#4 TiemposMejor dormir

En defensa del padre cascarrabias | Columna de Carlos López Medrano

Mejor dormir

A los padres malhumorados se les ha hecho mala fama. La muchedumbre los considera personajes no muy deseables en la sociedad y constantemente reciben reproches por esa actitud tan propia de ellos que consiste en asumir que se los lleva el diablo. Son célebres por llegar trinando a casa luego de haber pasado un día en la oficina. Vociferan, suspiran y utilizan cualquier pretexto para mentar madres. Una pizca de su leyenda negra.

Los padres cascarrabias son especialistas en detectar detalles a partir de los cuales pueden detonar maremotos. Una migaja les basta. O que una toalla esté fuera de lugar. En cuanto ello ocurre, comienza el tornado. Un remolino de disgustos que algunos no entienden pero que en realidad tiene una fácil explicación.

Algunos ingenuos creen que el comportamiento de estos hombre es gratuito y que siempre han sido así; tipos que odian a cualquier ave que se les atraviesa. Oh, ellos se equivocan. Quien sea atento puede descubrir lo que hay detrás de los gruñidos, de esas llegadas por la noche en donde cualquier mínimo resoplo en el ambiente puede causarles un arranque de furia, ahí donde se les reclaman sonrisas o caireles de miel.

Lo que algunos no quieren ver es el trasfondo de las pataletas. Los padres cascarrabias cargan responsabilidades que nadie en la casa puede siquiera vislumbrar. A ellos les corresponde sostener económicamente a la familia y en ocasiones tienen que someterse a trabajos infernales porque no tienen escapatoria. Tienen que cumplir con lo que les toca. Si para ello deben sacrificar por completo su tranquilidad, lo hacen sin titubeos.

Cuando te veas tentado a juzgar a un padre cascarrabias, será mejor que detengas un momento el embate y pienses en los tiempos en que los ahora ogros fueron jóvenes. En efecto, ese jefe del hogar que parece la oxidación perpetua, alguna vez tuvo piel lozana y cabello abundante. Fue alguien que acostumbraba a lanzar bromas entre los amigos y alguien que acudía a fiestas para bailar. Alguien que gastaba su dinero en discos que ahora tú atesoras y alguien que posiblemente renunció a sus sueños para darle un sustento a su pareja e hijos.

La vida es jodida, no hay forma de negarlo. Lo es al menos para una parte considerable de la humanidad. Y eventualmente llega ese punto en el que uno debe definirse. Se trata de la crisis donde los senderos se bifurcan. El momento en donde un hombre debe decidir entre perseguir lo que le ilusiona o ceder ante sus responsabilidades, aquello que le corresponde.

Algunos son afortunados y logran labrarse un camino, en el mejor de los términos, en el área que aman y les colma el espíritu. Tristemente la mayoría no son así. Es el caso de los padres cascarrabias, quienes tuvieron que renunciar de manera definitiva a las fantasías que alguna vez tuvieron. Dedicarse a la música. Viajar por el mundo. Cumplir la misión de escribir un gran libro… todo eso de pronto desaparece. La dureza de la realidad los orilla de conseguir un trabajo que no les gusta, en donde tienen que ser parte de cadenas alimenticias injustas, un pequeño infierno que no obstante les ofrece el dinero con el cual han de sostener a sus descendientes. Los que acaso, con suerte, puedan alcanzar lo que a ellos se les privó.

Visto así, el padre cascarrabias es un héroe velado. Alguien que sufre por dentro y que nunca expresa directamente lo que le acongoja. Detrás de sus rabietas se esconden esos días perdidos. La conciencia de que no les queda mucho más, salvo continuar durante años en una dinámica que a cada paso les carcome más y más el alma.

El abandono no es posible. No pueden dejarlo todo e iniciar de nuevo en otra ciudad. Ya no son jóvenes ni solteros. Tienen deudas y seres pequeños que dependen de ellos. Niños inocentes que van a la escuela sin saber que alguien se parte el lomo para que ellos puedan tener uniforme y un conjunto de libretas.

Bruce Springsteen padeció mucho de la sombra paterna. Una situación extrema que nadie debería experimentar. En todo hay límites y desde luego no deben tolerarse a los padres que maltratan ni asfixian a sus familias. El autor de “Born to Run” sufrió en serio por un señor que lo atormentaba y que de diversos modos le aplastaba el corazón. El recuerdo fue una maldición que Bruce cargó durante años y para la cual tuvo que tomar terapia, aunque nunca pudo dejar de estimar a su viejo. En “My father’s House”, una de sus canciones más personales, revelaba cómo los recuerdos de su padre y de su infancia continuaban junto a él, acompañándolo. Con todo y el bacanal de emociones que ello supone. Un vacío muy complejo.


La casa de mi padre brilla con fuerza
Permanece como un faro llamándome en la noche
Llamándome y llamándome, tan fría y solitaria
Brillando al otro lado de esta oscura autopista donde nuestros pecados yacen sin expiar…

 

Bruce Springsteen y su padre Douglas, en 1972

En una entrevista Steven Van Zandt, el mítico guitarrista de la E Street Band, describió como Doug, el padre de Springsteen, era alguien que inspiraba verdadero terror entre todos. Era un tipo que quedó trastocado después de haber participado como conductor en la Segunda Guerra Mundial. A menudo desempleado, Doug nunca se recuperó una vez que volvió a sus tierras. Al coctel había que sumar un temperamento fuerte producto de sus orígenes irlandeses y escoceses que eran verdadera dinamita en su concepción de entender lo que le rodeaba.

Van Zandt ofrecía una explicación a carácter explosivo de Doug y de todos aquellos hombres que pertenecieron a la generación anterior a la de él y Bruce. Básicamente era una forma de entender a los padres cascarrabias y la lógica que hay detrás de ellos, con las variaciones que suelen presentarse de código postal a otro.

“En aquellos tiempos todos los padres daban miedo”, dijo Van Zandt. “Si lo piensas ahora, hay que ver el tormento que les hicimos pasar. Mi padre, el padre de Bruce… aquellos pobres tipos jamás tuvieron una oportunidad”.

Para esos padres de familia, que venían de trabajar en el campo, las fábricas o de pelear en la guerra, debía ser una verdadera calamidad ver que sus vástagos se negaban a atender a las más mínimas indicaciones. “Que sus hijos se convirtieran en aquellos freaks melenudos que no querían participar en el mundo que habían construido para ellos… ¿te lo puedes imaginar?”.

Sus padres había tenido que derramar sangre y lágrimas desde los campos de batalla para defender a su país, mientras ellos se dejaban el cabello largo, se despertaban tarde y vagaban con amigos y chicas sin asumir ninguna encomienda salvo el rock and roll, tal postura chocaba por completo con lo que sus antecesores genealógicos podían encajar.

Nadie es responsable de la felicidad ajena y estamos aquí para hacer lo que nos venga en gana. Pero conocer ese tipo de detalles hace que comprendamos a los papás, tan poco valorados e incluso vilipendiados como los malos de la película, cuando merecerían más bien un reconocimiento.

Hay un episodio de la serie “Los años maravillosos” que lo refleja a la perfección. Se llama “La oficina de papá”, un gran ensayo televisivo de lo que significa ser jefe de familia. De cómo el ambiente laboral y las obligaciones llegan a trastocar para siempre el ánimo de alguien que, a fin de cuentas, alguna vez también fue como nosotros. Alguien  que tuvo que cambiar por caprichos de las circunstancias. Ese callejón sin salida al que llamamos madurez.

La personalidad de nuestros padres no es casualidad. Y si de repente los notamos demasiado serios o enojados no es porque sean malas personas ni porque les caigamos fatal. Al contrario. Es porque han sacrificado su juventud (ese lado mágico y ebrio) para darnos un porvenir. Un acontecimiento durísimo que acaso libren desde una oficina que odian.

El ciclo de la vida ni más ni menos. Al que quizás todos tengamos que llegar de manera irremediable, por mucho que intentemos remar hacia atrás.

 

@Bigmaud

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