#4 TiemposColumna de Dalia García

Escuchar y leer: el antes y el después | Columna de Dalia García

Divertimentos

Aunque no lo crean, todavía me tocó reproducir música en casetes. Es más, hasta llegué a grabar uno o dos para la coreografía que preparábamos en tercero de primaria. Recuerdo haber tenido la música de El diario de Daniela, de Martín Ricca, de UFF y uno con varios villancicos, entre otros. Me tocaron los 90 y me gustaba mucho la moda de ese tiempo, aunque debo aceptar que era una niña algo alucinada.

Increíblemente, llegué a tener unos walkman que mi abuelita me compró un día que salimos al mercado, en Cárdenas. Me dijo que me los compraba sólo si no les decía a mis papás; y yo, tan emocionada, acepté su trato; seguramente se dieron cuenta, ya no me acuerdo muy bien de eso, pero yo estaba muy feliz con mi aparato nuevo en el que escuchaba hasta el cansancio las mismas canciones.

Después, una navidad me regalaron unos discman. Me gustaba mucho comprar CDs piratas en el tianguis; tenía desde “Amigos por siempre” y el Baile del Gorila, hasta Clase 406, Fey, OV7, Shakira, Kabah y Alejandro Sanz. Comprar un casete o un disco era motivo de orgullo al ver que la colección crecía. Yo los acomodaba en cajas de zapatos por orden alfabético y era todo un ritual escoger el próximo a escuchar. Y así era como los memorizaba.

Nunca tuve un iPod. Cuando salieron quise uno pero nunca se pudo y seguí con los discos. Después lo que sí tuve fueron varios mp3; era una locura: entre tantas canciones, siempre terminaba escuchando lo mismo, la emoción ya no era la misma de cuando escuchaba a través del walkman o discman: disco que comprabas, disco que escuchabas.

La evolución del libro es similar. La lectura ha sufrido una gran transformación gracias a la revolución digital. Antes, los lectores eran confrontados con una cantidad limitada de textos que leían, releían, memorizaban y transmitían de generación en generación. El lector activo de hoy, en cambio, el devoralibros, consume una gran cantidad de textos y los lee con voracidad, imposibilitado para aprender o memorizar el contenido de todo. El lector de hoy consigue una gran cantidad de textos digitalizados que quizá nunca leerá. Es así. El exceso de información deteriora el rumbo de la lectura o de la escucha atentas. Entre tanto, poco realmente interiorizamos o analizamos.

El casete ya no existe, pero el CD y el libro impreso sí: ¿ustedes creen que algún día desaparezcan? Hace no mucho tiempo que me hice esta pregunta respecto a los libros, pero apenas ayer obtuve una respuesta parcial después de leer un fragmento del libro de Robert Chartier, Sociedad y escritura en la edad moderna: el peligro de la era digital no es la sobreinformación que nos sepulta, sino el riesgo de perder, junto con el libro impreso, una parte de nuestra cultura, ya que su historia se liga a la historia de la tradición escritural; del manuscrito; del invento de la pluma, del esfero, de la tinta, del papel, de la imprenta… siglos de inteligencia y cultura humana.

El libro es vestigio, es lugar en el que se puede leer parte de nuestro pasado; en cambio, el texto digital es el texto sin lugar.

Por supuesto que la lectura en la pantalla también es un logro de la inteligencia humana, y creo que tiene una serie de funciones específicas que han facilitado algunos aspectos de la vida, pero no creo que llegue a sustituir al libro impreso.

Yo por mi parte, prefiero leer en papel; no por mi afinidad al romanticismo, sino porque me satisfacen más las comodidades de la lectura de un libro impreso; a este lo siento mío, al digital no.

Sonará metafísico, pero a veces he llegado a dudar de la existencia del texto digital: lo puedo ver, pero no lo puedo sentir, ¿qué locura, no?

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