcleos poblacionales prósperos en otras etapas de la evolución industrial de San Luis Potosí, y hoy viven al acecho entre camionetas negras que rondan las calles.

Como si de un destino manifiesto se tratara, la abuela de Edgar Daniel dice con tono insistente que él “nunca fue un vándalo”. Por eso la gente de la colonia lo quería mucho. Edgar Daniel representaba la esperanza de una familia que ahora cuando sale a la calle, primero asoma la cabeza, voltea a la izquierda, luego a la derecha, y si todo está tranquilo entonces luego sale.

“¿Qué quieren? ¿Qué se acabe mi familia?”, pregunta al aire la abuela de Edgar Daniel.

Recuerdan que le gustaba la música grupera, tocaba la guitarra y la batería; se convirtió en reportero para estar cerca de los grupos. Tenía ganas de estudiar la universidad y había visto a la Universidad Potosina o la Estatal de Música, como opciones. Pero no pudo terminar la preparatoria.

Por donde se le vea, Edgar Daniel era vulnerable: 23 años, sueldo raquítico, expectativas mezcladas por una circunstancia económica adversa, el ciclo latinoamericano de la vida. Era carne de cañón.

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Citlali y él se conocieron en la preparatoria, en el Colegio Cartago donde como carrera técnica estudiaban comunicación.

Hace dos años que vinieron a vivir juntos en casa de la familia. Ella tiene 22 años, trabaja en una pizzería y se asume periodista independiente. Junto a Edgar Daniel había aprendido a reportear en eventos de la fuente de espectáculos y se ha dedicado a subir notas a la página Infórmate Potosino y administrar la cuenta en Facebook.

Ella dice que Edgar había dejado de reportear hechos delictivos a partir de las primeras amenazas, para solo empezar a cubrir los choques. El miércoles cuatro de octubre, había ido a dar cobertura a la Feria de Pozos.

En el camino de regreso a su casa, Edgar Daniel se enteró de que en el bulevar Río Santiago, una hielera había explotado y dejado a cinco policías heridos. Ella no sabe por qué, precisamente ese día, él creyó que podía volver a cubrir sucesos relacionados con crimen organizado. Pero quizá sea por la pretensión que según Carlos Garrigós, director de Vox Populi, atrae a toda aquella persona que quiera dedicarse al periodismo: “estar cerca de la historia”.

Esa noche Edgar Daniel regresó a las dos de la mañana a su casa. Según la familia, esa noche tuvo contacto visual con uno de sus amenazadores que al verlo, presuntamente le retó haciéndole una seña con la cabeza como preguntándole qué hacía ahí.

Cuando había que defenderse, Edgar Daniel endurecía. “Como todos”, dice Citlali.

Ella se enteró casi inmediatamente de que el 4 y el 13 de julio, policías ministeriales le quitaron la cámara y borraron el material “por razones de seguridad”. Desde esa fecha, hasta el jueves de la semana pasada, cuando lo levantaron, parecía que la cosa se había tranquilizado.

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Pero su madre sabe que “en ningún momento las cosas se pusieron tranquilas”. Es en Verónica en quien se sostiene la familia porque en ella se sostenía Edgar Daniel. De dónde sale la fuerza, Verónica no lo sabe: “Si de mí fuera, yo ya no estuviera aquí, nomás aguanto por mi familia; mi mamá me dice ‘no te quiebres, si te quiebras yo también me quiebro’; mi esposo me dice lo mismo”.

Desde el fin de semana, una patrulla de la Fuerza Metropolitana o de la Policía Estatal con un elemento dentro, ha sido puesta en la esquina de la calle Bernardo Reyes para custodiar a la familia. El lunes, cuando el gobernador les recibió en Palacio de Gobierno, Verónica le solicitó que su familia fuera custodiada por una patrulla de la policía federal.

Ella dice no tener miedo por su persona sino por su familia: “si van a venir por mí, y me van a hacer lo mismo que a mi hijo, pues ya me tocaba”.

En esta casa todas están seguras de que nadie le ofreció protección a Edgar Daniel, que él trato de seguir su vida normal después de las amenazas, que el sábado después de su asesinato iba asistir a una nueva capacitación para ser paramédico. Que todos lo ignoraron.

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