Escapistas noctámbulos

12:12 04-noviembre-2016
Escapistas noctámbulos

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Por: Luis Moreno Flores

HISTORIAS PARA PERROS CALLEJEROS.

Siempre me he sentido identificado con los perros, incluso creo que quisiera ser uno. Hace poco, algunos de mis amigos y yo nos cuestionamos a qué raza perteneceríamos en caso de que en realidad fuéramos canes; en mi caso, comenté, me gustaría ser un perro de la calle.

No es que me sienta víctima o la vida de patibulario me resulte atractiva, sin embargo, admiro cómo los canes ferales logran sobreponerse a sus circunstancias y les queda tiempo de saludar a varias perritas, retozar con los amigos y olisquear los basureros. Están diseñados para la aventura.

Salvo algunos casos ejemplares, casi todas las ciudades del mundo tienen en común la presencia de los perros callejeros, quienes además de vivir sus propias hazañas son testigos (a veces los únicos) de las que realizan otros caninos o los propios humanos. Su condición animal les permite pasar desapercibidos y tener un asiento privilegiado.

He decidido nombrar esta nueva sección Historias para perros callejeros, porque estoy seguro que a cualquier cachorro le encantaría haber presenciado estas narraciones que bien podría haber vivido el mismo o cualquier otro perrito.

La materia prima para estas crónicas no me pertenece, la tomaré a prestado (con permiso o sin permiso) de sus protagonistas con quienes, como buen perro de la calle, siempre estaré agradecido por arrojarme un buen filete. 

Escapistas noctámbulos

Igual que el año anterior a ese momento, Alejandra se había enojado conmigo sin un motivo aparente, pues ella no sospecha (o así me gusta creerlo) que en cuanto nazca nuestro segundo bebé y nos estabilicemos financieramente, planeo dejarla.

Nuestra boda fue hace casi cuatro años, recién éramos adultos. Nuestro porvenir juntos quedó sellado ante la inminencia de una nueva vida.

Sinceramente las cosas iban bien hasta que no hubo a quién ponerle el vestido que Alejandra había traído desde su niñez más recóndita. Luego del triste suceso todo cambió, nada la hace feliz; no logra recuperarse del golpe pese al tiempo transcurrido: pasaron dos años y el médico nos informó que por fin tendríamos a alguien para enseñarle a jugar tenis, la noticia le alegró poco.

Cada día nos distanciamos más. He llegado a olvidar por qué al inicio de nuestro matrimonio me escapaba del trabajo para verla unos minutos. Hace poco me escribió una carta donde me aseguraba que pasados los nueve meses todo irá mejor. Yo sé que no es así.

Sus pocos ánimos de superación (pues solo le interesa dormir) han aniquilado el amor y hasta el libido que sentí en otro tiempo. Algunas veces me acusa de “acabar con sus sueños”, esas palabras terminan de destrozarme.

Aquella noche decidí salir del paso antes de volver a protagonizar la escena que hemos ensayado tanto: cuando noté que comenzaba el prólogo, le dije que bajaría para buscar un vaso con agua.

Cumplí y fui a la cocina, me senté en una de las incómodas sillas que su mamá nos había regalado. Tarde mucho más; quizás una hora, de lo que lleva sacar un vaso de la alacena, llenarlo con agua del grifo y beber. No me sorprendió que al volver la habitación estuviera cerrada con llave.

Toqué, -¡carajo, Alejandra, ábreme…!-pero no recibí respuesta. En ese momento, sentí rabia, tuve ganas de dejarla esa noche, irme a casa de algún amor pasado para herir a mi esposa y hacerla sentir tan humillada como ella a mí. No fue necesario. Un minuto después de verme desterrado, un tintineo en mi teléfono me devolvió el ánimo. Era Renata – ¿Qué haces, guapo?

Conversamos por mensajes cerca de quince minutos (a ella la conocí un poco antes que a Alejandra. Siempre admiré los tres hoyuelos que se formaban en la parte baja de su espalda, pero, para mi desgracia, jamás pude besarlos, pues ella, en un momento de vulnerabilidad, había caído en la vida de un antagonista que irónicamente también llevaba mi nombre. Renata quedó ligada a él por las mismas causas que yo a Alejandra, la diferencia estaba en la mucha libertad que ella había perdido).

Me contó que en ese momento recibía a los invitados de una fiesta, trabajo por el que le pagarían suficiente dinero para desahogar gastos de la siguiente semana, situación a la que el padre de su hija se oponía.

Para sobrellevar nuestro mutuo sentimiento de abandono, quedamos en ir por una cerveza, el enojo me dio el valor para salir a un bar. Pactamos las 12:30 de la noche, faltaba aún media hora, nos veríamos en la avenida cercana a mi casa.

Como llovía -situación rara en esta ciudad-, y Alejandra había secuestrado mi armario, me puse la única prenda a mi disposición: una chamarra de cuero café, con un corte deplorable, la coronaba un agujero (producto del contacto con el fulgor de un cigarro encendido por mi hermana mayor quince años antes); debí verme muy gracioso, pensé que si Renata me preguntaba, podría decirle que era la moda en Europa, ella lo creería y tal vez trataría de buscar una chaqueta igual de fea. 

Ya sobre el punto acordado, un nuevo mensaje: “No entiendo, pero este cabrón se vino al trabajo, ¿vamos a dejarlo a la casa y luego la cerveza?”. Quise abortar los planes, pero, sin darme cuenta, el querido esposo ya quitaba el seguro de la puerta trasera del Jetta plateado.

A mi lado, Renata junior. Su madre conducía y su padre hacía de sordomudo. Avanzábamos por calles transformadas en otras con la lluvia, nunca logré identificar nuestra ubicación.

Al llegar, mi homónimo descendió del automóvil para internarse en su guarida rosapastel, Renata tomó a Renata junior y me dijo que nos quedáramos a conversar ahí. Incómodo, accedí.

Nos instalamos en la sala, poco elegante pero esforzada. Charlamos un rato sobre recuerdos de la lejana universidad; mientras tanto, su esposo merodeaba cada rincón de la casa, evidentemente enfurecido.

No hubo momento en que el pulcro sillón pudiera darme tranquilidad, así que le pedí a Renata que me prestara su teléfono para pedir un taxi. –No seas tonto, yo te llevo, -me dijo para luego ir a la habitación en busca de las llaves de su auto, pero al salir, una espectral garra la obligó a volver, luego cerró de golpe la puerta y alcance a escuchar la inconfundible colisión de cuerpo y colchón.

En otras circunstancias habría entrado, heroico, a rescatarla, pero esta noche no era yo, padecía de haberme abandonado en la habitación cerrada por Alejandra, así que solo fui curioso: pegué la oreja a la cálida madera para escuchar mi destino.

-¡Por qué lo tienes que llevar! Puede irse en un taxi.

-Ve la hora, además llueve.

-A mí me vale pito. Seguro te quieres ir de cabrona.

-Cómo crees, solamente lo voy a llevar a la avenida.

Renata corrió y me dio instrucciones (jaló mi brazo) de seguirla, así lo hice; abandonamos la casa en el Jetta plateado que ella conducía como si alguien nos siguiera, nadie lo hacía, pero posiblemente sí escapaba. En el camino me pidió disculpas por el incidente, la consolé y alenté a divorciarse.

Cuadras antes de nuestro destino, sonó el teléfono, era Alejandra, no respondí pero me di cuenta de que me ausenté un tiempo muy largo de mi hogar.

Me despedí de Renata, entré a la casa, subí a la habitación que ahora estaba abierta. Sin mayor molestia, Alejandra preguntó en dónde había estado, contesté que al encontrar sellada la puerta, decidí salir a caminar (mi camisa mojada avalaba la historia).

Tomé del armario una cobija, Alejandra, furiosa, preguntó qué hacía, le dije que tenía frío y quería algo para cubrirme.

-No seas tonto (me decían por segunda vez esa noche), aquí tengo una.

-Pero esa es tuya.

-Ya deja las tonterías. Ven y metete en la cobija.

Ante la orden, casi militar, sin reprochar, me cubrí con la manta; pude sentir la tibieza de los dos cuerpos a mi costado y me sentí protegido, hundí la cabeza para potenciar la sensación. Advertí distante lo que momentos antes había vivido, ya era ajeno, fuera de mi espacio y tiempo, pues esa aventura se encontraba encapsulada en un lugar extraño a la realidad.

Dormí tranquilo, tanto que desperté hasta las doce del día. Alejandra estaba de excelente humor, decidió despertarme únicamente para que pudiera ver el juego de los Pumas por televisión (recuerdo que jugó contra el Cruz Azul), no sin antes haber preparado un almuerzo magnífico, algo anormal en ella.

Al medio tiempo de Ciudad Universitaria, decidí preguntarle cuál había sido el motivo para dejarme afuera de la habitación:

-Estaba enojada porque compré comida China para cenar y no había nada que me gustara para tomar. Estábamos tan contentos que no iniciamos una pelea. Todo el día la pasamos en el mismo ánimo.

El lunes, después del trabajo, decidí llamar a Renata para saber su destino, no respondió. Los días posteriores lo volví a intentar, siempre con el mismo resultado.

Pasaron algunas semanas, recibí una llamada de un amigo que al final de la charla, como quien recuerda algo intrascendente pero interesante que vio por televisión, me dijo:

-¿Supiste lo de Renata?

 
 
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