#4 TiemposSan Luis en su historia

Esclavos en San Luis Potosí | Columna de Ricardo García López

San Luis en su historia

Era muy frecuente encontrar en los contratos de compraventa de casas, predios rústicos y urbanos, negociaciones, objetos de todo tipo cuyos dueños son una mujer en copropiedad con sus hijos, o de menores copropietarios, que el escribano pone como motivo de la venta la satisfacción de las más elementales necesidades o la extrema pobreza en que se encuentran los vendedores de tales objetos.

Otro indicio de la difícil situación por la que atravesaban los potosinos son los contratos de venta de las propiedades rústicas y urbanas y de las comunidades religiosas establecidas en San Luis Potosí. Tan sólo en el mes de noviembre de 1802 los franciscanos vendieron ocho fincas urbanas.

Los particulares vendían a sus esclavos porque más que reportarles un servicio les reportaba una carga; así vemos cómo la señora Bárbara Josefa Sánchez Bustamante el año 1803 vendió ocho esclavos en menos de un mes; la manumisión, es decir, la liberación de esclavos se hizo muy frecuente en esa época.

Con frecuencia los frailes solicitaban la secularización; querían dejar de depender de sus superiores en San Luis Potosí, para depender del obispo que radicaba en Valladolid (Morelia, Michoacán); tal vez de esta manera se sentían con más libertad para desenvolverse. Un caso notorio a este respecto es el de Fray José Lima, insurgente potosino que era de la orden de Nuestra Señora de la Merced Redención de Cautivos, quien otorga por reiteradas ocasiones poder para que se tramitara su secularización.

Otra causa que cooperaba para hacer más difícil la existencia a la sociedad virreinal, ya lo dijimos, fue la actitud despótica, característica también de algunos de las clases altas. Un botón de muestra lo encontramos en los protocolos del Escribano Silvestre Suárez del año de 1797, el día 27 de enero, fecha en que consigna un contrato muy singular que bien puede ser de compraventa, de arrendamiento o de usufructo; celebrado entre sesenta y dos dueños de haciendas ubicadas dentro de la jurisdicción de San Luis Potosí, y el Regimiento de Dragones, representado en este acto por el Subinspector Comandante de Armas, Coronel Félix María Calleja del Rey.

Antes de iniciar las cláusulas del contrato el escribano narra que fueron celebradas varias juntas en la sala de Cabildo del Ayuntamiento de esta capital, en las que estuvieron presentes los sesenta y dos hacendados o sus representantes y el señor Calleja para acordar las condiciones del contrato. Estas eran totalmente desfavorables a los intereses de los hacendados.

El contrato consiste en que los dueños de las haciendas debían proporcionar trescientos cuarenta y ocho caballos, entre las sesenta y dos haciendas, al Regimiento. Los animales debían tener, forzosamente, determinadas características: altura, no ser patizambos, ni tener las rodillas juntas, no pasar de determinada edad y otras más. En resumen, los caballos debían estar como mandados hacer y si los que poseían los hacendados no llenaban estos requisitos, deberían conseguirlos a como diera lugar en otras haciendas dentro o fuera de la jurisdicción.

El ejército pagaría los caballos a nueve pesos cada uno pero en abonos del 10% de su valor cada año, es decir, noventa centavos, y si el erario no contaba con efectivo, se pagarían los nueve pesos hasta el décimo año. El hacendado debía conservar en su poder el o los animales que le hubieren correspondido aportar [les daría de comer, de beber, los cuidaría, los curaría]. El hacendado podía hacer uso de ellos pero siempre debían estar disponibles para el momento en que se necesitasen; si algún animal moría o se enfermaba con o sin culpa del hacendado, éste lo repondría con otro que tuviera las características ya indicadas. Este contrato se renovaría cada diez años, desde luego, con nuevos caballos. Este gravamen u obligación se equipara a la hipoteca, es decir, que si la hacienda por cualquier motivo cambia de dueño, el nuevo propietario sigue teniendo la misma obligación para con el ejército.

Desde luego que en este caso no faltaron, como por desgracia nunca faltan ni faltarán en la vida, los fanfarrones que si les tocaban dar cinco caballos ofrecían diez. Esto con el único afán de congratularse con la autoridad; además éstos sujetos, manifestaron estar totalmente de acuerdo con aquellas condiciones que antes bien les parecían benignas y fáciles de cumplir.

Formaron mayoría los hacendados que no estuvieron de acuerdo con tamañas exigencias. Porfiaron con el Coronel Calleja para que reconsiderara las condiciones y sólo lograron que se aceptara que cada hacendado entregara los mejores caballos que tuviera en su hacienda, sin tener que conseguirlos por otro lado.

Estos actos de gobierno se repitieron con frecuencia de suerte que llegó un momento en que los gobernados no pudieron seguir reprimiendo sus anhelos de libertad, es por eso que muchos de estos hacendados, participaron con entusiasmo en las guerras de independencia.

Cuando prevalecía en todo el territorio americano esta situación los criollos estimaron el momento propicio para propagar las ideas de independencia de España, se valieron desde luego de aquellas personas que tuvieran ascendiente moral, religioso o económico sobre los pobladores. Estos oradores exhortaban a la población aprovechando todos los lugares de reunión: plazas, calles, tertulias, reuniones familiares y hasta religiosas. Muchos de estos oradores actuaban de buena fe creyendo sinceramente en el bien que se brindaría al pueblo si se realizaba la independencia; otros veían en la independencia una forma de medrar o de alcanzar beneficios personales.

A este respecto algunos historiadores refiriéndose a los acontecimientos independentistas de México, sostienen que los curas Miguel Hidalgo y Costilla y José María Morelos y Pavón fueron hombres de buena fe, idealistas que verdaderamente buscaban el bien del pueblo y que la prueba está en que Hidalgo enseñó a los indios el cultivo de la vid, del gusano de seda y el establecimiento y manejo de los telares. En una palabra era un apóstol entregado a su ministerio. Sin embargo otros estudiosos de los sucesos independentistas afirman que Hidalgo fue un hombre libidinoso que llevaba una vida doble que por un lado era el sacerdote célibe entregado a su ministerio y que ciertamente procuró el bien de los indios, pero que por otro lado era hombre lujurioso que pretendía seguir con su doble rol en la vida y por lo tanto uno de sus principales fines era la desaparición del tribunal de la Inquisición que en cualquier momento podía impedirle seguir con aquella doble conducta. Afirmaciones semejantes se formulan a cerca de la persona de Morelos.

Vino luego la guerra de Independencia con su secuela de resultados nefastos que conocemos casi de memoria gracias al sinnúmero de narraciones que nos hacen desde los primeros años en las escuelas y se nos reiteran en los estudios de secundaria, bachillerato y con frecuencia hasta en los profesionales.    

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