#4 TiemposMosaico de plumas

Escribir sobre lo ya escrito | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

Escribir es una tarea complicada; quién diga que no es cierto estará mintiendo. Se requiere una disciplina absoluta en el arte de la escritura. Leer, pensar y escribir en esa secuencia, una y otra vez. Un par de amigos te dirán que tú siempre tienes algo que decir, ¿por qué se te complicaría escribirlo? Pues no todas las ideas que rondan en nuestro cerebro son buenas. No todo el tiempo nuestra cabeza tiene momentos de lucidez, ¿quién no ha pensado lo que haría si tuviera algún superpoder? Puedes perder horas imaginando las aventuras que traería ser Flash o Shazam. Ahora bien, la actividad de la escritura se complica al seleccionar un tema. Por meses, pensé en escribir la columna de hoy. Decidí hablar sobre el amor, sin ser una cursilería de tres pesos que aparece en un globo de helio, ni mucho menos un texto digno de cultura colectiva. Esperaba más escribir una copia barata de La llamada doble de Octavio Paz, pero mi capacidad ensayística está lejos de ser la del premio Nobel. ¿Qué podría decir yo sobre el amor, cuando Juan Gabriel nos regaló la definición perfecta de amor en los acordes de “Abrázame muy fuerte”?

Consulté las obras completas para empezar a escribir, sus sonetos dedicados a Favio son hermosos y perfectos, pero lejos del sentimiento que quería expresar, el cual es más cercano a las palabras de Don Gerardo, el chofer de Uber: “Llevo 40 años de casado, cada día la veo más guapa, me trae re apendejado mi vieja”. Un par de palabras más realistas y alejadas del snobismo que escribe sobre el amor.

El amor actual no lo pude encontrar en los grandes versos de Bécquer. El amor se ve a la mitad de la facultad de Ciencias a las 6 de la tarde después de una clase de astrofísica. Se vive en la explicación de la paradoja de los gemelos de Einstein a una persona que sus conocimientos de física son gracias a The Big Band Theory. Se siente cuando memorizó la letra de un narcocorrido sobre una mujer muy importante que viaja en una Cheyenne sólo porque era tu favorita. Se baila el amor en un club de salsa sin importar las pocas habilidades de motricidad. Se bebe en el extinto café Garambullo. Se acoge en las salas de hospitales entre las palabras de aliento. Se toca en el pelaje del perro que se convirtió en tu familia de tres. Se transmite en las sonrisas de las miles fotos que se acumulan en el celular. Se experimenta con la adrenalina en cada viaje de no conseguir autobús de retorno. Se materializa al elegir el comedor que será testigo de los desayunos y por qué no de un par de cenas completas. Se contradice en las opiniones políticas, pero que serán insuficientes para distanciarse. Se comparte en horas frente a una serie de Netflix. Se vuelve aventurero al caminar en busca del fruto prohibido entre los cuartos de hotel. Se celebra en los triunfos personales que se convierten en compartidos.

Al final, el amor se transmite en par de líneas de La Orquesta.

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