#4 TiemposColumna de Jorge Ramírez Pardo

Enriques en las cúspides de lo efímero: uno poderoso, otro lector de teleprompter | Columna de Jorge Ramírez Pardo

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Cuando los hombres de estado se olvidan de su propia conciencia
y la anteponen a sus deberes públicos,
contradicen a su patria por el camino más corto hacia el caos.

Tomás Moro

Enrique VIII, rey de Inglaterra durante la primera mitad del siglo XVI, trató de sobornar al abogado Tomás Moro cuando lo nombra primer ministro. Con ello, suponía asegurado el voto que le permitiera doblar las leyes a su favor, anular su matrimonio con su primera de 6 esposas (3 de ellas enviadas al cadalso).

En un país montañoso y de litorales pródigos, cuyo nombre está en nuestro imaginario, hay otro Enrique ejerciendo un mandato legaloide, mas no legítimo, y en franco derrumbe. Para una mediana legitimidad en favor de su descompuesto mando, permite a los magistrados, diputados, senadores y secretarios de estado, sueldos ostentosos y un ejercicio frecuente de corrupción impune.
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Tomás Moro, pensador, teólogo y político humanista, es autor del libro Utopía, cuyo título completo es Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía. En él describe una comunidad ficticia ideal, Utopía, ubicada en un territorio insular inexplorado.

Utopía, plantea, es una comunidad posible que, con frecuencia se presta a una lectura equívoca. Se le quiere mirar como vía de evasión de nuestros problemas cotidianos, o ejercicio humano irrealizable o imposible. Hecha la simplificación o reduccionismo, un luchador social con metas y visión prospectiva o contraria a la inercia existente, es tildado lo mismo de idealista, soñador que de suicida.

El actual orden social mexicano predominante, inhibe utopías y propende a degradar las expresiones artístico/culturales, esto es, negar y abolir signos de identidad. Ya borró con mucho las líneas del concepto y ejercicio de pueblo/nación.

En una lectura serena, la condición de los habitantes de Utopía dista de ser idealista o no posible. Muestra personas comunes, con viciosos o virtuosos como los hay en cualquier conjunto humano.

¿Qué les permite a estos hombres disfrutar y gozar de una vida apacible y grata, tan vedada a nosotros en la vida real?
 

Tomás desmenuza las piezas que componen la sociedad y a partir de ellas plantea una refundación posible

El autor de Utopía, mira una sociedad en conflicto e insatisfecha, lo mismo para acaudalados y pobres en la Inglaterra de su tiempo, advierte la entronización del espíritu competitivo sobre todos los órdenes de la vida, desde la política a la economía, llegando incluso al reino del amor y los sentimientos.

Moro aporta una visión crítica para desmontar las piezas que componen la sociedad, diagnostica los males que la aquejan sin distinguir entre verdugos y víctimas. Invita a reflexionar sobre las posibles causas de la común desdicha e insiste en la universalidad del sufrimiento: habrá quien muera rico y quien lo haga necesitado, pero ninguno de ellos lo hará en paz.

¿Qué distingue a nuestros desgraciados conciudadanos de los felices habitantes de Utopía?, se pregunta Moro. ¿El clima de igualdad y tolerancia? A decir verdad nada, tan sencillo –y al propio tiempo- tan complejo como el gobierno de sus vidas y la conservación de su capacidad para intervenir y adecuar la realidad a sus verdaderas necesidades.

“Nunca, dice un estudioso –Francisco Martínez Mesa-, una isla tan remota tuvo tanta incidencia en la cartografía de nuestras vidas”.

El pensador inglés, confrontando a un Enrique de inteligencia perversa, pagó con su vida la defensa de sus ideas y su congruencia.

 


¿Hay proyecto alternativo o utopía posible para México?


En nuestro país, llevar al poder a otro Enrique de bajo cacumen y sostenerlo, ha sido a costa del incremento de la criminalidad, hija directa de la corrupción e impunidad.
Un cambio urgente para México es básico, utopía con apariencia de imposible dado el enorme estado de descomposición. Es un ejercicio elemental, tan sólo la aplicación de las leyes ya existentes.

Auspiciar que los llamados puestos de elección popular sean tales y los “elegidos, haiga sido como haiga sido” representen a los gobernados o mandantes de los gobernadores o mandatarios. Pagar, todos parejo, un tasa justa de impuestos.

Cuando José Vasconcelos, decide regresar del exilio, así lo consigna en su “Ulises criollo”: “El gobierno tuvo necesidad de cometer atropellos. Ya no era el caso de antes. Cuando nadie acudía a las urnas. Ahora fue patente que de no destruir el gobierno las cédulas, una gruesa votación habría borrado del poder al porfirismo. Esta era la base necesaria al movimiento armado”.

Ya se suman seis lustros de defraudaciones electorales y de condiciones sociales tan adversas como las que antecedieron a la Revolución mexicana. No se quiere otra guerra civil y ese temor ha sostenido varios fraudes electorales. ¿Aguantaríamos otro? La maquinaria mapache hoy tiene menos margen y el hartazgo ciudadano está al límite.

*Jorge Ramírez Pardo, enredarteslp@hotmail.com, periodista y cinematografista por la UNAM.

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