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Ese objeto del deseo: el libro. Columna de León García Lam

CONTRAPUNTO.

Hace unos días se celebró el Día Internacional del Libro. Algunos datos al respecto son en primer lugar que la fecha coincide con el aniversario de la muerte de los dos más grandes escritores, Shakespeare y Cervantes, quienes contribuyeron no solo a sentar las bases de la literatura universal, sino también a configurar (y potenciar) sus respectivas lenguas en un horizonte moderno. En segundo lugar, que el Día Internacional del Libro se conmemora promovido por la industria editorial con la finalidad de fomentar la propiedad intelectual y los derechos de copia (copyright).

En eco a esta celebración quisiera apuntar breves ideas acerca del libro en sí. Es decir, del libro como libro, más allá de su contenido y más acá de su utilidad. Algunas personas gozan los libros, sí, no solo leyéndolos, sino poseyéndolos. No solo se trata de arrancarles utilidad, sino del gozo enorme que da tenerlos, coleccionarlos, apilarlos y admirarlos, pues son para los bibliófilos, objetos henchidos de deseo.

El obsesivo amante de los libros conoce las ediciones, las editoriales, los encuadernados, los defectos y virtudes de las distintas casas editoriales, los tamaños, los papeles, los grosores de las pastas, los olores de las hojas, la aspereza, la calidad de las tintas, el cuidado de las costuras, el tipo de pegamento y hasta reconoce lo que le pasa a cada edición con el paso de los años. Por ejemplo, las hojas de la colección Sepan Cuántos de Porrúa se oscurecen más rápido que las de otros libros; nunca se encontrará una palabra mal escrita en las ediciones de Aguilar, las ediciones de Joaquín Mortiz o Bruguera de los años 80 se despedazan apenas cuando se lee el primer capítulo; estos detalles y otros más obsesivos emocionan a todo bibliófilo cuando encuentra a un semejante que se generó por su cuenta, una opinión similar.

Los libros son objetos muy extraños. Por ejemplo, llama la atención que los papeles primitivos (códices) papiros, calcas (de piedra), tablillas, o cueros, generalmente tienen formas rectangulares, aunque estén separadas sus tradiciones en el espacio y tiempo por miles de kilómetros y años. Y sin embargo, los libros no se parecen a ninguna otra cosa, es decir, no tienen un correspondiente en la naturaleza, son objetos condensadores de cultura, de lo plenamente humano y aun así, un librero lleno de libros nos recuerda el sustrato vegetal de su origen y quizá ese árbol del conocimiento del que comieron nuestros padres bíblicos y del que descendieron nuestros antepasados homínidos. Algo tiene el libro, que no se encuentra en ninguna otra cosa. Es una presencia de grave personalidad y autoridad.

Hoy día, es posible leer en formatos electrónicos que imitan las formas del libro. Efectivamente es emocionante abrir una aplicación de lectura en una tableta y encontrar ahí un librero virtual con un millón de libros que en términos prácticos se leen y se aprehenden de una manera similar que las ediciones físicas, pero que no pueden ser o producir lo mismo. El bibliófilo y el psicoanalista, cada uno a su modo, entienden bien la diferencia, no se trata solo del uso; el amor a los libros no es pragmático ni directo: se trata de saborear las superficies de las hojas, de regodearse en la impronta visual del librero, de sentir como propio ese objeto que enmascara y sustituye a sueños, perversiones, miedos, temblores y anhelos.

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