#4 TiemposLetras minúsculas

En el país de los sordos | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas



Según ciertos estudiosos de la comunicación, el oído es el sentido más atrofiado del hombre de fines del siglo XX. Esto es a consecuencia, dicen, de su estar todo el tiempo expuesto al ruido de los cláxones, de las sirenas, de la televisión, del radio, de los motores, de los micrófonos, de los celulares y hasta de las licuadoras.

El hombre de hace tres o cuatro siglos, o, mejor, el hombre de antes de la revolución industrial, ¿qué podía escuchar de estruendoso aparte del reloj del Ayuntamiento y las campanas de la Catedral? «La vida antigua fue todo silencio –escribe R. M. Schaffer en su libro El paisaje sonoro-; en el siglo XIX, con la invención de las máquinas, nació el ruido, que hoy triunfa y domina sobrepasando la sensibilidad de los hombres. Y ya no solamente en la gran ciudad, sino también en el campo, hasta hace poco realmente silencioso». Tanto progreso (léase: tanto ruido) debe pagarse, evidentemente, de algún modo, y en este caso, lo pagamos con la sordera.

Acaso sea conveniente aclarar que por sordera nuestros estudiosos no entienden la incapacidad de oír en modo alguno, sino la capacidad de oír cada vez menos. Y se preguntan: esa compulsiva tendencia a subirle el volumen a nuestros aparatos, ¿es para que lo que escuchamos se imponga a los ruidos circundantes, o simplemente porque estamos más sordos de lo que nunca antes habíamos estado?

Hasta aquí todo es comprensible; de algún modo, la cosa se entiende. Pero, ¿qué significa propiamente el estar sordos?, ¿tiene esto alguna repercusión en otros campos de la vida e incluso en nuestra relación con Dios?

Según San Pablo, la fe entra a nosotros por el oído, a través de la escucha de la Palabra y de la predicación (Cf. Romanos 10,17); y, por lo demás, ya el Antiguo Testamento repetía como un estribillo: «¡Escucha, Israel!» (Deuteronomio 6,4). Para decirlo ya, el oído, tanto para el Nuevo como para el Antiguo Testamento, es un órgano fundamental para la fe.
Así como, según Lewis Mumford (1895-1990), la invención del reloj acabó expulsando la eternidad del mundo de los hombres al hacerlos esclavos del instante, así habría que ver hasta qué punto ha sido el ruido generado por las máquinas -más que otras cosas que se tenían por evidentes- las que han hecho al hombre menos sensible (o sea, más sordo) a la llamada de la fe.

Porque no es casual que sea a partir de la revolución industrial que el latido de Dios se haya ido apagando cada vez más en el corazón de nuestras ciudades. Por lo pronto, está demostrado científicamente que los hombres, cuando son sometidos a ruidos ensordecedores, se vuelven menos caritativos y menos amables de lo que ordinariamente son. Esto lo constataron los psicólogos Kenneth Matthews Jr. y Lance Canon mediante el siguiente experimento: una vez cargaron a un hombre con una pila de libros, lo hicieron caminar trastabillando por la avenida de una gran ciudad y le pidieron que en varias ocasiones fingiera venirse abajo con todo y su cargamento; ahora bien, «cuando éste dejaba caer sus libros en la calle durante un momento de ruido normal (cerca de 50 decibeles), 20 por ciento de los transeúntes que pasaban se detenían a ayudar. Pero cuando el ruido llegaba a 87 decibeles, sólo 10 por ciento se portaba de veras como buen samaritano». ¿Y si la caridad decrece con el ruido, por qué sería absurdo pensar que también podría hacerlo la fe?

Pero dejemos esto a otros. Por el momento sólo me interesa subrayar la siguiente relación muchas veces olvidada: absurdus viene de surdus: absurdo viene de sordo. Hoy la civilización está dominada por la imagen -es una civilización visual-, pero la civilización antigua era eminentemente oral: las tradiciones, las leyendas y las máximas de vida les eran transmitidas a sus miembros a través no de productos multimediales, ni de cineforos o videoconferencias, sino, ante todo, del relato, de los relatos: les entraba por el oído. Tal es la razón por la que para el hombre antiguo fue mucho más difícil ser sordo que ciego. Además, como explica D.J. Barrow en su Historia natural del ruido, «en el origen la música fue el lenguaje ideal para establecer contactos con el reino celeste. Todo parece indicar que el sonido era el medio a través del cual se podía entrar en contacto con la divinidad. Los rituales antiguos estaban llenos de estos sonidos. Por tal razón, un ciego habría podido participar en ellos bastante bien, mientras que un sordo no». La vida de los sordos era considerada absurda, pues al no serles posible seguir el ritmo de las danzas rituales, estaban excluidos de la comunicación con sus dioses. El sordo era el incomunicado por antonomasia, el verdadero paria de su tiempo.

Para muchos de nuestros contemporáneos, sobre todo si han leído a Sartre o a Camus, absurdo es un concepto metafísico o filosófico que tiene que ver, ante todo, con la futilidad del mundo o con la vacuidad de la existencia humana; para los antiguos, en cambio, consistía simple y llanamente la incapacidad de oír. Conviene no perder este significado original: absurdo viene de sordo. Es válido aún hoy, en la era de la imagen. Porque gran parte del sentido de nuestra vida depende de que seamos capaces de escuchar, de acoger la palabra que el otro nos ofrece como un don. Para Hans-George Gadamer (1900-2002), el filósofo alemán, la esencia de la cultura se halla contenida en estos tres mandamientos: «Aprende a escuchar, aguza el oído, haz caso de lo que el otro te dice». Por su parte, Jared Sparks (1789-1866), el célebre historiador norteamericano, solía decir: «Cuando hablas, repites lo que ya sabes; cuando escuchas, usualmente aprendes algo».

El hombre vive de la palabra: de la palabra dada y recibida. Y si no habla y no escucha (sobre todo si no escucha), más tarde o más temprano descubrirá que su vida no tiene sentido: que su vida es una vida sorda, es decir, absurda.

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